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He ido hoy a decir adiós a Sol Gallego. Fue mi jefa y siempre me trató con cariño. Yo siempre la traté con respeto, cariño y admiración.
Siempre estuvo cerca, amigable, humana. Recuerdo que en uno de los viajes a Argentina, acompañando a mi hijo Ismael, y siendo ella corresponsal de El País, apareció Sol, con su luminosa sonrisa, en el local de Buenos Aires donde estábamos, para acompañarnos y darnos un abrazo. Siempre tuvo conmigo detalles como éste.
Dicen que Sol era dura. Nunca lo fue conmigo. Me llamaba, a veces, con un diminutivo cariñoso (siendo yo mayor que ella), igual que hacía Belén Cebrián, otra persona muy querida y también ya desaparecida.
Contaré brevemente una anécdota. Una noche que estaba Sol al cierre (creo que era un sábado o domingo) me llamó y me dijo que tenía que marcharse y que yo, redactor raso, me ocupara de la responsabilidad del cierre. Con exquisito cuidado lo hice. Ya, finalizando, se me acerco alguien de talleres para decirme que todo estaba en orden y que diera la orden.
Me quedé patidifuso. Y entonces recordé y dije eso de: “Que arranquen las máquinas”, con la sonrisa cómplice del compañero de talleres. Sol me elevó a la categoría máxima en periodismo.
Dije hace poco que me gustaria que me juzgaran por la calidad de mis amigos. Hoy , con la muerte de Sol y el recuerdo de tantos compañeros desaparecidos, vuelvo a repetirlo.
Un beso, Sol, estés donde estés.

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