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sábado, octubre 17, 2026

Bar La Copita Asturiana

 El mítico bar de Madrid en el que se rodó 'La bola negra': ambiente tradicional, regentado por una familia y abierto desde 1959

Los cineastas ya conocían el local y lo frecuentaban como clientes, algo que terminó influyendo en la elección del establecimiento como una de las localizaciones de la película.

Madrid está lleno de restaurantes con historia, pero... ¿Cuántos pueden presumir de haber pasado de servir mesas a convertirse en escenario de una película? Esto es precisamente lo que ha ocurrido con un pequeño rincón de La Latina que lleva más de seis décadas ligado al barrio y que ahora aparece en 'La bola negra', la nueva película de Los Javis.

Pero el vínculo entre el restaurante y Los Javis no nació con el rodaje. Los cineastas ya conocían el local y lo frecuentaban como clientes, algo que terminó influyendo en la elección del establecimiento como una de las localizaciones de la película. Se trata de 'La copita Asturiana', un pequeño comedor de La Latina pasó durante unas horas de servir fabadas y cachopos a convertirse en un plató de cine.

De restaurante de barrio a escenario de cine

Sin duda, el rodaje transformó por completo la rutina del establecimiento durante una jornada. El comedor se llenó de focos, cámaras, cables y técnicos. Hubo que reorganizar las mesas, adaptar el espacio y repetir la escena en varias ocasiones para conseguir los distintos planos. También la cocina tuvo que responder a las necesidades del rodaje, especialmente por un detalle que acabó convirtiéndose casi en protagonista: la fabada.

Cada toma debía mantener la misma continuidad visual, por lo que el plato tenía que conservar un aspecto prácticamente idéntico durante horas. Una exigencia más propia de un set cinematográfico que de un servicio habitual de restaurante, pero que resume bien la singularidad de la jornada.

Raíces asturianas desde 1959

La historia del establecimiento se remonta a 1959, cuando una pareja llegada desde el concejo asturiano de Valdés tomó las riendas de un local que hasta entonces había funcionado como despacho de vinos.

Aquel negocio comenzó poco a poco a transformarse en una taberna de comidas, pues en sus mesas se reunían vecinos del barrio para jugar al dominó, tomar vino y compartir platos sencillos. No obstante, la cercanía con el antiguo mercado de pescado de Puerta de Toledo hizo que también empezaran a pasar por allí camioneros, trabajadores y taxistas.

Con el tiempo, el restaurante fue ganando clientela y la cocina asturiana empezó a tener cada vez más peso. Lo que había nacido como una taberna madrileña terminó convirtiéndose en un pequeño rincón del Principado en pleno centro de Madrid.

Fabada, cachopo y cocina tradicional

La identidad del restaurante se fue construyendo alrededor de una carta de cocina casera en la que las recetas asturianas acabaron imponiéndose. La fabada, las fabes con almejas, las verdinas, el pote asturiano, el cachopo o el chosco de Tineo forman parte de una propuesta que mantiene un fuerte vínculo con la tradición. Junto a estos platos conviven otras recetas clásicas de taberna, como los callos o el lacón, además de carnes, pescados y postres caseros.

Pero lo cierto es que buena parte del atractivo el restaurante está también en el propio espacio: el local conserva elementos históricos como el mostrador y la fachada, que permiten mantener el aspecto de una taberna antigua en una zona de Madrid cada vez más transformada por el turismo y la hostelería moderna.

El efecto 'bola negra' ya se nota en el local

La aparición en 'La bola negra' ha dado ahora al restaurante un giro inesperado. La película inspirada en un texto inacabado de Federico García Lorca ha llevado el nombre de 'La copita Asturiana' más allá de Madrid y ha despertado la curiosidad de espectadores interesados en conocer una de sus localizaciones. Nota aquí.





domingo, septiembre 27, 2026

Rodolfo Serrano

 La calle

Esta calle. La luz. Las calles nuestras.
Los caminos abiertos a la aurora,
cruzan mi pecho, me muerden en la boca,
me llevan a soñados paraísos.
Vuelvo hoy a la calle. Están los árboles
esperando la sombra. Ya el otoño
se anuncia como gato en los tejados,
silencioso, sin voz ni calendario.
Y tanta paz, cuando ha dejado el miedo
desolación, los tiempos negros.
Este sol que recorre las aceras
limpia los viejos días del pasado.
Un gorrión se acerca. Picotea
una sombra de luz. Soy solo un pájaro
que ahora teme volar tras la tormenta
buscando el alba de oro de Rubén.
El cielo es tan azul. Azul purísimo,
el color es de un dios que se deshace
entre el olor a hierba de algún parque,
y el ruido de brillantes automóviles.
Vuelve a surgir la vida, me rebrota
entre mis dedos torpes, de mis venas.
De esta carne ayer muerta que hoy espera
el abrazo feliz de días nuevos,
Foto de Raul Cancio.



miércoles, septiembre 23, 2026

La “Aldea” de Bares y Tabernas

La “aldea” de bares y tabernas que resiste la turistificación del centro de Valencia

Nuevos y veteranos establecimientos mantienen una clientela local, una oferta tradicional y unos precios ajustados en el viejo barrio de El Carmen.

Cuenta Nuria Hernández que se sienten un poco como en “la aldea” de Astérix y Obélix. Para entenderla solo hay que recordar la conocida introducción de los cómics de Goscinny y Uderzo y cambiar la “Galia ocupada” por el centro de Valencia, “los romanos” por los turistas y los “irreductibles galos” por los mesoneros de bares y tabernas, nuevos y veteranos, que resisten los cantos de la turistificación en el barrio de El Carmen. No es que rechacen a los turistas, ni mucho menos, pero su oferta gastronómica no está pensada para ellos, sus precios son razonables, nada desorbitados, y su clientela está integrada mayoritariamente por público local.

Y eso que “la aldea gala” con la que bromea Nuria, propietaria de La Ostrería del Carmen (Mercado Municipal de Mossén Sorell. Plaça de Mossén Sorell, s/n), linda con el epicentro del turismo en Valencia, donde todo el día huele a pizza, tacos, kebabs y paellas descongeladas. La frontera viene marcada por la calle que siglos atrás fue la más noble de la ciudad, Caballeros, y su desembocadura en la plaza del Tossal. Desde esa vía, jalonada por antiguos palacetes, hasta el río se extiende el barrio de El Carmen, aunque su denominación se suele emplear para aludir a todo el centro histórico.

Allí abrieron hace unos meses la bodeguita (el diminutivo es por su tamaño) El Ceniciento (Plaça de Mossén Sorell, 6), de llamativas conservas y chacinas, y este mismo verano, el bar La Digna (Dalt, 28). Ambos locales se encuentran en el entorno del pequeño y protegido mercado de Mossén Sorell, que busca su revitalización como destino gastronómico.

Las dos mesitas en la calle de La Digna, el más reciente en sumarse a la oferta del viejo barrio, invitan a sentarse y pedir unas cañas, unas jugosas clòtxines (el mejillón valenciano, más pequeño y sutil, según sus exégetas autóctonos, a 11 euros) o un pepito (bocadillo caliente de longaniza con queso y mostaza o de ternera con cebollita, de 6 a 8 euros). La oferta no se limita a las tapas típicas valencianas y depende del día. Unas pizarras sirven de guía. La mayor parte de la materia prima procede del cercano y monumental Mercat Central, explica su dueña, Marta Castillejo.

La taberna El Templat (Plaça de Mossén Sorell, 4) se estrenó hace poco más de tres años, pero se consolidó muy pronto con un público variopinto, entre jóvenes urbanistas o los escritores que acaban de presentar sus obras en la vecina librería de Ramon Llull.

“Tenemos gente joven que dice que le encanta comer aquí porque le recuerda a su abuela. Para mí es todo un orgullo”, comenta Javier Oria, cocinero y alma máter de El Templat, donde se come un suculento ajoarriero (8 euros) o una ensaladilla rusa que cambia el atún por el conejo y el pollo (7 euros). “He querido escoger platos representativos de la cocina española. Y, como mi familia es de La Rioja, hemos incluido también en la carta la oreja empanada (11 euros) y alguna cosita más de allí que no puedes comer en otros sitios de por aquí. Puedes cenar prácticamente por 15 euros con una tapa buena, su cestita de pan, una cerveza y algo más; y también te puedes gastar 50 euros, y yo encantado, claro”, apunta.

Javier diferencia entre una taberna y un bar. En la primera se tapea, se toman unos vinos o unas cervezas, pero “no se sirve café, ni cruasanes, ni hay mantel”. No los hay en su taberna de El Carmen, un barrio que no es ajeno al signo de los tiempos y sufre la gentrificación y la turistificación, sostiene, aunque la saturación aún no es comparable al entorno de Caballeros y del triángulo formado por la gótica Lonja, la ecléctica iglesia de los Santos Juanes y el modernista Mercat Central. “Aquí hay una buena zonita para venir a tomar algo con tranquilidad”, apostilla el restaurador. Nota aquí.



viernes, septiembre 18, 2026

Bar Suso

 El histórico bar de Santiago que se compró con un coche y llegó al 'New York Times': "Mi padre era el negocio"

Carlos Quintela regenta uno de los establecimientos con más historia de la ciudad, uno de los primeros en poner música y en recibir visitas de todo el planeta.

Cuando a Carlos Quintela le preguntan cuánto tiempo lleva en el bar de su padre, la respuesta le sale sola. "Siempre digo que los llevo todos. Yo nací aquí", afirma con la rotundidad de quien alternó durante décadas las mañanas de estudio con las noches echando serrín sobre el suelo del número 65 de la Rúa do Vilar.

De aquellos tiempos ya ha pasado mucho, pero el hijo del que fue unos de los hosteleros más emblemáticos de Santiago aún recuerda esas largas jornadas para mantener en pie el Bar Suso. Un establecimiento que ya enfila los 80 años -comenzó su andadura en 1947-, pero que ya existía antes con otras caras y otro rótulo sobre la puerta.

En la memoria de Quintela se dibuja entre interrogantes el nombre de aquel antiguo café, "Compostela" y también el de Manuel, el dueño que le cedió las llaves a su padre para montar el Suso y que consiguió el establecimiento de un modo peculiar.

La historia se la contó mil veces y tiene su gracia. "Manuel le había cambiado el local a Juan [el anterior propietario] por un coche. Decía que uno estaba cansado del coche y otro del bar. Eran otros tiempos", dice con humor el hostelero, que se sigue afanando hoy entre comidas, cenas y un hostal que su padre añadió en los 60 para acoger en sus habitaciones a gente de todo el mundo.

Premios Nobel y un burro de Chernóbil

De muchos Quintela ya no se acuerda porque "era un niño", pero otros se le han quedado grabados. Como Agostinho da Silva, al que conoció "cuando era un filósofo de la Revolución de los Claveles", el Premio Nobel de Literatura José Saramago o un peculiar hombre que llegó en burro desde Chernóbil para agradecerle al Apóstol que el accidente nuclear no se hubiera llevado a su familia.

A todos ellos los recibía Suso con su don de gentes, incluso al burro. "Pensiones había, pero, para un burro, era complicado. Tuvo que buscarle alojamiento y el dueño le regaló un cuadro para darle las gracias", cuenta entre risas su hijo, que aún guarda aquella pintura como recuerdo.

También conserva un recorte del New York Times, en el que el histórico café de su padre aparece recomendado. Fue en el año 75, cuando los sitios de comidas aún no abundaban en Santiago y, los hostales, aún menos. "Vino un periodista, mi padre le contó cuatro cosas y ya se hicieron amigos. Socialmente era un máquina. Era una persona que no tenía nada, aprendió a leer él solo y sabía muchísimo de Santiago", relata Quintela sobre el hombre que levantó el café casi como si le estuviera echando un pulso a la vida. "Era un superviviente, él era el negocio". Nota aquí.





miércoles, septiembre 09, 2026

Martina Alfuso

 La resistencia: mientras muchos bares cierran, una comunidad se organiza para dar nueva vida a los sobrevivientes

Martina Alfuso genera actividades en bares de barrio y apuesta a las relaciones para combatir el aislamiento de las pantallas.

“La resistencia hoy es no tener una cuenta de Instagram, podes decir: vayamos al cine, y dejemos de ver Netflix”, sostiene convencida Martina Alfuso, licenciada en Letras y creadora de Bar de Viejes, una comunidad que logró trascender la pantalla del celular hasta convertirse en un movimiento cultural que involucra a miles de personas y tiene como principal objetivo llenar los bares olvidados de los barrios y darles una segunda oportunidad en una realidad económica que los tiene en jaque.

“En esta realidad resquebrajada y rota estamos buscando desesperadamente algún sentido, una señal para salir del algoritmo, para poder hablar”, dice Alfuso. En 2018 encontró la suya. Creó su cuenta de Instagram y transformó el algoritmo en una acción humana que modificó la realidad de los bares del arrabal porteño. “Lo imprevisible sucede en un bar”, cuenta. Desde ese año ella y su comunidad llevan mapeados más de 1300 bares de CABA, Argentina, Brasil y Uruguay.

Cada 15 días, 3000 suscriptores reciben en su email el boletín Voy al Bar, en el que Alfuso transmite el fundamento teórico de su proyecto, vinculado directamente al movimiento y la acción. Crítica de la omnipresencia de las pantallas que no dejan espacio a la improvisación, su salida la encuentra en hallar la soberanía de pensamiento crítico en los pocos huecos que dejan las apps. “En los bares aún existen los acontecimientos, eso que no se planea ni se controla”, afirma Alfuso.

Desde 2021 ha intervenido activamente 34 bares con su ciclo Bar Abierto que ha tenido un sentido federal, porque se han producido en Córdoba, Rosario, La Plata y Mar del Plata, y que en CABA ha abarcado toda su geografía en bares de barrios como Devoto, el Café de García o el Florida Garden, en Retiro. Su idea tiene este año una evolución: El Club Atlético Bar de Viejes. El 14 de noviembre hará una fiesta en el Club Villa Malcolm (Vill Crespo) para celebrar el proyecto junto a su comunidad, pero también para relanzarlo. En una primera fase ya tiene diez bares miembros, donde se desarrollan actividades.

“Tenemos que generar espacios donde nos encontremos”, dice Alfuso. Su obsesión: que estas islas de bohemia y felicidad efímera, hecha de mesas, café y mostradores con madera lustrada por el lento y musical paso del tiempo, no cierren y sean los territorios donde los habitantes de la ciudad puedan reconocer una mirada, un gesto amigo, la maravilla de lo inesperado. “El algoritmo sólo te muestra lo que se parece a vos, a tus gustos, no te permite experimentar, ni sentir la alteridad”, critica Alfuso. “Los bares son una red social, no una digital. Todavía hay espacio para la sorpresa”, agrega.

El cerebro

“Nuestro cerebro no está funcionando como le estamos proponiendo que funcione: atendiendo múltiples estímulos en forma simultánea. Es necesario volver a hacer sólo una cosa por vez”, sostiene Alfuso. Entonces proclama su resistencia: la lectura en papel, leer noticias en la edición impresa de los diarios, resolver crucigramas, leer un libro, abandonarnos a la posibilidad del asombro y lo que no está geolocalizado por los algoritmos de las apps. Apunta contra la supremacía del click. “Existe una ficción de actividad, sentís que estás haciendo, cuando en realidad no hacés nada, sólo reposteas stories”, argumenta. Bar de Viejes y la propia Martina proponen desacelerar. Entonces tomar un café o un vermut se vuelve una tarea necesaria para recuperar la humanidad y conseguir hallar un hueco de evasión delante del imperio digital. “¿Para qué queres llegar rápido a tu casa: para scrollear? No tiene sentido”, dice Alfuso.

Martina está sentada en el Bar Comet. Avenida Belgrano y Paseo Colón, el corazón del Bajo porteño, la esquina tiene más de cien años, las nubes eternas del invierno en el sur del mundo, dejan pasar una luz melancólica, un teléfono público sobrevive al asedio táctil, cuesta imaginar a una persona buscando monedas para hablar, pero ahí está, útil y en vigencia: un teléfono hecho para hablar. “La tecnología del bar tiene potencia: una taza es un desarrollo tecnológico de la humanidad”, reflexiona Alfuso.

Los mozos del Comet tienen una base de tres décadas de atención. “Martinita”, la llaman estos hombres ajusticiados por el trópico de las noches de una Buenos Aires que se resiste a desaparecer. “Ella hace que la gente venga al bar”, dice Pedro. Hace 33 años trabaja ahí, es correntino y apunta que hace pocos días se hizo la Fiesta del Mbaipy en su provincia. Y en pocos minutos se anotaron 900 pescadores en la del Dorado. Cosas del bar: en El Bajo hablando de cocina guaraní y la costa del Paraná.

“Es mi mozo en el Comet”, dice Alfuso. Ese sentido de pertenencia a un núcleo familiar es la base sentimental de Bar de Viejes. “Ella es como un viejo bolichero: siempre está”, completa Pedro, sonriente. Nota aquí.







martes, agosto 04, 2026

Anna Possi

 Una abuela de 101 años se levanta a las seis de la mañana, desayuna torta de manzana y mantiene su cafetería abierta desde hace 68 años con la ayuda de su hija y su nieta: cómo vive la barista más longeva del mundo

La mujer, condecorada como Comendadora de la República italiana, abre cada mañana el Bar Centrale de Nebbiuno, el mismo local que fundó junto a su esposo en 1958.

“Les digo a mis nietas: trabajen, ahorren, no dependan de nadie. El mundo se está volviendo más difícil”, cuenta la Nonna.

Anna Possi prepara cafés detrás de la barra del Bar Centrale, en Nebbiuno, un pueblito del Piamonte con vistas al lago Mayor, tal como lo hace desde 1958. A los 101 años, es la barista con más años de servicio en Italia y no muestra señales de detenerse, según relató en una entrevista con Reuters.

Possi empezó a trabajar a los 18 años en el restaurante, el bar y la tabaquería de sus padres, donde también se vendían periódicos. En 1946, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se mudó a Génova para trabajar con sus tíos y aprendió el oficio desde cero: a servir, a limpiar, a administrar un negocio. Antes de eso, vivió la guerra en Nebbiuno, atrapada, según sus palabras, entre los partisanos de las montañas y las tropas alemanas en las orillas del lago, en un clima de peligro constante.

“Llevo 51 años trabajando sola, como viuda, en este bar. Pero me gusta porque me gusta estar rodeada de gente”

Junto a su esposo, con quien más tarde regentó otro bar y restaurante, Possi ahorró hasta que decidieron volver a su región natal y abrir el Bar Centrale, solo los dos, sin personal ni lujos. Al principio funcionaba únicamente como cafetería porque no tenían licencia para vender alcohol; la ampliaron en 1960, tras la muerte de la tía que había criado a su marido y vivía junto al local.

Cuando su esposo falleció en 1974, Possi continuó sola. “Llevo 51 años trabajando sola, como viuda, en este bar. Pero me gusta porque me gusta estar rodeada de gente”, contó.

La mujer recordó que, en sus primeras décadas de actividad, el bar recibía cada mañana a los trabajadores de cinco fábricas de papel cercanas, que pasaban a tomar un café antes del turno y una grappa al finalizarlo. En los años 60, sumó una pista de baile al aire libre con vistas al lago, una novedad que atrajo clientes de pueblos como Arona y Omegna.

Según describió, entre sus parroquianos de esa época había abogados, médicos e ingenieros. “Este bar es como una familia, ¿sabes? No parece un bar; es un punto de encuentro. La gente viene no solo a consumir, sino a conectar”, resumió.

Un punto de encuentro que resiste al smartphone

Possi explicó que, más allá de servir café, ayuda a sus clientes con trámites y mensajes ante el ayuntamiento o el médico, y que presta el espacio del bar sin cobrar para exposiciones u otros usos comunitarios. Sostuvo que, si los clientes dejan alguna propina, ese dinero siempre termina destinado a causas benéficas. “He visto crecer a generaciones. Algunos abuelos vienen con sus nietos y dicen: ‘Anna, ¿te acuerdas de la máquina de discos?’”, relató.

Según observó, los más jóvenes ya casi no frecuentan el local como antes, cuando existían la pista de baile y la música en vivo. Ahora, dijo, prefieren pasar el tiempo con el teléfono inteligente, al punto de llevarlo incluso a la cama.

Sobre su propia vitalidad, Possi vinculó el trabajo con la independencia: “El trabajo te distrae y, al mismo tiempo, te aporta algo: te hace sentir independiente. No tienes que depender de los demás”.

La barista añadió que, en el Piamonte de su juventud, todas las mujeres trabajaban, ya fuera en el campo, en tareas domésticas o en encargos de empresas externas realizados desde sus casas. “Les digo a mis nietas: trabajen, ahorren, no dependan de nadie. El mundo se está volviendo más difícil”, aconsejó.

El año pasado, Possi recibió el título honorífico de Comendadora de la República italiana en reconocimiento a su trayectoria al frente del bar. Su rutina diaria, según había contado a medios italianos, incluye porciones reducidas de comida —espaguetis al mediodía y puré de legumbres por la noche, sin carne— y el seguimiento de la bolsa de Milán desde su computadora, un hábito que mantiene sin necesitar anteojos para leer. Nota aquí.




lunes, agosto 03, 2026

Bar Mónaco

 La última comanda de Antonio en el Bar Mónaco: una jubilación alegre y con las puertas abiertas al relevo

Tras más de medio siglo entre barras y fogones, Antonio Rodríguez bajó este viernes la persiana de una etapa que ha marcado la historia del Bar Mónaco. Su jubilación pone fin a 32 años al frente de este negocio vigués. Siete décadas después de abrir sus puertas, el local busca ahora un nuevo relevo para mantener viva su esencia.

Después de medio siglo dedicado a la hostelería, «cincuenta años y cuatro meses» para ser exactos, Antonio Rodríguez González (Toni para los clientes más fieles) atendió este viernes sus últimas comandas en el Bar Mónaco. La jubilación pone punto y final a su etapa como dueño de este establecimiento, ubicado en el número 55 de la calle Ecuador de Vigo, próximo a El Corte Inglés. Sin embargo, lo que no parece que tenga final de momento es la historia del local. Abierto desde hace alrededor de siete décadas, seguirá funcionando, aunque todavía no está decidido quién recogerá el testigo definitivamente.

«Hoy es el último día de mi trabajo. Lo dejo ya, creo que en buenas manos», proclamaba Antonio Rodríguez. «Me siento muy bien, lo vivo con alegría. Aparentemente estoy tranquilo, pero ya veremos por la noche cómo acabo», expresaba el ya exdueño del Bar Mónaco en referencia a su despedida. No le costó tomar la decisión. Admite que tras 32 años al frente del negocio se encuentra «agotado» y ahora es tiempo de disfrutar.

Más que echar de menos el trabajo, es consciente de que lo que realmente cuesta dejar atrás es esa relación diaria y cercana con quienes han convertido el Mónaco en una segunda casa. Aunque se jubile, piensa continuar visitando el bar para saludar a sus amigos.

Natural de As Neves, los inicios de Antonio en la hostelería se remontan a cuando tenía 14 años recién cumplidos. A esa edad comenzó como camarero en Madrid, hasta que 18 años más tarde, en 1994, una oportunidad en Vigo cambió el rumbo de su vida. Hablando con su cuñada, valoró regresar a la comunidad gallega para coger las riendas de su propio bar en la ciudad olívica.

Identidad propia

Los primeros años no estuvieron libres de obstáculos. «Fue un cambio duro porque no me adaptaba. Al principio esto no funcionaba, hasta que poco a poco fui haciendo clientela», recuerda Rodríguez. Finalmente, los ingredientes de la receta secreta eran paciencia, constancia y cercanía. Con el paso de los años, el Mónaco fue cocinando a fuego lento una identidad propia hasta convertirse en uno de esos bares de referencia en los que el menú del día sabe a casa.

Los callos, los guisos o la lamprea destacan como platos imprescindibles. Todo «comida casera» que ha conquistado durante décadas el paladar de todo tipo de clientes. «Políticos, religiosos, artistas, gente mayor, gente joven... el bar se adapta», asegura el extrabajador.

El cielo del paladar

«No voy a afirmar que los más sabrosos callos y guisos de carne que gozamos en Vigo sean los del Bar Mónaco, pero puedo asegurar que han llegado a tan alto cielo del paladar que no es necesario buscar otros», escribía el periodista Fernando Franco hace unos meses en uno de sus artículos de opinión. Un elogio que sintetiza el prestigio culinario alcanzado.

Su hijo también trabaja en el negocio, pero no continuará la tradición familiar. «Él estudió y no quiere hacer el relevo», explica el padre. El futuro propietario todavía no está confirmado, aunque uno de los nombres que suenan es el de Willy, líder de la cafetería Ecos. Sea quien sea el próximo dueño, Antonio tiene claro cuál es el ingrediente imprescindible para mantener vivo el espíritu del Mónaco: «que lo mantenga igual y que trate a la gente con cariño». Nota aquí.









viernes, julio 03, 2026

Rodolfo Serrano

 Historias de bar

(Habitación 314)
Si usted la hubiera visto, amigo mío…
El perfume que salía de su blusa,
la forma de apoyarse en cualquier sitio,
o, simple y llanamente,
esa manera tan suya de mirarte.
No ha llegado usted a conocerla
en sus años mejores.
Cuando andaba por calles y por bares,
acuchillando noches
y bebiendo la sangre de la vida.
Mirarla, ya le digo, era la gloria:
morena y muy delgada,
y esa piel que parecía —a qué negarlo—
un verso de Neruda.
Como a todos,
a mí también me tenía enamorado.
Y hubiera dado, lo juro, cualquier cosa
por una madrugada los dos juntos,
en cualquiera de esos bares de suburbio
que ella frecuentaba por entonces.
Usted conoce bien, estoy seguro,
lo que ocurre con amores como éstos.
Se van por el lavabo como el agua,
girando, dando vueltas, dulcemente.
No dejan ni un rasguño, ni una huella
en tanto corazón abandonado.
Fueron tiempos felices.
Muchas veces
recuerdo esa humedad en el asfalto,
y las oscuras calles sin un alma,
las madrugadas frías,
la búsqueda apurada
donde tomar la espuela.
Y ella —me parece estarla viendo—,
fumando un cigarrillo
y su tos como un tibio sobresalto.
Ya ve usted, amigo, quién diría
que es la misma mujer, cansada y triste,
que se cruzó hace un rato con nosotros
y, sin ganas,
nos presentó a su nieta.
Le aseguro
que es la misma mujer que hace unos años
nos volvió a todos locos.
Y felices.
Foto de Raul Cancio.



lunes, junio 29, 2026

Salón 1923

 Cómo es Salón 1923, el bar de cócteles oculto en la cima del Palacio Barolo que te transporta a los años 20

En uno de los edificios más imponentes y poéticos de Buenos Aires se esconde un rooftop que invita a viajar en el tiempo. Vistas panorámicas hacia el Obelisco y el Congreso, jazz de fondo, coctelería de autor y el privilegio de brindar junto al único faro de la Ciudad. Todos los detalles de esta experiencia imperdible.

Enclavado en la histórica Avenida de Mayo al 1370, a escasos metros del Congreso de la Nación, se erige el icónico Palacio Barolo. Esta joya arquitectónica no es un edificio más en la inmensidad porteña: es una obra que le rinde culto directo a La Divina Comedia de Dante Alighieri y que, al igual que el poema, divide su estructura conceptualmente en Infierno, Purgatorio y Paraíso. Y es en el anhelado Paraíso donde se encuentra Salón 1923.

Este exclusivo bar de cócteles inaugurado en 2019 llegó para completar el sueño original de los creadores del edificio, el arquitecto Mario Palanti y el empresario Luis Barolo, quienes ya en sus planos originales de 1919 habían proyectado instalar un bar en la azotea. Su nombre, 1923, es un homenaje directo al año en que el Palacio abrió sus puertas.

Entrar a Salón 1923 es dejar atrás el bullicio moderno de la ciudad. El Spazio Interiore (el área techada del bar) está meticulosamente ambientado para recrear el glamour de los dorados años 20. Y la inmersión es total: quienes atienden visten elegantes uniformes de época, la decoración evoca los tiempos de la ley seca y la atmósfera se completa con una cuidada selección musical que te transporta en el tiempo.

Para quienes prefieren sentir la brisa y llevarse las mejores postales, el rooftop cuenta con dos sectores al aire libre: el Terrazzo Obelisco con orientación este, y el Terrazzo Congreso al oeste, un escenario imbatible para disfrutar de inolvidables atardeceres.

Además, la experiencia tiene un condimento único: es el único rooftop del mundo que posee un Faro Urbano. Esta luminaria, declarada Faro del Bicentenario Argentino en 2010, corona el edificio y dota al brindis de una mística inigualable. Nota aquí.







domingo, junio 21, 2026

El Montero

 90 años de El Montero, el mítico bar gallego de Brooklyn

En 1939 una pareja coruñesa abrió en Brooklyn Heights un local que es historia viva de Nueva York. Sanó la morriña de los marineros que arribaban desde el otro lado del Atlántico y luego regó las noches de la diáspora cultural española. Pepe, octogenario hijo de los fundadores, acaba de vender este museo de la memoria de España en la ciudad y… karaoke

Hace años, desde el puerto de Brooklyn se intuía Galicia. Los muchachos de los muelles la buscaban al acabar la jornada para calentarse los huesos con whisky, compañía y caldo gallego. Había que ponerse de espaldas a la bahía y la silueta de Manhattan, caminar por la avenida Atlantic arriba tras tripulaciones recién desembarcadas, y dejarse llevar por la sucesión de neones de la esquina española de Brooklyn Heights: el barrio rojo donde se buscaban la vida gentes llegadas de las costas españolas atendiendo a estibadores, marineros que atracaban por unos días y los que varaban indefinidamente. Una decena de bares, muchos de apellido español, flanqueaban la calle como la puerta de entrada al continente. La colonia vivió y murió dentro de sus fronteras no escritas en la gran ciudad, a medio camino entre el desarraigo y la morriña. La agonía llegó con el cierre de los muelles en los setenta. Los marineros se fueron, los alquileres se estiraron, los gallegos buscaron nuevos puertos: algunos de vuelta en su orilla del océano, algunos tierra adentro, algunos bajo tierra. Solo dos bares, el Long Island y el Montero, regentados por dos hermanos que pasaron 50 años en aceras enfrentadas sin dirigirse la palabra, resistieron a los años y el dinero por la consigna familiar de comprar en vez de alquilar, y esa noción grabada en el subconsciente de los viejos emigrantes de asegurar un sitio en el que caerse muerto. El Long Island fue traspasado hace años. El Montero va a cumplir nueve décadas al lado del puerto. Todavía se habla español, pero no por mucho tiempo. El último reducto gallego de la avenida Atlantic acaba de cambiar de manos.

Llegas atraído por el neón rojo. Cruzas la puerta en el muro de pavés y entras a una postal de lo que fue Brooklyn. Es estrecho, profundo y oscuro. Las paredes son de madera, pero no hay un palmo al descubierto: salvavidas naranjas colgados del techo; retratos de marineros de nombre olvidado, parroquianos hace tiempo desaparecidos y la familia Montero; timones, escotillas, nudos, remos; maquetas de barcos que los marineros construían en altamar para matar el aburrimiento. A la izquierda está la barra, formica roja sobre ladrillos de vidrio. A la derecha, dos cabinas telefónicas que hace medio siglo ya eran viejas. Una mesa de billar. Sobre las seis de la tarde de un viernes cualquiera beben cinco personas; en unas horas el karaoke que rejuvenece el antro de jueves a domingo estará atestado. Al fondo del bar, sentado en su taburete, suele estar Pepe.

El último gallego de la avenida Atlantic —pelo blanco, gorra del bar, camisa, vaqueros, nada del otro mundo— habla español con acento de Brooklyn. Enfatiza las frases con oh yeah’s, allright’s, you know’s. Va a cumplir 80 años; al pensar en ellos sonríe a medias, enseña los dientes y sugiere más que cuenta. Su padre, Joseph Montero, llegó desde Meirás. Su madre, Pilar Montero, una neoyorquina de Sada de Arriba, nació en el Little Spain de Manhattan cuando 30.000 españoles habitaban Nueva York. Los Montero abrieron el bar en el 56 de la avenida Atlantic en 1939. La construcción de la Brooklyn-Queens Expressway, la autopista que une la isla con el continente, tumbó el local original y convirtió aquella esquina del barrio en arcén y direcciones fantasma. Tras la demolición, Joseph Montero se endeudó dos veces sin pasar por el banco, compró un edificio en el número 73 de la acera de enfrente y construyó otra taberna.

Pepe nació en el último piso sobre el nuevo Montero en 1947, el año que el bar cruzó la calle. Lo trajeron al mundo dos hermanas inglesas “que eran casi un hospital”. En la escuela pensaban que era “¿cómo se dice?, bobo”, hasta que descubrieron que solo era español. Creció dentro de los límites de aquel mundo entre dos aguas rodeado de acentos de paso, paisajes enmarcados de Galicia y memorias heredadas de la patria desconocida. Joseph y Pilar atendían la barra desde las ocho de la mañana, cuando terminaba el turno de noche de los estibadores, hasta las cuatro de la madrugada, cuando los últimos marineros amenazaban con desplomarse. Pepe jugaba en la calle con niños gallegos. No aprendió la lengua de su país natal hasta que con seis años empezó el colegio y avistó el horizonte más allá de la avenida Atlantic.

Dice que eran tiempos más simples. Tal vez lo fueran. Los muelles eran el hábitat natural de tipos con su propia idea del honor y la moralidad. En las noches del puerto había violencia, drogas y sexo por dinero. Tras la Segunda Guerra Mundial, también hambre. Nota aquí.








jueves, junio 18, 2026

Enrique Santos Discépolo

 Cafetín de Buenos Aires 

Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja...
En tu mezcla milagrosa
de sabiondos y suicidas,
yo aprendí filosofía... dados... timba...
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.



domingo, junio 14, 2026

Roberto “El Negro” Fontanarrosa

 La Mesa de los Galanes: el ritual cotidiano que hizo de Fontanarrosa un mito

Durante más de tres décadas, el escritor rosarino convirtió una mesa del bar El Cairo en un espacio de ritual, amistad y observación del que nacieron muchas de sus historias.

“Lo que más extraño del Negro es su silencio”, confiesa Ricardo Centurión desde la histórica y ya legendaria “Mesa de los Galanes”, en el no menos relevante bar El Cairo, en la ciudad de Rosario. Durante más de tres décadas, Roberto “El Negro” Fontanarrosa concurrió todos los días junto a una runfla de amigos a la misma mesa, donde también se sentaron Caloi, Sabina o Joan Manuel Serrat, entre otros notables.

“Nunca dimensionamos su fama; para nosotros era el Negro, nuestro amigo”, confiesa José Vázquez, quien, junto a Centurión, es de los últimos “galanes” que aún frecuentan la misma mesa del bar que recuerda a su más celebrado cliente con frases de sus personajes más idolatrados colgadas en las paredes, su imagen en los altos ventanales y una estatua en un rincón íntimo cerca de la cocina.

“El Negro veía lo que nadie podía ver”, dice Centurión. Primero: la mentada mesa tenía algunos protocolos. No se hablaba de temas profundos, jamás de política ni de religión. El propio Fontanarrosa lo explica en uno de sus cuentos del libro La Mesa de los Galanes, donde condiciona la temática de las conversaciones: “No se hablan de temas personales o importantes; para eso estaban las otras mesas periféricas, para no alterar la grata vaguedad de la tertulia ni introducir un motivo de tensión o profundidad metafísica en la sabia pelotudez de los discursos cotidianos”.

La mesa está ubicada al lado del mostrador, en el eje central del salón y con una visión panorámica de las calles Santa Fe y Sarmiento, en cuya encrucijada se ubica el bar. Hoy, esa esquina lleva el nombre de Serrat y Fontanarrosa. “El Cairo”, fundado en 1943, siempre fue un bar frecuentado por artistas (está a pocas cuadras de la facultad de Humanidades y Arte), intelectuales “y todo el zurdaje que andaba dando vuelta”, recuerda Centurión. “Nunca pensamos que esta mesa iba a ser una leyenda”, reconoce.

Anécdotas hay miles. Algunas muy recordadas. El fútbol fue y será el tema más importante sobre esta mesa. Pero el grupo de amigos fue más allá: hicieron su propio equipo con la camiseta de El Cairo, participaron de un campeonato y llevaron porristas. “Muchos llegaron al partido ebrios”, recuerda Centurión. El propio Fontanarrosa fue un jugador con relevantes habilidades. ¿Las porristas? “Al segundo partido, no vinieron”.

Cuando el Negro ya era una figura reconocida a nivel nacional, llegó un día Eduardo Galeano a Rosario; una de sus razones era ir a la mesa para encontrarse con Fontanarrosa. “Lo acompañé y lo buscamos juntos en el hotel; yo no podía creer que iba a verlo a Galeano; para el Negro era como ir a buscar a un tipo normal”, afirma Centurión. Ya en la mesa, en una pausa en la que Fontanarrosa va al baño, el escritor uruguayo se confiesa.

“Es un monstruo el Negro, te voy a contar algo: cada vez que yo escribo algo, él ya lo escribió”, sentenció Galeano aquella noche inolvidable en la mesa. Otro invitado de lujo fue Joan Manuel Serrat. También Centurión fue protagonista de otra confesión:

“Serrat me dijo: es de las personas que más admiro en el mundo, su obra es profunda, su sentido de la amistad”, recuerda Centurión. Aquello llamó la atención del cantor catalán. También su perfil está grabado en los ventanales del bar.

Otro español fue partícipe de la Mesa de los Galanes: Joaquín Sabina. Mucho antes de ser uno de los íconos de la música hispanoparlante, el cantautor español tuvo una relación cercana con Rosario y la visitó muchas veces. “Fui músico y cantaba canciones de él que eran totalmente desconocidas acá”, dice Centurión. Muchas de ellas hoy son himnos. Dos historias lo relacionan con la mesa. Nota aquí.










sábado, junio 13, 2026

El Plan de la Mariposa

 

viernes, junio 12, 2026

Casa Labra

 El secreto de Casa Labra: “Queremos morir con lo que tenemos, tajadas y croquetas de bacalao”

La histórica Taberna Casa Labra, fundada en 1860 y célebre por ser el lugar donde nació el PSOE en 1879, sigue hoy en manos de la misma familia desde 1947 y sobrevive a la especulación y modas gastronómicas.

A pocos pasos de la Puerta del Sol, en la calle Tetuán, de apenas 300 metros, resiste Casa Labra. Una taberna que abrió el asturiano Juan Berdasco en 1860 y donde, el 2 de mayo de 1879, un grupo de 25 personas —16 tipógrafos, entre los que se encontraba su líder, Pablo Iglesias; cuatro médicos; un doctor en Ciencias; dos obreros joyeros, un marmolista y un zapatero— fundaron clandestinamente el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Desde entonces, su nombre permanece vinculado a la historia política española. Pero Casa Labra, con su histórica fachada de madera, es mucho más. Ha sobrevivido a cambios urbanísticos, a guerras y a sucesivos cambios de propiedad —en 1869 el propietario era Antonio Labra, quien dio nombre al local; desde comienzos del siglo XX y hasta 1947 estuvo en manos de Martín Pérez Bermejo; y desde entonces lo gestiona la familia Molina—, así como a pandemias, especulación inmobiliaria y tendencias gastronómicas, y mantiene intacta su especialización: el bacalao, que desde hace décadas traen de las islas Feroe (Dinamarca).

En los inicios se vendía en salazón, accesible, duradero como método de conservación y una manera como otra cualquiera para despachar más vino. Fue Pérez Bermejo quien empezó a hacer la tira de bacalao desalado, rebozada y frita, servida caliente y crujiente, conocida como soldadito de Pavía, ya que el color amarillo dorado del rebozado se parecía al uniforme militar. En el local se servía por aquella época, por la vinculación familiar del propietario con Segovia, carnes y asados. De esto último se desprendió Manuel Molina cuando adquirió, a finales de los años cuarenta, la taberna. Sabía lo que funcionaba: regentaba Casa Molina en la zona de Embajadores, frecuentada por obreros y trabajadores de la zona que comían algo rápido y económico. Por eso, a la tajada de bacalao añadió la croqueta y la banderilla de atún en escabeche.

El retrato de la clientela y del consumo era parecido en Sol: trabajadores de los comercios de la zona. “Seguimos manteniendo la misma filosofía que instauró mi bisabuelo y que mantuvo mi abuelo y mi padre, aunque ahora la mayoría de los clientes que tenemos son turistas”, cuenta Manuel Molina, de 44 años, cuarta generación de la familia al frente del negocio, que gestiona ahora junto a su hermano, Álvaro, de 48 años, que tomaron formalmente el testigo cuando el padre, también de nombre Manuel, se jubiló hace cuatro años.

“El negocio como tal, aunque lo gestionemos nosotros, es de mi abuela, Teresa Hernández, que a sus 95 años sigue viniendo dos o tres veces a la semana para ver si todo está en orden y, si ve que algo no funciona, nos lo dice. Es la que manda”, afirma el nieto, que estudió Administración y Dirección de Empresas y marketing. El hermano cursó Ambientales e hizo un MBA. “Mi padre quiso que nos formáramos en otras áreas. Nos ha dado esa libertad, aunque siempre hemos trabajado aquí. Lo que no quiero es que mi hijo —al que llamó Gonzalo para romper con la cadena de Manueles de la familia— se dedique a esto. Es muy sacrificado. Yo veía a mi padre solo los miércoles, cuando libraba”, afirma, mientras se detiene a observar el escenario en el que trabaja a diario.

Pocos elementos decorativos han cambiado en estos años, salvo una pequeña reforma hecha en los años noventa en este edificio catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC): las mismas mesas de mármol, con el desgaste del paso del tiempo; los mismos asientos; los espejos envejecidos; las paredes forradas de madera de roble; la barra de zinc... “Es un sitio icónico y no puede convertirse en un escaparate, que sea algo igual a lo que se pueda encontrar en otras ciudades. Queremos que la gente que visite Madrid se encuentre con algo único”, explica Molina.

Algo tienen claro: “Queremos morir con lo que tenemos, tajadas de bacalao y croquetas”, confiesa. Porque mantenerse y llegar hasta aquí no ha sido fácil. La familia, reconoce Molina, ha tenido que hacer frente a la especulación inmobiliaria. Lo recuerda así: “Estábamos de alquiler y, con el cambio de renta antigua, mi padre negoció con la propiedad la compra del local. La operación se cerró por 2,8 millones de euros, pero la inmobiliaria entró en concurso de acreedores y entró en juego la Sareb —Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria, encargada de absorber los activos inmobiliarios de las entidades financieras en crisis tras el estallido de la burbuja inmobiliaria de 2008—, y un juez echó para atrás el acuerdo de compra. Recurrimos, resistimos y ganamos. Fue un momento muy duro. No quiero ayudas, pero creo que hay negocios que se deberían proteger”. Nota aquí.