sábado, junio 13, 2026

Jorge Valdano

 La luz épica del estadio Azteca

Pelé y Maradona se consagraron como mitos sobre este césped. Y en sus gradas nació la ola, la coreografía colectiva que une aficiones rivales. Con el partido inaugural del 11 de junio se convertirá en el único estadio en albergar tres mundiales.

Para el mundo es simplemente “el Azteca”, pero el periodista Ángel Fernández lo bautizó con precisión barrial como “El Coloso de Santa Úrsula”, porque se levanta en la colonia de Santa Úrsula Coapa, en la alcaldía de Coyoacán. Fernández tenía talento para las metáforas memorables. En una transmisión llegó a decir que el nombre del futbolista alemán Hans-Peter Brieguel, significaba “Ferrocarriles nacionales alemanes”. Como tuve que perseguir a Brieguel durante todo el partido en la Final del 86, puedo dar fe de la exactitud de la metáfora. Era una locomotora que me hizo trajinar a fondo las dos bandas del campo en un ida y vuelta sufriente que me sirvió para conocer aún mejor el estadio Azteca.

Hay una percepción personal, posiblemente divinizada, que se me impone: los partidos jugados en el Azteca tienen una luz épica. Las dos finales de la Copa del Mundo que albergó se jugaron a las 12 del mediodía, sobre los 2.200 metros de altitud en los que se levanta la Ciudad de México. El sol caía a plomo sobre los jugadores e iluminaba cada brizna de césped. Aquella luz parecía tamizada por una gasa invisible que embellecía y mitificaba el juego. ¿Efecto de la altitud? ¿Del estadio mismo, olla gigantesca que descompone los rayos? ¿O, poniéndonos definitivamente románticos, de la presencia en el escenario de Pelé y Maradona? Los dos, en la cima de sus carreras, requerían una luz a la medida de sus leyendas.

La construcción del estadio comenzó en 1962 y fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y el Torino. Fue hijo de un tiempo en que México quería proyectar su aspiración de grandeza mientras la televisión empezaba a descubrir el deporte como espectáculo global. Esperaban los Juegos Olímpicos del 68 y el Mundial del 70. ¿Qué mejor oportunidad?

El edificio fue encargado al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, responsable de obras que expresaban poder real y simbólico en la Ciudad de México, como la nueva Basílica de Guadalupe, el Palacio Legislativo o el Museo de Antropología. Cuenta Juan Villoro que Ramírez Vázquez otorgó especial relevancia al diseño exterior del estadio, “sostenido por inmensas grecas de concreto cuya geometría aludía a los frisos de las pirámides aztecas”. Por dentro, el diseño es igualmente admirable: desde cualquier rincón de su majestuosa estructura el espectáculo se ve sin interferencias.

El Azteca también refleja las contradicciones del país que lo alberga. En vísperas de este Mundial hubo dudas sobre si la ambiciosa remodelación llegaría a tiempo a la inauguración. Se reabrió en marzo con un partido amistoso entre México-Portugal, siempre imponente, pero con obras todavía inacabadas. Se supone que el Mundial lo verá terminado y tan dispuesto como siempre. Lo que tiene es nuevo nombre: Estadio Banorte, banco responsable del crédito de 2.100 millones de pesos (102,9 millones de euros), coste de la remodelación. La reacción popular fue inmediata: “Pónganle como quieran, siempre seguirá siendo el Azteca”. Hay símbolos que la gente se resiste a perder y los defiende desde la palabra, arma gratuita y a veces invencible. Pero es otra evidencia de que el negocio avanza al galope y el romanticismo lo persigue al paso.

Conocí el Azteca en persona veinte años después de su inauguración y llevo cuarenta viéndolo desde todos los rincones. No me acostumbro.

Como canta Andrés Calamaro en Estadio Azteca, la primera vez que lo vi, “me quedé mudo”. Fue en la inauguración del Mundial 86, como parte de la delegación de Argentina, para ver un anodino Italia-Bulgaria, nuestros rivales de grupo. La organización no tuvo muchas deferencias con nosotros y nos sentaron en localidades altas. Es una manera de decir. Porque el estadio esta excavado por debajo del nivel de la calle. Uno entra descendiendo a ese cráter inmenso que no atenuó mi primera sensación, que fue de vértigo. Sentí la certeza de que, si tropezaba, me recogerían en el césped. La mole de hormigón con gradas verticales intimidaba físicamente.

Aquella fiesta inaugural tuvo un prolegómeno que no supe interpretar. El estadio entero silbó el discurso de apertura de Miguel de la Madrid, presidente de México. Pensé que era la factura que la gente le pasaba por la insuficiente respuesta del gobierno al gran terremoto de 1985 que, entre cosas más trágicas, puso en peligro la organización del Mundial. El tiempo me aclaro que aquello era el principio del fin del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante 75 años había gobernado el país. El Azteca operando como ágora y el fútbol, como siempre, enmarcando, cuando no anticipando, los latidos sociales.

La segunda vez que pisé el Azteca, fue el día previo a un partido. Allí estaba esperándonos, con todo su poderío arquitectónico, el gran estadio, vacío como una advertencia. Como éramos futbolistas y no arquitectos, abandonamos las piedras y nos interesamos por la hierba, que desde arriba parecía un billar. Lejos de ser híbrido, como ahora, visto de cerca el césped estaba largo, desigual, más maleza que hierba. Impropio de un Mundial. Así que nos dijimos que en ese campo no se podía jugar al fútbol. Los futbolistas tenemos tendencia a buscar excusas antes de los partidos para colgar las inseguridades. Nota aquí.




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