martes, enero 06, 2026

Fernando Samalea

 “Podemos seguir matando al rock un rato más”

El baterista y bandoneonista va por su quinto libro, en el que repasa anécdotas vividas junto a Charly García, Bandalos Chinos y otros de los músicos con los que ha compartido aventuras.

“¡No hay nada más egocéntrico que escribir un libro!”, exclama mientras ríe Fernando Samalea. La pregunta de Página/12 circulaba en torno a los por qué y para qué de Viviendo el futuro, el quinto, que acaba de publicar desde que le dio por ahí cuando el debut en el rubro mediante Qué es un long play, en 2015. Y siguió vía Mientras otros duermen (2017), Nunca es demasiado (2019) y Memorias en cámara rápida (2021). Esta vez, como en los primeros tres, su propósito ha transitado por contar en primera persona sobre giras, sesiones clandestinas, escenarios, vivencias, hoteles y camarines. Secuencias y espacios, pues, propios del rock que ama y curte desde el segundo lustro de la década del ‘70. Oficialmente, desde que su batería empezó a sonar como parte fundacional de Clap, en 1984. Y no paró más. “Aunque lo diga casi en chiste, es difícil escapar de la propia identidad, ¿no? Ahí estará el motivo del libro”, retoma “Sama” acerca del chiste inicial. “Además, sabiéndome ligado a tantas movidas musicales, entendí que no vendría mal dejar esos testimonios. Al menos como agradecimiento, por ser yo mismo público y partícipe de infinidad de aventuras”.

Vaya que la pluma del también bandoneonista, arreglador y compositor tiene para contar. Su estadía en Clap fue apenas el comienzo de un zarandeado periplo que no solo replicó en bandas de aquella era (Fricción y Metrópoli, centralmente), sino también en reencarnaciones y relecturas dinámicas de viejos compañeros de ruta. Porque el tipo fue parte también de Electric Gauchos (Fernando Kabusacki), el Sexteto Irreal (Christian Basso), La Portuaria (Diego Frenkel) y la Orquesta Hypnofón de Alejandro Terán, además de haber girado y grabado con Charly García, Gustavo Cerati, Calle 13 e Hilda Lizarazu, entre muchísimos otros. “Se me hace sanador revivir esos momentos. Pienso en la Buenos Aires de los ‘80, en Europa, Manhattan, el Caribe, Río de Janeiro, Montmartre, la Kasbah de Tánger, cordilleras o selvas que tuve oportunidad de recorrer, y todo esto quedó un menjunje entre vida real y onírica, medio como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, salvando distancias”, sostiene el batero. En el libro, entre una amplísima variedad de secuencias, habla de sus andanzas en Seattle y Nueva York; de ser una vieja loca rodando por las calles; de “grabar sin tocarse”, durante la pandemia; de actuar en barcos del río Sena, y de tocar con pibardos y pibardas . “Al estar involucrados tantos iconos populares en esto, puedo animarme a pensar en mitología griega, en los artistas de antaño tipo Midnight in Paris, en los beatniks del bebop, o en el post punk de Blondie y Talking Heads. ¡A fantasioso no me van a ganar!”, ríe él otra vez.

Más allá de tener pasajes vividos junto a Charly como centro neurálgico de la narración, Samalea elige destacar como eje de tal lo nutriente que ha implicado para él “aprender de los jóvenes” sobre las nuevas tecnologías, modas, estéticas y formas de hablar: “Intenté recrear conversaciones o detalles al milímetro, de manera cinematográfica, sabiendo que toda vez que alguien las lea, ahora o dentro de muchísimo tiempo, volverá a suceder en su cabeza como una obra de teatro perpetua. ¡Es un flash!”

-¿Por eso el nombre? ¿O a qué alude, en todo caso?

-A una humorada en las conversaciones telefónicas con mi amigo y prologuista Sandro Romero Rey, el literato colombiano, acerca de que ya estamos viviendo lo que imaginábamos lejano a los veintitantos. El futuro llegó y habrá que disfrutarlo.

-Hay un dato relevante que recorre y enaltece las casi 600 páginas que pueblan tu ensayo: la memoria. ¿Cómo hacés para recordar tanto?

-La memoria es mecánica. Incluso Krishnamurti o (el filósofo armenio) Gurdjieff hablaban sobre cómo nos bajan las “placas de pensamiento”. En mi caso, ayudó volver a los lugares citados, escuchar cada disco, ver videos de giras, fotografías, etcétera. Ahora, ¿por qué recuerdo tanto? Que alguien venga a decírmelo, pues. No quiero ser el Funes del cuento de Borges.

-La memoria, empero, es inocua sin la contemplación. ¿Cómo observás vos para recordar así, tan nítido?

-Sin ánimo de hacerme el místico, tal vez haya algo del “yo nací para mirar” de la canción de Seru Giran. Me llevo bien con la observación, direccionando las antenas hacia todo lo que aparezca dentro de un radio, eso sí, razonable. Nota aquí.



0 comentarios: