sábado, enero 31, 2026

Luis Miguel Malo Macaya

 HABITACIÓN

No hay margen. Horas muertas.
Pesan zumbidos largos
de una mosca. No hay margen.
Se cierran las esquinas.
Se acercan las aristas
que señalan diedros
asfixiantes, a punto
de morder sentimientos.
Reloj. Miedo. Cansancio.
Techo. Paredes. Suelo.
La turbia soledad
sangra en los decorados
herméticos. Las luces
han de luchar por serlo.
¿Quién recluyó al poema
en sí mismo? Un silencio
ha ocupado el ambiente.
Cada palabra escrita
no se consigue al verso
capaz. El sueño agranda
su pesadumbre; el sueño
no se concilia hasta
llegar en verso a tiempo
donde dormir un nombre
hasta su fin. Ya términos
de sombra determinan
cada vez más el ciego
ir a tientas por páginas
de un libro en blanco. Negros
ojos cerrados, ojos
vacíos, más adentro
de sí mismos no pueden
leerse en quién se vieron.
No publicados nunca.
Jamás escritos. Tercos
latidos más despacio,
más tenues y más lejos
se aferran a relojes
agotados. Un peso
oprime desde todo
lo vivo. ¿Quién ha muerto
en vida? ¿qué resulta
en tumba? ¿cuánto pecho
no cabe a más...? ¡Silencio
total ya dice...! No hay
margen... Confinamientos
Informan que estoy solo;
he visto que estoy dentro
de mí y cavo mi propia
fosa. El poema lo acepto
resignado: no hay margen.
(Lo escribo sin saberlo)
Lo sufro en tanto llega
a su final. Lo dejo
así, sin más salida
que escribirlo. No hay término
en él sino en mi propio
confin: no alcanza lejos
de nada a pronuciarse,
de nadie en quien saberlo
leer ¡a buenas horas!
No hay margen para ello:
la mosca zumba y cifra
su fin en mi desvelo.



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