"No hay que perder nunca el sentido del humor y el optimismo. Hoy más que nunca”, me dijo una vez, con su pañuelo en la cabeza, mientras me agarraba fuerte del brazo. Ella era así. Arrolladora y positiva a pesar del dolor y de las dificultades.
La historia de las Madres de Mayo descansa en las arrugas de su mirada, en su voz rasgada y férrea. Mujer inspiradora, arrolladora, incansable que perdió a su hijo Alejandro, tras ser secuestrado por la Triple A, cuando estudiaba primero de Medicina y militaba en una guerrilla urbana, meses antes del golpe de Estado de Videla.
Taty Almeida, como tantas otras, empezó a buscar a su hijo sola, en hospitales, regimientos, policía… Hasta que unió su fuerza a las demás y se hicieron imparables. En los ochenta, cansadas de que la jerarquía eclesiástica no las recibiera, se presentaron a una procesión en la Basílica de Luján. Y para reconocerse entre ellas decidieron ponerse el pañal de sus hijos en la cabeza. Un trozo de tela blanca que sirvió para cuidarlos cuando eran bebés y que, décadas después, se convirtió en un símbolo de coraje.
Como solo agarra una madre que no se rinde. Unas madres que dieron su vida por los derechos humanos. Muchas eran amas de casa, no tenían nada que ver con política. Pero allí estaban ellas y no sus maridos. Solo querían saber quiénes habían sido los responsables de la desaparición de sus hijos y que se hiciese justicia.
Las locas las llamaban los militares. Gracias a esas madres locas que se levantaron contra la impunidad, que lucharon por la verdad y la memoria, que se convirtieron en un icono de resistencia pacífica y que no se dejaron vencer. Porque el coraje de una madre, a veces, es la fuerza revolucionaria más fuerte. Ahora y siempre. Gracias Taty por tu empeño en que no se vuelva a repetir esta historia de terror. Vuela alto. 


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