Un eslogan imposible
Quizás la forma más justa de animar a la lectura no tenga que pasar por compararla con otra actividad, sino por indagar en su propia naturaleza.
Hay bares y bares. En unos te mueres de risa y en otros te mueres. Hoy estoy en el de la esquina de casa y, en una mesa cercana, un tipo graba en su móvil un mensaje de voz que concluye así: “Créeme, nada tan flipante como leer”.
Por momentos, la frase queda suspendida en el aire cargado del local. Y yo, aunque sólo sea por divertirme —pues entreveo que en mi cabeza podría estar formándose un breve ensayo—, me planteo si la flipante frase no sería un buen eslogan para una campaña de promoción de la lectura. Y al decirme esto, recuerdo el genial cuento Muebles El Canario, que Felisberto Hernández incluyó en 1947 en su libro Nadie encendía las lámparas. En él, un narrador que viaja en tranvía por la ciudad de Montevideo es abordado por un pasajero que, sin previo aviso, le aplica una inyección, le infiltra en las venas “publicidad viva”, y el narrador pasa a escuchar dentro de su cabeza una transmisión radiofónica de la empresa Muebles El Canario. Nota aquí.

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