martes, mayo 05, 2026

Peridis & El Roto

 Peridis y El Roto, la voluntad de pintar lo que ocurre

Los viñetistas de EL PAÍS son parte fundamental de la relación del humor con la vida española de los últimos 50 años: “Nuestra profesión consiste en denunciar de manera sintética y que ayude a comprender mejor las cosas”

José María Pérez González (Frama, Cabezón de Liébana, 84 años), arquitecto, dibujante, humorista y, sobre todo, Peridis, junto a Andrés Rábago (Madrid, 79 años), historietista, humorista gráfico, de seudónimo El Roto, son parte fundamental de la relación del humor con la vida española de los últimos 50 años.

Peridis se unió a EL PAÍS cuando este diario nació, el 4 de mayo de 1976. Nunca ha dejado de pintar aquí lo que le dice su pasión por interrogar cada día —con sus dibujos— lo que ocurre en el mundo que ve. El Roto, que también se ha llamado Ops, se incorporó más tarde, en los noventa, y ocupó el lugar de otras leyendas: la de Máximo, la de Forges, a los que la historia les debe el agudo (y melancólico) modo de ver que ofrecen siempre los que dibujan desde el alma de contar. Ops y El Roto son secuencias de esa manera de contar lo que ocurre en un mundo roto, cada vez más roto.

Esta entrevista a los dos, a Peridis y al Roto, se hizo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ambos participan este próximo fin de semana en sendos actos del Festival de EL PAÍS que celebra el 50 aniversario del diario.

Pregunta. ¿Cómo surgió, Peridis, su modo de contar?

Peridis. Hacía caricaturas desde niño. Nunca dejé de hacerlas, incluso después de ser ya arquitecto. Mi primo, que trabajaba en los sindicatos verticales y era de Falange, me dijo: “Mientras viva Franco no va a haber caricaturas. Y Franco no piensa morirse”. Tomé nota. Cuando era arquitecto lo intenté en Informaciones, donde estaba [el viñetista] Forges. Un día vi una noticia: iba a nacer EL PAÍS, un diario progresista en el que iban a estar Polanco, Ortega, Fraga… Y me dije: “Será mi periódico”. Tenía que estar en forma para hacer caricatura política, lo que quería hacer. Algunos caricaturistas de Estados Unidos me inspiraron, como Schulz, el autor de Snoopy, además de Quino, que hacía Mafalda. Quería convertir a los políticos en personajes de historieta.

P. El Roto, ¿cómo empezaron sus dibujos?

El Roto. Desde muy pequeño también. Un tío mío me regaló un libro de Saddan, un dibujante en blanco y negro de aquella época. Lo leía a menudo, y empecé a dibujar a los 8 o 9 años. Mi vocación inicial era la pintura, el dibujo llegó cuando me di cuenta de que tenía que ganar dinero. Comencé a publicar en Triunfo y seguí en Hermano Lobo, que salió de la misma revista. La carrera vino de ahí.

P. ¿De dónde viene el nombre Peridis?

Peridis. Mi apellido es Pérez, y así me llamaban en la mili, hasta que en la Escuela de Arquitectura me llamaron Pericles, por los griegos, y aquello derivó hasta Peridis. Suena bien el seudónimo. Me influyó mucho Cronos, el gran caricaturista de Marca. Era genial: pintaba una línea, unos alambres, un golpe de mano que agarraba el alma del caricaturizado. Alma y cuerpo.

P. Desde hace años es El Roto, ha sido otros, pero este nombre es el que le acompaña en EL PAÍS...

El Roto. Creo que en realidad son dos, Ops y Roto. Hay una especie de subpersonalidades ahí, pero no tiene importancia… Y Rábago, mi apellido, es para la pintura. Surgió en una época en que todo eran siglas, pero al principio eran letras que se juntaban, sin otra significación. El Roto surge de los rotos de Chile, personajes callejeros y degradados que habrían sufrido mucho.

P. Peridis, 50 años en EL PAÍS, y todos los días.

Peridis. Desde el primer día. Era el deseo de llegar al periódico, de estar al corriente, de tener una influencia en la sociedad. Estar en EL PAÍS desde la salida fue una lotería para mí, un acontecimiento vital, porque me ofrecía una tribuna y un ámbito de desarrollo extraordinario. Fue un regalo de la vida.

P. El Roto no es solo un nombre, es también los sentimientos que cuenta…

El Roto. Creo que eso ya es un territorio psicológico demasiado complejo para mí. Me limito a poner un seudónimo a lo que hago y que todo ello tenga coherencia formal y de contenido. Eso simplemente es algo como una marca, pero no tiene mayor contenido. Nota aquí.



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