martes, agosto 11, 2026

Don Juan

 En Villa Santa Rita, bodegón de más de 100 años que volvió a abrir todo el día: milanesas y buñuelos como los de antes

Fundado en 1920, Don Juan es un bar notable que mantiene su estética inicial intacta.

Al cruzar la puerta vaivén de un bar notable, el tiempo parece detenerse. Del otro lado sobrevive una Buenos Aires donde las conversaciones no tenían apuro, solo se leían diarios de papel, no existían los distraídos mirando el celular y los cafés se estiraban durante horas. Don Juan abrió sus puertas en 1920 y conserva el encanto de esa época. Mesas de fórmica, barra de madera y un espejo que parece haber sido testigo de miles de historias de diferentes generaciones.

Empezó como un cafetín que despachaba sándwiches generosos de jamón crudo y ofrecía una ventaja por sobre el resto: tenía teléfono público en su interior. En estos 106 años de permanencia en el barrio el bar fue cambiando el perfil pero manteniendo su esencia y su nombre intacto.

Este invierno extendieron el horario de apertura y actualmente se puede desayunar, almorzar, tomar un vermucito y también cenar. La cocina casera se hace notar con pastas amasadas en el día, tortillas de papa en su punto justo y en los tradicionales buñuelos de acelga, la entrada más vendida.

La historia del Bar Don Juan

Don Juan Barral vivía en la planta alta de la esquina de Camarones y Condarco. Un día decidió abrir un bar en la planta baja para vender café. El teléfono público, sobre unas maderas oscuras, ubicado a un costadito del local, hacía que los clientes se amontonaran esperando su turno. Fue así que Juan comenzó a ofrecer enormes sándwiches de jamón crudo y queso, con una cantidad de relleno poco usual en esa época. De esa manera los clientes disfrutaban del espacio comiendo rico y tomando, por supuesto, un cafecito.

Con el correr de los años, se sumaron al negocio Teresa, la hija de Juan y su esposo Alejandro, que eran quienes abrían al alba el café para que los vecinos pudieran desayunar. La pareja tuvo tres hijas Paola, Ana y Elvira quienes quedaron al frente del negocio y decidieron alquilarlo a terceros con la única condición de que el nombre “Don Juan” no se modificara.

La pandemia fue el detonante para que los inquilinos se fueran dejando al bar a la deriva. Entendiendo la importancia de revalorizar y no perder un bar notable, Daniela Pérez, familiar de los bisnietos del creador del cafetín, tomó las riendas y cuando se liberaron las restricciones abrió nuevamente las puertas del bar notable reconocido por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El cambio de mando trajo consigo un cambio de horario: Don Juan dejó de ser un café mañanero para convertirse en un bar que abría por las noches donde el vermú artesanal copaba las mesas.

“Arrancamos con vermú, cerveza tirada y una onda más picoteo. Con el tiempo, empezamos a abrir al mediodía los fines de semana y nos dimos cuenta de que la gente venía a comer entonces sumamos platos de cocina”, cuenta Daniela quien en el 1 de julio de este año decidió que el bar vuelva a abrir desde la mañana, como cuando Don Juan levantaba la persianas cuando apenas el sol comenzaba a asomar.

“Don Juan es un lugar de encuentro a toda hora, para todo momento en una esquina de barrio, donde podés venir a tomar café, almorzar, tomar un vermú, a la noche un trago o cenar”, asegura la dueña.

Cómo es y qué comer en el Bar Don Juan

Puertas vaiven de madera, sillas Thonet y una antigua heladera Siam transformada en chopera son parte del escenario. La cafetera con la que Don Juan hacía los cafés y la cortadora de fiambre donde cortaba las finas lonjas de jamón también están presentes. Daniela conservó todo en óptimo estado.

Un mural suma color sin opacar la onda vintage del salón. En la parte trasera, el local cuenta con un espacio que se abre por pedido, ya sea por un cumpleaños o un evento particular. Se llama el salón de los abuelos. Allí se puede ver el cuadro de Don Juan y la imagen de Teresa y Alejandro. El espacio cuenta con una antigua mesa de madera con sillas con capacidad para 10 a 15 personas, un lugar para sentirse como en el living “de los abuelos”. Nota aquí.





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