domingo, abril 19, 2026

Leonardo Padura

 El don de la capacidad de anticipación de Beatriz de Moura

El escritor cubano recuerda su relación profesional con la fallecida editora desde que le publicó su novela ‘Máscaras’, en 1997

“En medio del camino de la vida…”, Dante Alighieri.

Fue una mañana de marzo de 1996 cuando recibí su llamada telefónica y sostuvimos la conversación que cambió mi vida. Entonces yo estaba justo en medio del camino de la vida que he recorrido hasta ahora. Era un todavía joven escritor de treinta y cinco años, con algunas penas y ninguna gloria que, poco antes, había hecho una apuesta arriesgada: había dejado mi trabajo como jefe de redacción de una revista cultural y me había convertido, legal y oficialmente, en el primer escritor independiente cubano. Cuando miro hacia ese momento, todavía me parece increíble que hubiera optado por tomar semejante decisión: estábamos viviendo en un país en profunda crisis económica como era la Cuba de ese tiempo (la crisis cubana interminable), apenas teníamos dinero para seguir subsistiendo malamente y, como escritor, ni la sombra de un editor en el horizonte. Pero yo solo quería escribir y me había lanzado al vacío.

Pero ahora creo que, como parece que dijo Marco Aurelio (según los hermanos Glass de las obras de Salinger) que “aquello estaba deseando ocurrir”. Y lo primero que ocurrió fue que, tres meses después de vencida la fecha estipulada, había recibido la noticia de que mi novela Máscaras había ganado el Premio Café Gijón de 1995, concedido en enero de 1996, trece días después de mi conversión en escritor independiente. Entonces algo cambiaba: de pronto tenía un premio internacional que ya no esperaba y hasta contaba con un dinero que me salvaba de la inopia, lo cual ya era mucho pedir. Pero nada más. Podría decir, como cubano de finales del siglo XX, que del tórrido infierno de la incertidumbre había pasado al purgatorio de una cierta convicción de que tal vez habría alguna salida… Y entonces sonó el teléfono que me abrió las puertas de lo que sería mi paraíso como escritor.

Ni en mis sueños más desbocados yo habría podido barruntar que algo así podría ocurrirme y esa mañana de marzo de 1996 me estaba sucediendo: al otro lado de la línea, Beatriz de Moura, la fundadora y directora de la editorial Tusquets, me decía que había leído mi novela ganadora del Café Gijón y que me proponía publicarla.

Creo que a cualquier escritor de la lengua una llamada así lo habría removido hasta las entrañas. Pero, para ese joven escritor cubano que era yo, sin otros medios de vida, sin trabajo y sin editor, aquella propuesta inesperada, llegada del sitio más codiciado —esa ya mítica editorial Tusquets, la de Milan Kundera, John Irving, Marguerite Duras, las novelas eróticas de la colección La Sonrisa Vertical—, superaba todo lo que hubiera podido soñar. Mi vida, en el plazo de unos cinco minutos de conversación telefónica, daba un salto mortal hacia lo que cualquier autor podía pretender y yo alcanzaba así, en un instante mágico y revelador y trascendente.

Tres meses después, llegado a España para recibir mi Premio Café Gijón —fue apenas un portentoso cheque, aunque sin ceremonia y ni siquiera un diploma para archivar—, mi esposa Lucía y yo nos trasladamos a Barcelona y entramos por primera vez en los dominios del reino maravilloso de Beatriz de Moura, las estrechas y atestadas oficinas de la calle Iradier. Allí, luego de una primera conversación con Antonio López Lamadrid, director comercial de la casa —un señor que sería también una de las personas más importantes de mi vida, quizás la que más confianza tuvo en lo que yo podría llegar a alcanzar con mi trabajo— pasé al pequeño recinto acristalado, ubicado en el patio o jardín de la propiedad, el sitio donde se decidía el carácter de una editorial referencial en el universo literario hispanoparlante, el pequeño gran trono desde el que Beatriz de Moura hacía sus milagros. Nota aquí.



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