La gloria entre los cocoteros
La obra de Gauguin se compone de unos trescientos cuadros, y es sin duda hoy el pintor más cotizado de la historia del arte.
Con solo 25 años Paul Gauguin representaba la imagen de un joven burgués que había alcanzado prematuramente el éxito en las finanzas. Trabajaba de liquidador en el banco Bertin y cada tarde al abandonar el despacho volvía a su casa con jardín en la calle Cancel y le daba un beso a su mujer, Mette-Sophie Gad, una danesa protestante, dura de carácter. Usaba ropa cara, pantalones de tubo, botines de charol bien cepillados y fumaba cigarrillos egipcios con boquilla dorada. En el banco le permitían especular en Bolsa, lo que le proporcionaba una fortuna añadida con la que se daba el gusto de comprar cuadros que pintaban unos artistas que habían sido rechazados por el salón de la Exposición Universal de 1867 y eran menospreciados por la crítica. Se trataba de pintores como Renoir, Monet y Cézanne.
En pleno éxito social, Gauguin fue atacado por un extraño virus que le impulsó a ponerse a pintar por su cuenta como un aficionado. Su mujer creía que se trataba de un capricho pasajero, pero comenzó a quejarse de que se quedara en casa los domingos, metido en un guardapolvo, embadurnando lienzos, en vez de llevarla a pasear por el Bois de Boulogne en coche de caballos.
El asunto se agravó cuando su mujer, muy mojigata, descubrió que su marido estaba pintando un desnudo y que ese desnudo era el de la criada Justine. El altercado familiar fue a peor cuando supo que uno de esos desnudos había sido admitido en el Salón de los Independientes y que había merecido una crítica muy favorable del poeta Mallarmé. El escándalo público que se armó era una sensación que, como burgués, nunca había imaginado, pero en aquellos tiempos en París siempre precedía a la gloria. Una mañana este joven banquero llamado Paul Gauguin no se levantó de la cama. No es que se sintiera enfermo, sino que había sido tocado por un mal incurable de carácter sagrado. Había decidido ser artista y dejar las finanzas; pidió la dimisión al director del banco y a continuación se invistió a sí mismo de bohemio, cuyo primer trabajo fue abandonar a su mujer y a sus cinco hijos. Ella, despechada, se fue a vivir con la familia a Copenhague y dejó a su marido solo y sin dinero en París.
Alguien le habló de que en Pont-Aven la dueña de una pensión ofrecía cama y comida a una cuadrilla de pintores a cambio de obra. Allí Gauguin pintó vacas, paisajes verdes y bretonas desnudas sin lograr vender un cuadro. Atraído por la admiración que sentía por Van Gogh, viajó hasta Arlés para conocerlo en persona. Eran dos locos que pronto entraron en colisión. Al final de las disputas estéticas siempre llegaban a las manos, hasta el punto de que en una ocasión a Van Gogh le dio un rapto, se cortó una oreja y se la dio a una puta. La rueda de la fortuna ofreció la posibilidad de que Gauguin pusiera varios mares por medio hasta llegar a Tahití y partiera luego hacia Martinica. Allí percibió por primera vez el viento salvaje y la luz pura de primitivismo. Fue una revelación. Volvió a París acompañado de un macaco para mostrar su nueva estética. El 4 de noviembre de 1893 expuso 44 lienzos y dos esculturas en una galería de Durand-Ruel de la calle Laffitte.
Los burgueses llevaban a sus hijos a la exposición para que se burlaran de los mamarrachos que pintaba aquel pintamonas, un tal Paul Gauguin. La gente arreciaba en las risas ante aquellos cuadros de javanesas desnudas. ¿No es este —se decían— aquel loco que hacía años era banquero y había abandonado a su mujer y a sus cinco hijos para dedicarse a pintar? Con la promesa de que este galerista le mandaría un dinero mensual para que siguiera pintando, cosa que no cumplió, Gauguin se despidió definitivamente de la civilización para volver al paraíso. La noche antes de poner rumbo a Tahití de nuevo, le abordó una prostituta en una calle en Montparnasse. Y de ella como regalo se llevó una sífilis a la Polinesia, donde vivió rodeado de los placeres de la vida salvaje y del amor de los indígenas, adolescentes felices, entre los cocoteros. Su pintura no necesitaba ninguna imaginación, pero su cuerpo pronto comenzó a pudrirse. Nota aquí.

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