Invocación de Benjamín Prado, por sus memorias
Largo y flaco, como una pintura de El Greco; rápido en la conversación y demorado en el paso. Alto, además. Muy alto. Y con el faldón de la camisa más veces por fuera. Algunas tardes de lunes aparece por el bar El Papelón a bordo de unas gafas redondas, entre el John Lennon de Nueva York y el Liam Gallagher (Oasis) de cualquier bronca. Fue un joven poeta en el Madrid de después de la Movida. Un narrador y detective en la hoguera desengañada y buena de los años 90. Un escritor de canciones en todas sus épocas. Un periodista de oficio y desoficio: de redacción y de bares con muchos amigos dentro. Nació en Las Rozas (Madrid).
Benjamín Prado ha cruzado el check point de los 60 años y dijo "voy a poner letra a la memoria". Hace unas semanas publicó un volumen con la mercancía de lo que recuerda, de lo que cree que recuerda, de lo que es mejor no recordar pero lo escribe, de lo vivido y lo cantado y lo viajado; y con todo aquello ha dado cuerda a la reyerta que es recordar y hacerse sitio en uno mismo. El título de estas memorias es estupendo: Qué estoy haciendo aquí. Publica Alfaguara.
Por esta vida impresa cruzan muchas: Rafael Alberti, Julio Cortázar, Ángel González, Almudena Grandes, Gabriel García Márquez en el cumpleaños de Almudena Grandes, Mario Vargas Llosa, Felipe Benítez Reyes, Joaquín Sabina, Juan Marsé, Ray Loriga... El mítico editor Chus Visor sobre todas las cosas. Y Bob Dylan. Y Octavio Paz y Dereck Walcott (dos premios Nobel que añadir a los dos ya citados). Pasa tanta gente que parece una vida hecha sobre todo para conocer gente. Leer tiene algo de verbena ancha, de convocatoria a lo Gran Gatsby de tan animado y populoso como es casi todo. Benjamín Prado da mecha a unas memorias que lees con diversión, menos cuando no la hay. Es un trozo de vida literaria estupendo, escrito con la gracia exacta de la literatura bien desplegada. Una novela casi. Algunas probables ensoñaciones le caen muy bien a esta buena historia de sí mismo, donde los hijos son la alegría.
Y tampoco oculta el daño: los divorcios, las tristezas, las ausencias, alguna traición encubierta, la enfermedad. El proceso de escritura o la fascinación primera y última por la poesía va punteando bien el arranque, hasta que la vida se va haciendo severa. Aun así no existe la derrota, quizá un puntico de cansancio. O será desengaño. Un escritor que se cuenta bien es un lector haciéndose sitio en su propia biografía. Esto ocurre con Qué estoy haciendo aquí: un hombre se habla del hombre que es y los demás estamos contentos de escucharlo. Nota aquí.

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