lunes, marzo 24, 2025

Joaquín Sabina

"Me retiro en el momento justo, creo que dejo una colección de 25 canciones que me van a sobrevivir y no me veo obligado a dar más en público"

Viajamos a Nueva York para tomarnos la última copla con Sabina en la noche de su adiós al mítico Madison Square Garden. Tras medio siglo de escenarios, el Flaco cuelga el bombín de las grandes giras, pero nos ha contado que quizás no todo está perdido...

Esta historia empieza con un correo electrónico:

“Joaquín Sabina se retira de la música y ayer saqué boletos para su despedida del Madison Square Garden. Su última visita a Nueva York podría ser una linda historia fotográfica y un bonito homenaje a su carrera. Sería un honor para mí registrar ese adiós en la versión española de Esquire”.

Lo firmaba César Balcázar, fotógrafo colombiano afincado en Brooklyn, y le recogimos el guante. Varios meses, muchas llamadas e incontables correos después, el andaluz se enciende un Ducados frente a su objetivo en mitad de Columbus Circle mientras, bendita paradoja sabinera, se cierra el cuello de la chaqueta para cuidarse la garganta del viento helado que llega de Central Park. Genio y figura.

Ha aterrizado en la ciudad de los rascacielos hace apenas una hora y en dos días le espera el Madison con todo el papel vendido. Sabina anda recorriendo el mundo con una gira de tres meses que le despedirá para siempre de sus seguidores del otro lado del charco, que son legión, antes de volver a España en mayo para seguir hasta noviembre y poner en Madrid, dónde si no, el punto final de los finales a 50 años de escenarios. De momento ya se ha calentado el corazón con siete llenos memorables en México, dos en Los Ángeles, uno en Chicago y otros dos en Miami. Como colofón a esta gira ultramarina le esperan diez noches en el Movistar Arena de su querido Buenos Aires, y las entradas duraron lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Todo sold out a los pocos días. Pero volvamos a Nueva York.

Es curioso que a un tipo de Úbeda de 76 años Manhattan le siente como un traje a medida. Será porque a esta ciudad le sobran los ingredientes que han nutrido al personaje que entre todos hemos creado y que él mismo ha alimentado durante gran parte de su carrera: bares, callejones, neones, lumpen y madrugadas. Sabina siempre ha sido mucho más que eso, lo que sucede es que de un tiempo a esta parte cada vez mira más de lejos a su caricatura. Porque hace ya rato que está en el camino inverso del viaje, y es ahora la persona la que se está comiendo al personaje. En Nueva York nos hemos encontrado a un artista sensible y cariñoso, que se emociona hablando de “la Jime [Jimena]”, su mujer, y de los amigos que ya no están. Que fantasea con comprar teatros y no con llenar estadios y al que no le cuesta reconocer que encuentra la felicidad cuando cuelga el bombín en el perchero y se calza las zapatillas de estar por casa.

De todo esto hablamos en su impresionante suite del hotel Mandarin Oriental, sentados frente a una cristalera que parece un cuadro de la ciudad que nunca duerme. Joaquín se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y coloca el paquete de tabaco sobre la mesa: “Pues con esto y un whisquito, empezamos. ¿Podrías conseguirme un Johnnie Walker Red Label con hielo, Jime, por favor?”.

¿Sigues mangando ceniceros de los hoteles?

Sí, pero este que ves, no. Porque en los hoteles ya casi no hay ceniceros; entonces, llevo el mío, que es de un plástico asqueroso. Pero tengo una colección de esos de cristal azul, preciosa [mira por la ventana]. Vaya vistas.

Es una ciudad increíble. ¿Recuerdas la primera vez que la pisaste?

Sí, estaba en Argentina con una novia que tenía, me apeteció venir a conocer Nueva York y la convencí. Estuvimos cuatro o cinco días y la sensación fue como estar en las películas en las que Woody Allen iba de Brooklyn a Manhattan. Todo me producía un deslumbramiento tremendo. Y además con novia. Bueno, con amante, que es mejor que novia.

Tu primer concierto en Nueva York fue con 62 años, no hace tanto. ¿Estaba en tus planes?

No estaba en mi hoja de ruta, ni siquiera en mi imaginación más loca. Fue el primer descubrimiento de que mi lengua, que es mi patria, porque mi patria a estas alturas no es un sitio geográfico, es mi lengua, tenía una pujanza tan importante en EEUU. Y en aquel momento descubrí también que mis canciones habían viajado antes que yo, y que aquí tenía un público apasionado capaz de llenar un concierto. Las otras veces que han venido después han sido una repetición, quiero decir que no han sido tan emocionantes como la primera. Cuando hablo de esto me vuelvo a acordar de Woody Allen en Días de radio. Yo fui un niño y un adolescente de imaginaciones modestas.

¿Qué le dirías ahora a ese chaval que iba para profesor de Literatura? ¿Cómo le explicarías lo que tiene por delante?

Es que ese joven hace muchos años que no soy yo; entonces, no tengo una relación con él de amistad. Solo me acuerdo de cómo era cuando me preguntan. Pero yo no tuve sueños locos, jamás pensé que a través de mis canciones iba a viajar a Latinoamérica y mucho menos a Nueva York, pero sucedió y ha sido una sorpresa maravillosa de la que todavía no me acabo de reponer. Salgo muy conmovido de los conciertos, como de los dos últimos en Miami, donde cantan las canciones exactamente igual que en Madrid; si no mejor, porque son más apasionados.

¿Podrías haber vivido en una ciudad como Nueva York?

Me habría gustado. ¡Nueva York es Babilonia! Es la ciudad, es la capital del mundo. Y luego tiene una oferta cultural, musical… En la gira anterior a esta también canté en el Madison y mi héroe de aquellos años, Bob Dylan, estaba tocando en el Bacon, a dos manzanas… ¡y con mucho menos público! Eso es una venganza poética fantástica, ¿no?

¿No le harás otro desquite cantando tú también para el papa?

No, tan bajo no voy a caer. Ni haré discos religiosos como hizo él.

Decías que tu patria es tu lengua, para alguien que ama el español de la manera en la que tú lo amas, ¿qué supone cantar en castellano en la capital del mundo?

No lo vivo como una victoria mía: es una victoria de mi idioma, de ese idioma que amo, y eso es lo que más me calienta el corazón siempre que vengo. El otro día tocamos por primera vez en Chicago, con 22 grados bajo cero, todo nevado, y el público llenó y se sabía las canciones. Me pareció un milagro el modo en el que las canciones viajan y se meten directamente en la memoria emocional de la gente, de las parejas… Es algo que excede a decir “las he escrito yo”; lo tiene el género en sí mismo.

Sí, y eso no pasa por ejemplo con la literatura. Un libro te puede conmover, pero quien lo ha escrito no tiene delante a quien lo lee.

La música sí genera esa intimidad con el público. Además, el de los libros, y yo soy público de los libros, es mucho más elitista. Se leen muchos menos libros que canciones se escuchan. Es verdad que los 20 poemas de amor de Neruda pertenecen a varias generaciones que han enamorado a sus novias con ellos, pero la fuerza de las canciones es mayor como vehículo transportador. Mucho mayor. Nota aquí.









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