“Los poetas debemos combatir el fascismo”
“La desesperación no lleva a ningún sitio. Es una cueva sin salida. Por eso mi interés en que siempre haya en mi poesía una ruta de escape, un camino hacia la felicidad”. Poesía social, poesía política, poesía de la vida y del amor, de la niñez, la juventud y el envejecimiento, de la soledad de los hospitales… Poesía que busca la belleza y también el compromiso. “Me acerco a los 80 años, y ante ese final de las cosas, nos queda, o pretendo que me quede, la sensación de eternidad, esa eternidad de la belleza, de la persecución de la belleza”. Y del compromiso hasta el final. “El poeta no puede huir de la realidad. Su obligación es hacer ver con sus palabras las miserias de un mundo injusto, de un dios cruel en cuyo nombre se ampara el dolor del hombre, la injusticia y la desigualdad”. Hablamos con el periodista y escritor Rodolfo Serrano de su nuevo libro de poemas que acompañan las inspiradoras fotografías de Raúl Cancio: ‘La mirada y el verbo’ (editorial Kasban).
Rodolfo, quien conoce su poesía sabe que tiene siempre un ansia de ternura explícita y jugosa. Unas ganas de arreglar la cara oscura de la inercia que deslumbra, pese a la sencilla matriz de su poesía. Su nuevo libro, ‘La mirada del verbo’, no es una excepción, y, sin embargo, hay una rareza muy valiosa en él. Su mirada es más densa, menos sistemática y mucho más política, sin incidir como en otras ocasiones en versos que la nombran. ¿A qué obedece este cambio, a la necesidad de ceñirse a las imágenes de Raúl Cancio o al hartazgo que va produciendo ese olor añejo de la política patria y mundial?
Lo cierto es que las imágenes de Raúl están cargadas de esa poesía que yo persigo en mis versos, lo cotidiano, el transcurrir de los días, la belleza de lo que nos encontramos en la calle, sin buscarlo casi. Y esas imágenes han influido, sin duda, en el verso. Pero no hay un hartazgo de la política. Para mí la política está en el hombre y su obra. Y todo es política. La poesía también. Lo que ocurre es que, en el caso de este libro, la política adquiere otra dimensión, otras formas. Hablar de las mujeres solas o de la soledad de un mimo es una forma de política, incluso el verso amoroso puede ser una forma de política.
Una vez más, usted se desvincula de metáforas sofisticadas. No juega al suspense que esa elección supondría. Apuesta como siempre por el verso útil y transparente. Reinventa las imágenes de su compañero de viaje y las alza en sus manos hasta buscarles un hogar imposible de abandonar. La primera y excepcional fotografía del libro, esa mujer sentada sobre una piedra de granito, es un símbolo de resistencia, y el primer poema es ya una declaración de intenciones. La resiliencia es sin duda el leitmotiv de todo el poemario. Es su hermoso libro un canto contagioso, una forma de pluralizar aquello que mueve a la sociedad, pero también al hombre. ¿Supo desde el inicio que esa dualidad tan comprometedora sería la columna vertebral del libro?
Claro. A esa resiliencia me refiero cuando hablo de la política en mi poesía. ¿Hay algo más político que ese afán de recuperación, de resistir, de enfrentarse a la vida? Procuro, además, que haya en mis versos una denuncia social. Y esa mujer a la que usted se refiere es, precisamente, un ejemplo de mi intención. Un ejemplo de resiliencia, efectivamente. Es verdad que no soy un poeta de metáforas deslumbrantes. Quiero pensar que la mejor metáfora es la expresión natural de la realidad. Y en eso ando. Las fotografías de Raúl son también un ejemplo de resistencia ante la vida: esas calles húmedas de lluvia, esas mujeres en su soledad, las nubes altas, el silencio que se adivina en una ciudad extraña.
“He ganado la vida. Y he vencido / al miedo y al desastre, a los dolores, / a la desolación de madrugadas / en fríos hospitales. He burlado / a los amores perros y a su ruina”. Versos como estos ponen de manifiesto que es usted un poeta que quema todas las salidas en cada poema. Sus metáforas son animales quietos que lo apuestan todo a cada instante. ¿Nunca le agota esa sensación de finitud? ¿Cómo consigue que ese peso específico se revierta en el latido infinito que acaban siendo todos y cada uno de sus poemas?
Le decía antes que las metáforas, para mí, son la expresión de la realidad. Y la realidad no siempre es hermosa. Hay fríos hospitales, madrugadas de desolación y amores perros. Es la vida. Inevitable vida que, a pesar de todo, tiene momentos maravillosos. Y sí. Una vida que se nos va escapando entre los dedos. Ante ese final de las cosas, nos queda, o pretendo que me quede, la sensación de eternidad, esa eternidad de la belleza, de la persecución de la belleza.
Sus versos impactan porque conoce el mundo y la tragedia de lo cotidiano. La imposición de lo inevitable, y, aun así, guarda lo mejor de sí mismo y sus mejores intenciones para evitar venganzas, para alejar de la desesperación a todos y cada uno de sus versos. ¿Cómo consigue nombrar lo incómodo sin que resulte incómodo y aleccionador? ¿Cómo huye de la perversidad de algunas verdades? ¿Es el diálogo interno de un hombre tan consciente de la verdad quien obra el milagro?
No lo sé. De verdad que no lo sé. Procuro mantener abierta la esperanza. Esa es una forma de resistencia ante el dolor propio y ajeno. Y si la verdad es que todo terminará, que el sufrimiento envuelve al hombre, al ser humano, yo intento buscar el ángulo más amable, intento acomodar mi paso al otro para buscar, juntos, refugios contra el miedo y el desastre. La desesperación no lleva a ningún sitio. Es una cueva sin salida. Por eso mi interés en que siempre haya en mi poesía una ruta de escape, un camino hacia la felicidad.
“Ahora que solo tengo mi tristeza, / este dolor antiguo del pasado, / ahora, cuando el mundo me hace daño, / siento por fin, que todo lo he perdido, / pero he ganado la vida y tu recuerdo / para dormir en paz hasta la noche”. Versos así ponen de manifiesto que usted sabe perder las batallas como pocos poetas saben hacerlo. Y, sin embargo, siempre hay una sensación de júbilo en el lector, un latido de agradecimiento porque sus reflexiones son un beso sobre las heridas personales. Usted se relaciona con el lector como si hablase con usted mismo. ¿De qué lugar mana esa naturalidad tan inverosímil teniendo en cuenta el lugar profundo y doliente del que nacen sus versos?
Las batallas perdidas, a veces, son la mejor victoria. En esos versos que cita usted está, en buena medida, mi filosofía poética. Cuando siento que todo lo he perdido, he ganado la vida. No quiero renunciar a ese último refugio que es la propia vida. Mire usted, yo voy camino de los 80 años. Y a esta edad la vida, lo mejor de la vida son las cosas pequeñas, el deslumbramiento de una noche de verano en el pueblo, el olor del jazmín en el patio, el cárabo en la iglesia. Ese dolor que usted cita, es ya, a estos años, un compañero amable de un viaje que está acabando. Y se lo cuento al lector en la idea de que esas experiencias de vida le sirvan para enfrentar su propio camino.Nota aquí.


0 comentarios:
Publicar un comentario