Cecilia, equilibrista de la tercera vía
Entre el modelo cantautoril y el pop comercial, una rara artista que supo evolucionar en el franquismo crepuscular.
Hay libros cuyo contenido supera lo enunciado en su título. La reedición ampliada de Equilibrista. La vida de Cecilia (Efe Eme) pone al día lo sugerido en su primera aparición, a través de la librería Ocho y Medio. Y nos recuerda de pasada el telón de fondo: el polarizado ambiente musical en la España de los primeros setenta, radicalizada entre los practicantes del rock —una tropa tan enfurruñada que tendía a hacer música instrumental o cantada en inglés— y el mainstream del pop nacional, dominado por los melódicos y las canciones-del-verano.
Extranjera hasta cierto punto, Cecilia no detectó lo inusual de su proyecto musical. Fruto de una educación cosmopolita, con un padre diplomático, se presentó en Madrid haciendo un folk internacional, aunque ciertamente fue encaminada por Julio Seijas y Nacho Sainz de Tejada, sus cómplices en el trío Expresión, y brevemente apadrinada por el zamorano Joaquín Díaz. Ella encarnaba una tercera vía, canciones muy personales pero con envolturas digeribles. Seguramente sin saberlo, conectaba con las propuestas de un Joan Baptista Humet o de Cánovas, Adolfo, Rodrigo y Guzmán. Evitó el malditismo de aquel supergrupo gracias a la tutela de Tomás Muñoz, capo de Discos CBS, la compañía más aggiornada del momento. Muñoz era un exquisito, pero no se fíen: hacía lo que fuera por vender, aceptando que Cecilia representara a TVE en un festival de la OTI, papelón que —lo cuenta el libro— ella representó con buen humor.
Y es que ella se debía desenvolver en un medio profesional muy conservador, trabajando incluso con Juan Carlos Calderón, potente compositor pero poco empático con los artistas. Recuerden, Calderón se retrataba como pianista de jazz pero fue degenerando hasta la categoría de músico de salón de hotel para acompañar a la vocalista Myriam Domínguez. Uno sospecha que Cecilia sabía mantener el tipo, incluso en el seno de una discográfica despótica que, sí, torció el morro cuando anunció su propósito de musicar a Ramón María del Valle-Inclán.
No era entonces fácil para una cantante-compositora pilotar su nave. Ni aquí ni fuera: muchas de sus referencias femeninas, como Janis Ian o Melanie, terminaron agostadas, aunque su querida Joni Mitchell sí mantuvo su estándar de investigación. La única competencia que tenía en España era Mari Trini, en una onda más francesa, o las guadianescas Vainica Doble. Alternaba Cecilia entre lo cursi —la historia de Un ramito de violetas hubiera encajado en los folletines de Corín Tellado— y las declaraciones rompedoras, como la crudísima Nada de nada. Con su buena educación, supo sortear las mordeduras de la censura: pudo colar Un millón de sueños como, ejem, su visión de la guerra civil en el Líbano. Al menos, eso explicó en su comparecencia ante el Tribunal de Orden Público. Lo de definirse como “equilibrista” demostraba su poder de previsión. Nota aquí.

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