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domingo, agosto 02, 2026

Ernesto Alterio

 El refugio de Ernesto Alterio (55 años) es el barrio al norte de Madrid que le cambió la vida: "Si me dieran un título sería el de marqués de La Latina"

El actor llegó a España en 1974, con cuatro años, cuando su familia huía de las amenazas de muerte de la Triple A. El barrio obrero que los acogió sigue siendo hoy un destino por descubrir.

Ernesto Alterio ha llegado a los 55 años en plena forma y sin vocación de repetirse. Viene de encadenar el aplauso teatral de Viejos tiempos, el texto de Harold Pinter que defendió sobre las tablas de La Abadía, con una agenda de rodajes y estrenos que pocos intérpretes de su generación pueden igualar, y lo hace con dos pasaportes en el cajón y un duelo reciente: el pasado diciembre despidió a su padre, Héctor Alterio, fallecido en la ciudad que los adoptó a todos. Esa madurez serena, sin embargo, se levanta sobre un cimiento que se colocó deprisa y con miedo.

Fue a finales de 1974. Su padre había viajado a San Sebastián para presentar La tregua cuando la Triple A, la organización terrorista de extrema derecha argentina, lo incluyó en sus listas de condenados a muerte. Volver a Buenos Aires dejó de ser una opción. Su madre, la psicoanalista Tita Bacaicoa, embarcó con un niño de cuatro años y una bebé de meses rumbo a una ciudad desconocida, con lo puesto y sin saber por cuánto tiempo. Ernesto recuerda la lluvia en el aeropuerto y, sobre todo, la angustia contenida de los adultos, según ha contado en más de una entrevista.

Aquel refugio improvisado tenía nombre y cuesta: las calles del norte de Madrid donde se tocan Tetuán y Cuatro Caminos, a un lado y otro del eje de Bravo Murillo. Allí, en una pensión de esa misma calle, la familia Alterio Bacaicoa pasó sus primeras noches españolas. En una charla con XLSemanal, el actor rescataba la imagen de aquellas escaleras empinadas que subía agarrado a su padre, que le repetía "des-pa-ci-to, pi-ru-li-to" para que no se cayera. En ese detalle mínimo cabe toda la historia: un barrio de escaleras gastadas y porteras atentas que, sin proponérselo, le dio a una familia perseguida lo que más necesitaba, que era sencillamente estar a salvo.

Un campamento que se quedó para siempre

La biografía de Tetuán empieza con una acampada. En mayo de 1860, las tropas del general O'Donnell regresaron victoriosas de la Guerra de África y plantaron sus tiendas en la Dehesa de Amaniel, a la izquierda de la entonces Carretera de Francia, mientras esperaban su entrada triunfal en la capital. La reina Isabel II y miles de madrileños se acercaron a agasajar a los soldados, y en torno a aquel campamento —bautizado popularmente con el nombre de la ciudad marroquí donde se había librado la batalla decisiva— brotaron puestos de comida, comerciantes y las primeras casas bajas. Nació así Tetuán de las Victorias, que durante décadas perteneció al municipio de Chamartín de la Rosa y no se integró en Madrid hasta 1948, para convertirse en distrito propio en 1955.

Lo que vino después lo explica mejor la economía que la épica. A caballo entre los siglos XIX y XX, los trabajadores que llegaban de todas las provincias de España en busca de jornal no podían pagar los alquileres del ensanche, y fueron levantando su vida en este arrabal de casas de una o dos alturas, tahonas, cines de sesión doble y patios interiores. La glorieta de Cuatro Caminos, donde paraban las diligencias hacia la frontera francesa y desde 1919 el primer metro de la ciudad, hizo de puerta de entrada. Tetuán creció, en definitiva, como un barrio de aluvión: gallegos, extremeños y andaluces primero; dominicanos, filipinos y paquistaníes después. Cuando los Alterio aparecieron por Bravo Murillo con acento porteño y una amenaza de muerte a la espalda, no eran una anomalía. Eran una capa más en un lugar levantado, generación tras generación, por gente que venía de fuera. Quien busque aquí el Madrid palaciego de los Austrias se ha equivocado de parada de metro, y ahí reside precisamente su encanto.

Del Chacarita a los rugidos de la Castellana

El fútbol cuenta esa mudanza vital mejor que ningún documento. En Buenos Aires, el pequeño Ernesto había sido inscrito como socio del Chacarita Juniors —presumen en la familia de que fue el más joven del club— por su tío abuelo Eduardo, "Pibona" Alterio, un portero mítico de la entidad funebrera que pasó a la historia como el primer guardameta en marcar de penalti en la liga argentina. Aquella herencia parecía sellada de por vida. Pero la casa familiar de la zona de Tetuán quedaba a un paseo del Santiago Bernabéu, ese transatlántico blanco varado al otro lado de la Castellana, y las tardes de partido el estruendo del estadio entraba por la ventana sin pedir permiso. "Crecí escuchando esos goles", confesaba hace unas semanas en Marca, donde admitía que fue ahí, gol a gol escuchado desde su cuarto, donde floreció su madridismo.

Esa doble lealtad futbolística dibuja con precisión la geografía del distrito. Tetuán vive orientado a dos escalas: hacia dentro, el bullicio menudo y comercial de Bravo Murillo, la antigua Carretera de Francia, con sus fruterías, sus locutorios, sus bares de barra de aluminio y el recuerdo de la época en que sus cines le valieron el apodo de "pequeño Hollywood"; hacia fuera, los rascacielos de la Castellana y el estadio que marca los sábados con su marea blanca. Entre ambos mundos median diez minutos andando y un siglo de historia social. Para un niño exiliado, aquel territorio intermedio fue una escuela de pertenencia: se podía ser de un club de Buenos Aires y de un equipo de Madrid, hablar con dos acentos y sentir que ninguna de las dos cosas sobraba. Nota aquí.







lunes, junio 22, 2026

Malena Alterio

 “Mi gran herencia es el cariño de la gente, que amaba a mi padre”

MADRID.- Malena Alterio vive un gran momento. La avalan más de 30 años de trayectoria en los que más de una vez ha disfrutado de calurosos elogios y ha podido jactarse de sus muchas ofertas de trabajo, sí. Pero hoy se la nota especialmente consolidada, segura, con el aplomo que da elegir bien y lucirse en cada papel.

Nacida en Buenos Aires en un período convulsionado de la historia argentina —el 21 de enero de 1974, apenas unos meses antes de la muerte de Juan Domingo Perón, un detonante clave de la crisis política que desembocaría en la irrupción de la última dictadura militar en el país —, tiene ahora mismo una agenda cargada de compromisos profesionales que es una prueba concreta de la valoración de la que puede hacer gala.

Tras su exitoso estreno en Madrid, la obra escrita y dirigida por el argentino Mariano Tenconi Blanco que protagoniza junto con la española Carmen Ruiz, saldrá de gira por España este septiembre, apenas terminado el verano europeo. También aparece en carpeta el rodaje de la segunda parte de Odio el verano, una comedia de Fer García-Ruiz que alcanzó en 2024 una cifra inusitada de espectadores para los tiempos que corren (más de 800 mil entradas vendidas). Y un viaje a Uruguay para estrenar en Montevideo Los que hablan, obra de Pablo Rosal que protagoniza con su exmarido, Luis Bermejo.

Los que hablan se estrenó en 2020 en el Teatro del Barrio, en Lavapiés, y desde entonces ha girado por toda España y regresa de tanto en tanto a la cartelera de esa muy activa sala independiente madrileña, porque cada vez que la programan, se llena. Por otra parte, Amazon Prime Video acaba de lanzar Cochinas, una serie enfocada en la liberación sexual, en la que Alterio interpreta a una señora bien de Valladolid que encuentra en el porno una tabla de salvación para salvar un videoclub familiar.

El trabajo de Malena Alterio en La vida extraordinaria es fabuloso. Tanto ella como su compañera en escena se comprometen a fondo en lo que el diario español ABC definió ocurrentemente como “un decatlón olímpico sobre un escenario”. Es que realmente asombra el despliegue de las actrices en esta pieza de Tenconi Blanco que, en su versión original argentina, protagonizaron Valeria Lois y Lorena Vega. Es admirable por la exigencia física de una obra de dos horas muy intensas (vale la pena destacar el trabajo de la coreógrafa argentina Josefina Gorostiza, que aportó mucha organicidad al movimiento de Alterio y Ruiz en el espacio) y por la multiplicidad de recursos a los que echan mano para interpretar a esas dos mujeres entrañables que susurran y gritan, sufren y se divierten mientras repasan sus historias de vida desde la más rabiosa subjetividad, en un reencuentro atravesado por una catarata de emociones.

La vida extraordinaria estuvo dos semanas en cartel en el Teatro del Canal y agotó todas sus funciones. Es indiscutible que Alterio acertó al aceptar este papel. Lo hizo respondiendo a la intuición que tuvo cuando vio en Buenos Aires Las cautivas, otra obra de Tenconi Blanco protagonizada por Laura Paredes y Lorena Vega: “Me dije: ‘Quiero hacer este tipo de teatro, tengo que hacerlo’”, recuerda ahora. “Esa obra me pareció fascinante por el humor, la poética, la inteligencia, la estructura… Y cuando me llegó el ofrecimiento para hacer La vida extraordinaria y la leí, también quedé maravillada. Confirmé que Mariano es un gran dramaturgo y un gran director”, agrega.

En simetría, Tenconi Blanco también quedó maravillado. “Malena es una estrella en España”, dice. “Pero además de popularidad, tiene reputación. No es solamente alguien muy conocido. Es una actriz realmente prestigiosa. Creo que llegó hasta acá porque es muy responsable y dedicada. Malena trabaja con mucha sutileza, va encontrando en cada ensayo algo que te sorprende. Siempre aporta algo más. Como tiene un catálogo de habilidades muy amplio, entonces va sumando algo nuevo todo el tiempo. Con ella pasa lo que pasa con las grandes actrices: le pedís algo y eso te vuelve transformado en algo muy potente, ya sea un signo, un gesto, un movimiento o una pausa. Y además escucha muchísimo y va a fondo. Como persona es inteligente, cálida, generosa y muy humilde. Disfruté mucho de las conversaciones que tuve con ella. Me gustó que me contara cosas de su padre”, agrega.

Como el público bien sabe, Malena Alterio es hija de Héctor Alterio, el gran actor argentino fallecido en diciembre pasado. Su madre, Ángela Bacaicoa, es una prestigiosa psicoanalista. Y su hermano, Ernesto, también es un popular actor. La vida de esta familia estuvo marcada por el exilio: se mudaron de Buenos Aires a Madrid después de que Héctor fuera incluido en una lista negra por la Triple A.

En España, Malena Alterio se formó en la escuela de Cristina Rota, otra argentina que sufrió de manera directa la violencia en la que quedó involucrada la sociedad argentina en los años 70. Fundadora de la reconocida Escuela de Interpretación en Madrid, Rota abandonó la Argentina después de que los militares secuestraran (en 1977) a Diego Fernando Botto, actor, igual que sus dos hijos María y Juan Diego Botto. Rota estaba embarazada de Nur Al Levi (también actriz) cuando decidió marcharse a España, donde formó a varias generaciones de actores, entre ellos Malena y Ernesto Alterio.

Los primeros pasos de Malena Alterio en el teatro, a mediados de los años 90, pueden ser considerados como la necesaria etapa de acumulación de experiencia previa antes de pegar el gran salto con Aquí no hay quien viva, una popular serie del canal Antena 3 de la que se habló muchísimo en España entre 2003 y 2006. Pero toda su carrera está jalonada por grandes hitos: fue nominada para un Goya en la categoría Mejor Actriz Revelación ya con su debut cinematográfico, en la comedia El Palo (2000); fue muy elogiada por su labor teatral —en Tío Vania (2008), en Madre Coraje (2010), en Los hijos se han dormido (2012)—; y fue también gran protagonista de otro suceso, Vergüenza (2018), serie de Movistar+ por la que ganó los premios Feroz y Fotogramas de Plata. En 2024, finalmente, llegó el esperado Goya como Mejor Actriz Protagónica por Que nadie duerma (2023), película dirigida por Antonio Méndez Esparza y basada en la novela homónima de Juan José Millás. En ese largometraje interpreta a Lucía, una programadora informática que, tras perder su empleo, decide convertirse en taxista en Madrid. Y su desempeño justifica plenamente el reconocimiento.

“Fue una alegría inmensa —rememora Alterio dos años después de aquel alegrón—. Y fue buenísimo que lo hayan podido vivir mi padre y mi madre. Me hizo sentir un gran abrazo de mis compañeros, mis amigos, mi familia. Toda la felicidad que hubo a mi alrededor en aquel momento me llenó durante mucho tiempo. Y me sigue llenando...”.

—Se suele preguntar a los actores y las actrices si es más difícil la comedia o el drama, ¿vos qué opinás?

—No separo tanto entre géneros, no entiendo el drama sin comedia ni la comedia sin drama. La comedia, que es con lo que generalmente se me identifica, debe estar muy bien escrita y debe tener ritmo. Tienes que saber reírte de ti mismo, además. Pasar vergüenza delante de todos sin tener pudor. Yo no tengo pudor, pero también soy bastante dramática; tengo una veta melancólica. Dicen que los cómicos siempre tienen algo de payaso triste. Yo me reconozco mucho en eso. Nota aquí.






martes, julio 26, 2022

Ernesto Alterio

 "Es la historia de un cuerpo sin tumba"

“Para construir mi personaje hubo que bucear en la estructura de los militares en esa época puntual. Un militar de ascendencia alemana, además, que tenía una manera de hablar peculiar", explica el hijo de Héctor Alterio.

“Me basé bastante en la novela de Tomás Eloy Martínez para preparar el personaje de Moori Koenig, pero en el libro de Pedro Ara también se lo menciona bastante”. Ernesto Alterio responde a las preguntas de Página/12 en una entrevista mano a mano realizada pocos días antes del estreno de Santa Evita. Su personaje es uno de los más extremos de la historia: el jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército encargado de secuestrar el cadáver de Eva Perón y hacerlo desaparecer luego de la así llamada Revolución Libertadora; antes edecán de Evita y encargado, según la descripción de la novela, de espiar y rendir cuentas de las actividades y estado general de la primera dama durante su enfermedad, a pedido del mismísimo Juan Domingo Perón. En palabras de Eloy Martínez, “su extravagante deber consistía en elevar partes diarios sobre las hemorragias vaginales que atormentaban a la Primera Dama, de las que el presidente debía estar mejor enterado que nadie. Pero así eran las cosas en aquella época: todos desconfiaban de todos’”.

“Hay otro texto que fue muy importante para mí”, continúa detallando Alterio, “que es el cuento de Rodolfo Walsh Esa mujer. Tengo entendido que el propio Eloy Martínez lo utilizó como uno de los puntos de partida para la novela”. A la hora de pensar en la preparación del Moori Koenig de la ficción, el actor, que nació en Buenos Aires en 1970 y cuya carrera siempre ha alternado trabajos en su país natal y en España, cree que se trata de un personaje muy especial. “Para construirlo hubo que bucear en la estructura de los militares en esa época puntual. Un militar de ascendencia alemana, además, que tenía una manera de hablar peculiar. El lenguaje corporal fue importante. También la época: la manera de expresar las emociones, la forma en la que se relacionaban los hombres y las mujeres. A eso hay que sumarle la complejidad del paso del tiempo, porque cuando comienza la historia el personaje tiene 35 años –un hombre pulcro, en el zenit de sus capacidades–, y termina con sesenta y largos, completamente alcoholizado y psicótico. Es un abanico muy grande. Para un actor, esa es una de las cosas buenas que permiten las series: poder construir un personaje con tantas aristas”. Nota aquí.



viernes, diciembre 21, 2012

Ernesto Alterio

"Para pasar página inevitablemente hay que leerla"
El actor protagoniza 'Infancia clandestina', un filme sobre los montoneros dirigido por Benjamín Ávila, hijo de una desaparecida durante la dictadura militar argentina.
En 1979 Juan tenía 12 años, vivía en Cuba y un día sus padres le dijeron: "Ya no eres Juan, ahora te llamas Ernesto y volvemos a Argentina". Así arranca Infancia clandestina, una película que cuenta la historia de un preadolescente que debe vivir en la clandestinidad como consecuencia de la militancia de sus padres, montoneros. Es la historia de tantos niños de aquella época, de una generación entera a la que ha puesto voz el director Benjamín Ávila, hijo de una desaparecida, basándose en su propia experiencia. Nota aquí.