El último fin de semana de Óscar González en "Casa Oscarín", que cierra por "cansancio", pero promete volver: "Algo voy a hacer"
El hostelero baja la persiana tras 18 años regentando el negocio de la calle Sebastián Miranda motivado por un momento vital "complicado" y "la pérdida de esencia de Cimavilla"
Con el cierre de "Casa Oscarín" se va el último reducto del Cimavilla de toda la vida. Así por lo menos lo cree el propio Óscar González, Oscarín, dueño del negocio que durante los últimos 18 años ha animado la calle Sebastián Miranda. "Una cajina de cerilles" que una ilustre del Barrio Alto como Violeta Gómez, "La Monrolla", definió en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA; con unas pocas mesas para comidas y una barra impracticable entre las vitrinas donde descansaban las monumentales tortillas y los escanciadores de sidra que se agolpaban cada día de martes a domingo. Un paraíso terrenal para los gijoneses que buscaban algo diferente, entre los locales de moda y negocios traídos de fuera, pero que a la vez querían regresar al Gijón de siempre. Llegó hace casi dos décadas bajo el nombre de "La Mar de Vinos" y se va como "Casa Oscarín" por todo lo alto.
"El cansancio y el agotamiento" han terminado con Oscarín. "Me dio mucha pena, creo que tengo una clientela maravillosa que hoy me lo demostró", explicaba el hostelero en su antepenúltimo servicio. Entre los clientes ya había corrido la noticia del cierre y este viernes, a primera hora de la tarde, el local ya gozaba de un ambiente envidiable. "Es una pasada, no sabía el cariño que me tienen. Llevo dos días que de mis ojos solo salen lágrimas y cada vez que lo pienso me emociono mogollón", reconoce. Más de 40 años de hostelería que terminan en un momento “complicado” y por una decisión que le costó tomar. "Es triste, pero se acabó", resume.
En la memoria de muchos quedarán las jornadas de vermú, las comidas en los bancos de afuera a base de tostas y tortillas aliñadas con exquisito aceite o los festines de la fabada o el pitu guisado de los domingos. El postre lo servía Oscarín que, si tenía el día, convidaba sin temor a sus licores caseros antes de tener que pagar siempre en efectivo y con precios relativos. El que Oscarín quería si eras de los conocidos, que para algo era el que mandaba. "Estoy muy agradecido a la gente aunque hubo momentos en los que también se pasó mal. No se llega a saber lo que te quieren, pero cuando pasan cosas así, es cuando se nota", reitera en su agradecimiento.
Pese a su carácter peculiar, el cariño de los clientes siempre lo tuvo. "Es mi gente, llevo muchos años sobreviviendo y ellos son los que crearon el bar. Este, el 'Gigia', 'El Busgosu'... todos ellos los crearon la gente. Que yo pude incitarlos a hacer que sean guays y tenerlos contentos, fue mi culpa, por supuesto. Igual que también para otros soy un déspota, un gilipollas... pero hay mucho cariño", explica, mostrando esa personalidad dual y a la vez auténtica. En el pasado ya quedan décadas tras la barra en su memoria. Este cierre, innegablemente, le lleva a pensar en sus anteriores negocios y también en un Cimavilla que, con resignación, asume que ha desaparecido. "Llevo aquí desde el 88. Viviendo en la plaza de la Corrada, teniendo la "Gigia", que eso fue maravilloso y luego pase para aquí. Pero se va perdiendo toda la esencia, esto es un pueblo turístico. Me acuerdo cuando todo el mundo se llamaba por los motes. Yo soy Casaronse, mis primos son los Balancho, la Monrolla... eso ya no existe y es la verdadera pena", lamenta el hostelero que reconoce que la situación del barrio "pasa factura". "Son todo pisos turísticos, es una mierda", concreta. Nota aquí.

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