domingo, junio 28, 2026

Fernando Aramburu

 Ten mucho cuidado con el éxito, porque te puede volver más tonto de lo que ya eres”

Este no es un año cualquiera para el escritor Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). Por lo pronto, se cumplen diez años de Patria, novela que se sumerge en el conflicto vasco e indaga en el modo en que la violencia etarra —a lo largo de los años e incluso más allá de los gestos estrictamente políticos— fue erosionando los lazos de toda una comunidad. Aramburu ya era un escritor con trayectoria, pero el lanzamiento de este libro lo catapultó a la escena internacional. Convertido en un éxito de ventas, Patria no solo cruzó las fronteras españolas (fue traducido a unos 30 idiomas), sino que también se prolongó en una serie impulsada por HBO España y hasta fue adaptado a la novela gráfica. Como parte de las celebraciones por el aniversario —le cuenta el escritor a LA NACION, durante una reciente visita a Buenos Aires —, se lanzará una edición especial y, en julio, en la ciudad vasca de Vitoria, habrá una exposición que reconstruirá lo ocurrido en torno al libro. “Ya cedí material, lo típico, cuadernos de anotaciones, algunos objetos”, describe.

Aramburu también aguarda el estreno de El niño, película dirigida por Mariano Barroso y producida por Netflix, que se basa en su novela homónima y que podría llegar a los cines entre septiembre y octubre, antes de subir a la plataforma.

Afable y contenido a un tiempo, el autor no oculta la satisfacción ante la sumatoria de buenas noticias y agrega una: el lanzamiento de Maite, su último trabajo. Aunque se ocupa de aclarar que su escritura no se reduce al caso vasco, lo cierto es que el tema vuelve, una y otra vez. Maite integra la serie Gentes vascas, a la que también pertenecen, entre otros, El niño y Los peces de la amargura. En el caso de la novela más reciente, el foco está puesto en el encuentro de tres mujeres —una madre y sus dos hijas— en julio de 1997, en medio de la conmoción pública por el secuestro y asesinato, a manos de ETA, del concejal Miguel Ángel Blanco.

El tema vasco retorna, y Aramburu acepta que tiene en mente “unos cuantos títulos” que seguramente harán crecer la serie Gentes vascas. El autor narra las tragedias, contradicciones y valores de su tierra con la pizca de distancia que suele dar la extranjería: desde 1985 reside en Hannover, Alemania. Su alejamiento de España no tuvo que ver con la política, sino con el amor. Siendo todavía un estudiante, conoció a Gabriele, una alemana con la que muy pronto se uniría y con la que tuvo dos hijas. En 2016 (el mismo año en que se lanzó Patria), le dedicó una de las columnas que por entonces escribía en El País. El artículo se llama “Carta a la guapa” y culmina con esta frase: “A veces me pregunto qué forma habría tenido mi vida sin ti. No me respondo. ¿Para qué si no me importa nada la respuesta?”.

–¿Queda algún balance por hacer, a diez años de la publicación de su libro más exitoso?
–Hay un balance muy positivo. Afortunadamente, el éxito fue posterior a la escritura de Patria. El libro fue escrito en total tranquilidad. En apariencia, era uno más de los míos: yo no podía prever la repercusión internacional que tuvo. Pronto entendí que debía gestionar la excesiva exposición pública. El libro me procuró muchos lectores en muchos países, me dio una dimensión internacional, me dio algo que yo no tenía hasta entonces, que era estabilidad económica, y por tanto me dio tiempo para escribir con calma otros libros. En líneas generales, estoy muy agradecido.

–En la Argentina fue muy leído.

–El libro me trajo por vez primera aquí. Después vino la serie, pero el libro en sí tuvo mucho impacto; creo que es por las resonancias de las tragedias propias de la historia…

–¿Cómo impactó en su vida personal este salto, hace 10 años, hacia un público mucho más amplio?
–Bueno, yo no tenía 18 años, tenía ya bastantes… Estaba en un momento de madurez personal; el éxito me halagó, pero no me hizo perder contacto con la realidad. Tampoco vivo solo, tengo una vida familiar y tengo amigos que, de haberme convertido en un arrogante, en un divo, en una persona que se cree especial, pues me habrían echado el freno y yo se los habría agradecido. El libro y el éxito me dieron una lección de vida que me pareció valiosa. Una lección en forma de advertencia que podría formularse así: “Ten mucho cuidado con el éxito, porque te puede volver más tonto de lo que ya eres”. Y lo que hice, esto no podía ser de otro modo, fue liberar el escritorio de la repercusión de Patria. Es decir, no permitir que los ecos que estaba causando el libro interfirieran negativamente en mi trabajo literario. Me refiero al escritorio como ese lugar donde solo puede haber un proyecto al cual me dedico con total plenitud. No quería que los constantes viajes relacionados con Patria, las entrevistas, las llamadas telefónicas, perjudicasen mi trabajo de escritor. Demoré cinco años en publicar otra novela y le pedí ayuda a la poesía para poder dedicarme a la escritura sin sentirme mirado por mi libro, por Patria. Ya dije que no escribiría Patria II, que eso podría haber hecho caja, pero creo que habría sido un proyecto fallido, porque no lo habría hecho con convicción.

–¿Qué sería exactamente “pedir ayuda a la poesía”?

–Después de Patria, publiqué Autorretrato sin mí, que por momentos entra en terreno claramente poético. Publiqué otro libro titulado Vetas profundas, que reúne una cata de poemas ajenos desde los clásicos del Siglo de oro hasta el presente; me dediqué al articulismo y también a las recopilaciones; es decir, evité automatizar el trabajo y distanciarme un poco creativamente de Patria hasta la siguiente novela, que transcurre en Madrid y contiene un mundo humano y narrativo muy distinto. Nota aquí.



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