domingo, agosto 16, 2026

Juan José Campanella

 Juan José Campanella y sus recuerdos de El hijo de la novia, que hoy cumple 25 años de su estreno

Llamamos al director, por el aniversario del filme con Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro, que fue candidato al Oscar.

Y Campanella nos escribió esta nota.

En realidad, la historia empezó en el año 1999, para mí se cumplen 27 años por estas épocas. Fue una noche de ese año que fui a cenar con mi papá, y tuve la charla que empezó todo.

Los ubico en la situación. Hacía poco habíamos terminado de filmar El mismo amor, la misma lluvia, y sentía que ese tándem que habíamos formado con Ricardo Darín era una especie de Milagro. Ese enorme actor al que le debo tantísimo, además tenía conmigo una serie de coincidencias creativas muy raras. Una película es una sucesión de emociones intangibles y tener como coautor (un gran actor es también coautor) a alguien con quién se acuerda en esas (el sentido del humor, de la emoción, de la comedia, del timing, de la sensibilidad) debe ser cuidado como una orquídea.

Al mismo tiempo con otro de esos coautores/hermanos de la vida, Fernando Castets, buscábamos una historia para contar lo que le pasaba al hombre de 40 y pico en esos años, a ese hombre que estaba solo y esperaba, sin saber qué, mirando un televisor caleidoscópico a las 4 de la mañana sin poder dormir, control remoto en mano. Teníamos el personaje, pero no la historia.

Y esa noche de 1999 fui a cenar con mi papá. “Quiero casarme con Luisa por Iglesia”. Mi madre, que sufría de Alzheimer, estaba en un geriátrico al que mi padre visitaba todos los días, de domingo a domingo. Ellos nunca se habían casado por Iglesia por razones que no vienen al caso. Tratamos de cumplir ese sueño, pero no hubo caso. La Iglesia no lo permitía por la situación de salud de mi madre.

Pero algo salió de ese pedido, y hoy estamos hablando de eso. El personaje del cuarentón sin brújula encontró su historia y ahí fuimos con Fernando Castets a escribirla. Un año y medio de trabajo constante y 27 bocetos después, estaba listo el guion que sin ningún cambio es lo que hoy podemos ver. En el proceso fueron fundamentales los consejos de Aída Bortnik, nuestra gran amiga y maestra de toda la vida. El guion no sería lo que es sin ella. ¡Gracias, Aída!

Las primeras reacciones

No fue fácil. Cuando comenzamos a mostrar el guion la reacción no fue buena. “Deprimente”, “Nadie quiere ver esto”, “Te va a arruinar la carrera”, “Viejos, Alzheimer, ataques al corazón… Esto es veneno”. Solo Jorge Estrada Mora, otro enorme amigo y productor al que le debo tantísimo, creía en la historia. ¡Gracias, Jorge! Y Ricardo Darín también, sin su fe hubiera sido imposible. ¡Gracias, Ricardo!


Y luego de muchas vueltas, el guion paró en la mesa de Adrián Suar. Adrián lo llevó al teatro, en donde estaba hacienda junto con Guillermo Francella “La cena de los tontos” y lo dejó esa noche en su camarín. Al día siguiente, Guillermo preguntó qué era ese libro. Adrián le cuenta. Guillermo, curioso como es, se lo lleva. Al día siguiente le dice a Adrián “Tenés que hacer esta película”. Otro gran enorme amigo de la vida, Guillermo Francella. ¡Gracias, Guillermo! Y Adrián resolvió hacerla, lo que comenzó otra gran amistad que ya lleva 25 años. ¡Gracias, Adrián!

El elenco

¿Alguien se puede imaginar esta película sin Norma y Héctor? Imposible. Quizás el que desconoce los mecanismos de trabajo de un actor no dimensione justamente el trabajo de Norma Aleandro. Un actor trabaja con emociones, recuerdos, objetivos de escena, subtexto y motivación. NADA DE ESO se aplica a una persona con Alzheimer, cuyos estados emocionales responden a caprichosos centelleos del cerebro. Norma tenía dudas al respecto, y fuimos a ver a mi madre.

Pasamos dos horas con ella y fue como un Milagro, mi madre, cuyo sentido del humor estaba intacto aun cuando ya no me reconocía, hizo un paseo por casi toda la película. Recitó la poesía de los cuarenta balcones, hizo gala de su picardía natural, quizás el único rasgo que conservaba intacto de su personalidad, e hizo reír a Norma.

Cuando volvíamos en el auto, Norma pensaba. Yo, callado. En un momento, Norma dice “Es un trabajo muy difícil”. Yo, callado. Segundos después dice “Es MUY riesgoso”. Yo asentí. En efecto, lo era. Y medio minuto después, Norma dice “Pero si sale bien…” . ¡Gracias, Norma!

El proceso

Sin lugar a dudas, y por muy lejos, fue el proyecto más fácil de mi vida. Los actores, en estado de gracia, me daban lo mejor de sí en la primera toma. La película se terminó en tiempo y en forma, y estaba editada una semana después de terminar el rodaje. Cada día era orgásmico.

Dos anécdotas. Cuando filmamos la escena en la que Nino le explica a Rafael lo que era el restaurante cuando trabajaba Norma, yo tenía planeado un recurso cinematográfico, inspirado en Rebecca, de Hitchcock. La idea era que mientras Nino describía el camino de Norma llevando a un cliente hacia la mesa, la cámara recorriera el restaurante vacío, y la teoría era que el espectador combinara en su cabeza el texto en off de Héctor y el recorrido de la cámara, imaginando a Norma.

Cuando filmamos la toma en la que Héctor describe el personaje (el monólogo era apenas un cuarto de página, casi pasaba desapercibido en el guion), nos quedamos todos mudos. Yo, al borde del llanto, no podía ni decir “Corte”. Miro a mi costado al sonidista, viejo veterano del cine, con lágrimas en los ojos. Me acerco a los actores. Natalia Verbeke tenía todo le maquillaje corrido por las lágrimas. Ricardo me dice sonriendo “me robó la película”.

En ese momento decidí agradecerle al recurso cinematográfico, a Rebecca y a Hitchcock por los servicios prestados y los mandé a la casa. La filmación terminó ahí ese día. Cortar esa cara con un “recurso cinematográfico” hubiera sido mala praxis.

Otra. Estábamos filmando la escena en la que Rafael le declara su nueva filosofía y su amor a Nati por el portero eléctrico. Ensayamos desde cámara. Había una cámara chiquita en lo que sería el portero eléctrico, y la cámara grande filmaba desde el costado. Ensayamos (siempre ensayamos sin la actuación a full, no sea cosa de que salga perfecta en el ensayo) y largamos la primera toma. Lo que yo veía de Ricardo en el monitor mío, era tan natural, tan sentido, tan real, que pensaba “se está improvisando todo, qué genio”. Termina la toma, y me acerco.

“Estuvo espectacular, pero hagamos otra con la letra, por las dudas”. Ricardo me mira confundido, y me dice “Era la letra”. Voy a leer el guion y efectivamente, era. El nivel de verdad, espontaneidad, compromiso y sensibilidad, el timing innato que tiene Ricardo es realmente para comprarse una fábrica de sombreros para ir sacándoselos uno a uno. En ninguna de estas dos escenas medió por parte mía ni la más mínima dirección. Fueron ellos. ¡Gracias, Ricardo! ¡Gracias, Héctor!

Y acá estamos

Nadie pensó que estaríamos celebrando y recordando la película 25 años después. Nadie imaginó siquiera el Oscar. Fue Adrián el que primero lo dijo, promediando la filmación luego de ver lo que íbamos filmando, “Me parece que con esta peli vamos a viajar”. Yo nunca lo creí, siempre preparándome para el fracaso.

Poco importa ahora la recepción que tuvo en ese momento. Gran parte de la crítica “especializada” la mató y trató de convertirla en lo peor del cine, pero acá estamos. Todo eso es parte olvidada del pasado.

Hoy, a 25 años de su estreno esta pequeña comedia nos sigue recordando que, en medio del ritmo vertiginoso del día a día, siempre estamos a tiempo de parar, mirar a los ojos a quienes amamos y cumplir esas promesas pendientes que le dan sentido a todo. Rafael encontró su brújula, y nos ganamos el final feliz.

Empecé esta nota sin saber qué escribir, y naturalmente se convirtió en un agradecimiento enorme a todos los que ayudaron a que existiera. Me faltan algunos agradecimientos claves. Al equipo de filmación, sin los cuales nunca nada es posible. Un equipo que puso todo, con enorme eficiencia, entusiasmo y muchísima creatividad. ¡Gracias, gran equipo!

Al público que la sigue viendo y queriendo. A los que se la recomiendan a sus hijos, a sus amigos, a los que hacen que ese esfuerzo de tanta gente siga vigente. ¡GRACIAS!

Y sobre todo, desde lo más profundo de mi corazón… ¡Gracias, papi! ¡Gracias, mami!

Porque como nos enseñó la historia de la familia Belvedere, el verdadero amor no entiende de olvidos: se adapta, resiste y encuentra la manera de volver a casarse todos los días. Nota aquí.









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