Fito Páez se sienta al piano de Gershwin en Washington: “Estados Unidos ha reducido la cultura latina al reguetón”
Acompañamos al músico argentino en una visita íntima a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, país que aspira a conquistar con su nuevo disco, una ópera rock titulada ‘Novela’
Fue una tarde “memorable” para Fito Páez. Se arrodilló ante la partitura manuscrita de un concierto para violín de Mozart (“si Dios existe, es él”, dijo); compartió su pasión por el escritor Macedonio Fernández (”sin él, Borges no sería el mismo”); y juntó las manos en un gesto de plegaria al ver tesoros como una primera edición de El juguete rabioso, de Roberto Arlt, una tercera de El paraíso perdido, de Milton, o un mapa de hace un siglo de la República Argentina, en el que buscó Rosario, ciudad en la que el cantautor nació hace 62 años.
Pero lo mejor llegó al rato, cuando Nicholas Brown-Cáceres, de la división de música de la Biblioteca del Congreso de Washington, abrió la puerta de la estancia en la que la institución conserva un piano Steinway que perteneció a George Gershwin, “héroe absoluto” de Páez. Este exclamó “I don’t believe it!” (¡no me lo creo!) y se abalanzó sobre sus teclas para tocar uno de los pasajes más conocidos de Rhapsody in Blue y, a continuación, un fragmento de El vuelo, tema incluido en su nuevo disco.
Páez llevaba toda la semana en Washington para presentar el álbum, Novela, recién publicado, en un par de radios influyentes, y la biblioteca lo agasajó el 11 de abril con un ritual que reservan a los músicos importantes y que consiste en mostrarles una minúscula porción de sus archivos, unos 180 millones de ítems en total. La idea es extraer joyas que tengan que ver con el visitante, y con Páez, hicieron bien los deberes. Con el edificio ya cerrado al público, aguardaban sobre una gran mesa objetos que maravillaron al cantante, que estaba de contagioso buen humor: de unas partituras de Astor Piazzolla y Leonard Bernstein a una estampa de la Tauromaquia de Goya y hasta un ejemplar de Raíces y recuerdos, las memorias de Abrasha Rotenberg, su exsuegro, padre de su pareja de los noventa, Cecilia Roth (y de Ariel Rot).“Tengo que escribir a Cecilia para contárselo; no lo va a creer”, dijo después Páez.
De Gershwin hay una exposición permanente en la planta baja, donde, además del piano y de otros recuerdos de la vida trágicamente corta del genio, que murió a los 38 años y aún tuvo tiempo, con y sin su hermano Ira, letrista, de dejar una huella indeleble de la música estadounidense: escribir decenas de canciones memorables, óperas (Porgy & Bess), musicales (Un americano en París) y Rhapsody in Blue. “Y todo eso en este sencillo escritorio”, exclamó Páez señalando un mueble estilo decó que perteneció al autor de I Got Rhythm y del que se despidió estampándole un beso. “No necesitaba más”, añadió el músico argentino. “Nada que ver con lo de ahora. Tanto [programa informático de producción] pro-tools, tantas consolas, tan 400 personas para escribir una letra que tiene 18 palabras y 21 autores. [Gershwin] Fue uno de los genios más grandes de la historia de la música. A ver si me llevo algo”. Nota aquí.





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