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sábado, septiembre 05, 2026

Coti Sorokin

 Coti: su amistad con Andrés y Javier Calamaro, sus diferencias con Diego Torres por “Color esperanza” y los cumpleaños con Maradona.

stá de gira Coti y su paso por Buenos Aires es en forma de ráfaga. Solo dos días y de nuevo aeropuerto-avión-próximo destino-. A finales del año pasado lanzó Serenata en Mi Mayor para un amor y un atardecer y la gira de presentación lo encuentra a full entre España y Argentina.

A Buenos Aires Coti Sorokin (el mismo que nació como Roberto Fidel Ernesto Sorokin Esparza) vendrá a tocar a finales de octubre primero, en el marco del festival de Los 40, Primavera Pop (con Abel Pintos, Luck Ra, Ángela Torres y otros), y en noviembre con show propio en C Art Media, el 19. También los lanzamientos lo tienen muy activo en plataformas: un mes atrás lanzó con Olivia Wald “Tus errores” y el próximo jueves verá la luz una nueva versión de “50 horas”, con Silvestre y la Naranja.

“Este año empezamos a girar el 2 de enero y no paramos prácticamente. Vamos a terminar el año con más de 70 conciertos. En diferentes lugares, muchos novedosos para mí. Mucho Argentina, mucho España y un poco Latinoamérica y Europa”

–Alguna vez comparaste tus shows con el espíritu del jazz: están establecidas las canciones que van a tocar pero no sabés qué va a pasar con los solos, con la duración de cada tema, con la conversación entre los músicos...

–Hay algo de eso. Nosotros improvisamos mucho arriba del escenario. Tenemos nuestro esqueleto, obviamente, pero me gusta que haya un buen porcentaje de libertad arriba del escenario. Confío mucho en la gente que me acompaña, que son grandes músicos. Confío mucho en la parte técnica, también. Todos estamos como en una situación en la que está ocurriendo algo vivo ahí. No es un videoclip que uno pone play y listo, todo empieza a correr exactamente igual que la noche anterior. Aquí los 70 conciertos te podría decir que prácticamente son todos diferentes. Quizás las listas de temas de algunos se han repetido, pero lo que pasa arriba del escenario es totalmente diferente.

–Pensaba en lo que está pasando cada vez más, que es el signo de estos tiempos: mucha pista, mucho de lo que suena en los shows está grabado y llega un momento en el que al espectador le cuesta discernir entre lo que está sucediendo en vivo y lo que es pista...

–Me pasa a mí que soy músico y llevo muchos años en el escenario. Prácticamente no hay diferencia y hay mucho grabado hoy en día. Incluso la voz del cantante muchas veces está grabada en gran parte, por ahí no en todo el concierto, pero si en gran parte. Creo que ahora eso está cambiando un poco. Hace unos años era peor.

–El año que viene se van a cumplir 25 de tu primer disco. Tuviste una trayectoria particular en comparación con otros solistas que empiezan con banda primero y que después se largan en solitario. Porque en tu caso, primero se conocieron las canciones, después tu nombre y por último tu cara.

–Y en algún momento se olvidarán de todo (risas).

–¿Soñaste cuando recién empezabas con un cuarto de la trayectoria que tuviste?

–No, la verdad es que no. Y me parece fantástico, porque creo que los verdaderos caminos son los que se hacen un poco a medida de cada uno. Yo creo que sí, que la hice un poco a medida de lo que me fue pasando, lo que fui viviendo, lo que fui buscando y también encontrando. Y además creo que las carreras están, por lo menos la mía y creo que la de mucha gente, atravesada por las historias personales, ¿no? Yo fui papá muy joven y esto lo cuento porque eso fue lo que a mí me llevó a determinadas decisiones artísticas. A la vez tenía una connotación familiar también, de cómo mantener a mi familia, cómo mantener a mis hijos.

–Fuiste papá muy joven y pasaste de cero a dos...

–Sí, de cero a dos, con mellizos. Entonces, por ahí no tenía la libertad o el colchón para decir “me voy a encargar de mi carrera solista”. No tuve esa posibilidad hasta que no me sentí con cierta estabilidad económica, que me la dio justamente el trabajo de producir, de hacer arreglos, de trabajar como sesionista, de dar clases, de escribir canciones para otros. Todo eso me dio una tranquilidad económica que me permitió después arriesgarme a iniciar una carrera solista sabiendo que no se iban a quedar sin comida mis hijos.

–¿Y cómo fue ese comienzo en la industria musical como compositor? ¿Qué puertas tuviste que golpear para decir yo tengo canciones a ver si les interesa?

–La primera puerta que golpeé, que en realidad no es que la golpeé sino que se abrió un poquito y yo puse la pata y me metí entero ahí, fue la de Javier Calamaro. Con Javier nos conocimos por una amiga en común. Escuchó unas grabaciones que yo había hecho y me llamó por teléfono sin que yo le dijera nada. Me llamó y me dijo: “Che, estoy armando un estudio nuevo. Me lo tiró así como al pasar y yo ni siquiera vivía en Buenos Aires y a la semana estaba viviendo en Capital y parado en la puerta del estudio esperándolo. A partir de ahí empezamos a ser una sociedad muy copada de muchas cosas, de hacer música publicitaria, música para cine, a producir discos y escribir canciones para otros. También a trabajar en sus proyectos como solista y en producciones grandes como Pampa del Indio, Chiapas, esos compilados en los que conocí a mucha gente. Ahí pude conocer también a Andrés, a Mercedes Sosa, a Charly, a León Gieco, a Fito. Nota aquí.





sábado, julio 18, 2026

Tan Bionica & Andrés Calamaro

 

sábado, junio 13, 2026

Jorge Valdano

 La luz épica del estadio Azteca

Pelé y Maradona se consagraron como mitos sobre este césped. Y en sus gradas nació la ola, la coreografía colectiva que une aficiones rivales. Con el partido inaugural del 11 de junio se convertirá en el único estadio en albergar tres mundiales.

Para el mundo es simplemente “el Azteca”, pero el periodista Ángel Fernández lo bautizó con precisión barrial como “El Coloso de Santa Úrsula”, porque se levanta en la colonia de Santa Úrsula Coapa, en la alcaldía de Coyoacán. Fernández tenía talento para las metáforas memorables. En una transmisión llegó a decir que el nombre del futbolista alemán Hans-Peter Brieguel, significaba “Ferrocarriles nacionales alemanes”. Como tuve que perseguir a Brieguel durante todo el partido en la Final del 86, puedo dar fe de la exactitud de la metáfora. Era una locomotora que me hizo trajinar a fondo las dos bandas del campo en un ida y vuelta sufriente que me sirvió para conocer aún mejor el estadio Azteca.

Hay una percepción personal, posiblemente divinizada, que se me impone: los partidos jugados en el Azteca tienen una luz épica. Las dos finales de la Copa del Mundo que albergó se jugaron a las 12 del mediodía, sobre los 2.200 metros de altitud en los que se levanta la Ciudad de México. El sol caía a plomo sobre los jugadores e iluminaba cada brizna de césped. Aquella luz parecía tamizada por una gasa invisible que embellecía y mitificaba el juego. ¿Efecto de la altitud? ¿Del estadio mismo, olla gigantesca que descompone los rayos? ¿O, poniéndonos definitivamente románticos, de la presencia en el escenario de Pelé y Maradona? Los dos, en la cima de sus carreras, requerían una luz a la medida de sus leyendas.

La construcción del estadio comenzó en 1962 y fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y el Torino. Fue hijo de un tiempo en que México quería proyectar su aspiración de grandeza mientras la televisión empezaba a descubrir el deporte como espectáculo global. Esperaban los Juegos Olímpicos del 68 y el Mundial del 70. ¿Qué mejor oportunidad?

El edificio fue encargado al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, responsable de obras que expresaban poder real y simbólico en la Ciudad de México, como la nueva Basílica de Guadalupe, el Palacio Legislativo o el Museo de Antropología. Cuenta Juan Villoro que Ramírez Vázquez otorgó especial relevancia al diseño exterior del estadio, “sostenido por inmensas grecas de concreto cuya geometría aludía a los frisos de las pirámides aztecas”. Por dentro, el diseño es igualmente admirable: desde cualquier rincón de su majestuosa estructura el espectáculo se ve sin interferencias.

El Azteca también refleja las contradicciones del país que lo alberga. En vísperas de este Mundial hubo dudas sobre si la ambiciosa remodelación llegaría a tiempo a la inauguración. Se reabrió en marzo con un partido amistoso entre México-Portugal, siempre imponente, pero con obras todavía inacabadas. Se supone que el Mundial lo verá terminado y tan dispuesto como siempre. Lo que tiene es nuevo nombre: Estadio Banorte, banco responsable del crédito de 2.100 millones de pesos (102,9 millones de euros), coste de la remodelación. La reacción popular fue inmediata: “Pónganle como quieran, siempre seguirá siendo el Azteca”. Hay símbolos que la gente se resiste a perder y los defiende desde la palabra, arma gratuita y a veces invencible. Pero es otra evidencia de que el negocio avanza al galope y el romanticismo lo persigue al paso.

Conocí el Azteca en persona veinte años después de su inauguración y llevo cuarenta viéndolo desde todos los rincones. No me acostumbro.

Como canta Andrés Calamaro en Estadio Azteca, la primera vez que lo vi, “me quedé mudo”. Fue en la inauguración del Mundial 86, como parte de la delegación de Argentina, para ver un anodino Italia-Bulgaria, nuestros rivales de grupo. La organización no tuvo muchas deferencias con nosotros y nos sentaron en localidades altas. Es una manera de decir. Porque el estadio esta excavado por debajo del nivel de la calle. Uno entra descendiendo a ese cráter inmenso que no atenuó mi primera sensación, que fue de vértigo. Sentí la certeza de que, si tropezaba, me recogerían en el césped. La mole de hormigón con gradas verticales intimidaba físicamente.

Aquella fiesta inaugural tuvo un prolegómeno que no supe interpretar. El estadio entero silbó el discurso de apertura de Miguel de la Madrid, presidente de México. Pensé que era la factura que la gente le pasaba por la insuficiente respuesta del gobierno al gran terremoto de 1985 que, entre cosas más trágicas, puso en peligro la organización del Mundial. El tiempo me aclaro que aquello era el principio del fin del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante 75 años había gobernado el país. El Azteca operando como ágora y el fútbol, como siempre, enmarcando, cuando no anticipando, los latidos sociales.

La segunda vez que pisé el Azteca, fue el día previo a un partido. Allí estaba esperándonos, con todo su poderío arquitectónico, el gran estadio, vacío como una advertencia. Como éramos futbolistas y no arquitectos, abandonamos las piedras y nos interesamos por la hierba, que desde arriba parecía un billar. Lejos de ser híbrido, como ahora, visto de cerca el césped estaba largo, desigual, más maleza que hierba. Impropio de un Mundial. Así que nos dijimos que en ese campo no se podía jugar al fútbol. Los futbolistas tenemos tendencia a buscar excusas antes de los partidos para colgar las inseguridades. Nota aquí.




viernes, noviembre 28, 2025

Andrés Calamaro

 Andrés Calamaro en el Arena, otra noche en ebullición

El Salmón protagoniza una tripleta de shows que cerrará este viernes 28 con una puesta bien rockera y una cita final a Oasis. El público arrancó la fiesta desde temprano en el Parque Los Andes.

Ni siquiera Andrés Calamaro pudo zafar de la “Oasismanía” que aún palpita en Buenos Aires. Además de aludir a Noel Gallagher en uno de los pasajes de la segunda función de su vuelta al Movistar Arena (el día anterior se refirió a Liam), el músico abrió el bis del show del miércoles con una adaptación “manchesteriana” de “Flaca”. Si bien circuló la hipótesis de que se había inspirado en la versión que unos meses atrás hizo de su clásico el artista Allcaraz, el ex frontman de Los Rodríguez explicó horas más tarde: “En un ensayo la arranqué así, usamos el tono del disco para que los acordes sean más abiertos y para cantar una octava más arriba, y al final subimos un tono cantando fuerte y con coros. Cantar más alto es más fácil porque ponés más músculo. Las complicadas son las bajas”.

Pese a que desde 2022 se volvió habitual que el icono del rock argentino actúe a fines de noviembre en el predio de Villa Crespo, esta tríada recitalera (la última está pautada para este viernes, y, al igual que las otras, las entradas están agotadas) sin duda estableció una gran distancia con lo que hizo antes en el mismo lugar. Aunque el repertorio que manejó fue más o menos similar, la rockeó deliciosamente. Al punto de que esta vez eligió colgarse la guitarra eléctrica antes que pararse frente al teclado, al que acudió brevemente en algunos tramos de las casi dos horas de actuación. Sacando chapa además de su condición de alumno insigne de esa sediciosa institución del rock and roll que fundaron Mick Jagger y Ketih Richards, cuya impronta homogeneizó estéticamente su obra solista y el legado de su antiguo cuarteto.

Esta performance de la Agenda 2025 Tour no sólo estuvo en sintonía con la resurrección que experimenta el rolinguismo en la escena local, sino que también mantuvo lazos con el último paso del Salmón por Buenos Aires, como parte del Quilmes Rock, donde sorprendió al mechar los caños del funk “Sir Duke”, himno de Stevie Wonder, con los de “Loco”. O al menos con los de esta reinvención de uno de los caballitos de batalla de su álbum Alta suciedad (1997). De hecho, el cantautor volvió a apoyarse en escena en la banda que lo acompañó en su presentación en el festival, formación que en esta oportunidad sonó todavía más ensamblada, aceitada y, por sobre todo, afilada. Ahondando en el trabajo de las guitarras, que, contando la de Calamaro, terminaron siendo tres las que hilvanaron esa suite de yeites.

Ni siquiera logró salvarse de este arsenal rockero “Tuyo siempre”, que desde aquel memorable Luna Park con la Bersuit mostraba una tez próxima a la de la cumbia villera, a partir de la mimetización del teclado con el keytar metralleta patentado por Pablo Lescano. Si bien esa estética quedó, el sostén tropical fue reemplazado por la vuelta a la intención reggae que distinguió a la original, partícipe del primero de los cinco CDs del disco El salmón, lo que dio pie para el remate con un guiño a “Mil horas”. Eso sucedió promediando la mitad del show, cuya inauguración se produjo con “Crímenes perfectos”, bombazo que auguraba una noche “para no olvidar”, apelando a ese éxito de Los Rodríguez, también de la partida en este setlist y otro de los clímax de la presentación. Tanto así que esos cuatro minutos de duración parecieron efímeros.

Sin embargo, este reencuentro con la capital argentina comenzó mucho antes, en la antesala que se armó espontáneamente en el Parque Los Andes, a una cuadra del Movistar Arena. Ahí esa feligresía fiel, Fernet o cerveza mediante, se encargó de seguir amplificando la leyenda en torno a Calamaro, al mismo tiempo que ensayaba una tentativa lista de canciones para esa jornada, que al final repitió la de la primera fecha. Al igual que los invitados que deambularon por el tablado, quirúrgicamente seleccionados. Lo que igualmente se conservó fue la devoción que existe por el otrora Los Abuelos de la Nada, uno de los músicos nacionales (posiblemente el último) que se esforzó por llevar al rock hacia el terreno de las músicas populares, a la misma estatura del tango y del folklore.

Una vez que quedaron atrás “Crímenes perfectos” y “Cuando no estás”, la groovearon en “Loco” y luego volvieron a hacerlo en la conclusión de “Carnaval de Brasil”. Y en el medio se mandaron una emocionante revisita a “Te quiero igual”. Apenas largaba el show, y ya esa masa que desbordaba el campo del Arena había tributado al artista con dos “Olé, olé, Andrés”. Mientras que “Rehenes” marcó el primer pogo de la noche. A “Para no olvidar” la escoltó “Cuando te conocí”, donde el laburo de la terna de violas empezaba a dejar huella, destacando la visceralidad de Brian Agustín Figueroa, quien, a pesar de su brillo con luz propia, nunca dejó de tender puentes con el estoico Julián Kanvesky. Mano a mano reforzado por “Me arde”, en la que además ganó estelaridad el tecladista Germán Wiedemer.

Tras dejar las maracas a un lado para colgarse nuevamente la guitarra, el Salmón, camuflado por su gorra negra de los Dodgers de Los Ángeles (recientes campeones de la Liga estadounidense de béisbol), advirtió: “Ahora viene una difícil de cantar”. Vaya que tenía razón: se trataba de “A los ojos”, temazo de Los Rodríguez que abajo desató un inmenso salto colectivo y que arriba consiguió que la audiencia no volviera a sentarse. Retomaron el funk de la mano de la brillante “Output-Input”, y se movieron a la bossa nova con la tremenda “Los aviones”, que tuvo como corolario el estribillo de “El ratón”, salmo salsero popularizado por el inmenso Cheo Feliciano. Y aprovecharon esa bajada de cambio para desenvainar el folk introspectivo “Nacimos para correr”, del disco Bohemio (2013).

A continuación, Calamaro llamó a Chano y Bambi, de Tan Biónica, para hacer el meditabundo “Donde manda marinero”, seguidos por “Tuyo siempre” y “Mi enfermedad”, desatando con éste una efervescencia de tal magnitud que puso a temblar a todo el estadio. El músico invocó a Facundo Soto, cantante de Guasones, para que se sumara en “El salmón”. La rockearon otra vez con “Alta suciedad”, en la que despuntó su binomio de caños (el septeto lo completan el bajista Mariano Domínguez y el baterista Andrés Litwin), escoltada por “Sin documentos”, “Estadio Azteca” y la sentida “Paloma”, para la que conocaron a Patricio Sardelli, violero de Airbag. Después del ínterin, llegó el bis con el “momento Oasis” y “Los chicos”, sentenciando la reinvención de un rockero en constante ebullición. Nota aquí.



viernes, noviembre 07, 2025

Tan Bionica & Andrés Calamaro

 

sábado, julio 06, 2024

Andrés Calamaro

 Andrés Calamaro en Madrid: canciones no más, qué gozada

El argentino, comedido en sus comentarios, ofrece un gran concierto en el festival Río Babel: breve, sin concesiones, alardeando de repertorio.

“Canciones de dolor real, pero canciones no más. / Canciones partidas por la mitad, pero canciones no más”. Surgieron estos hermosos versos de la garganta de Andrés Calamaro. Fue el tema número cinco del recital, titulado Son las nueve, y ya nos habíamos dado cuenta de que la noche iba de canciones, solo de canciones. No apareció esta vez la astracanada. Ni comentarios a favor o en contra de políticos, ni chistes sobre temas polémicos de actualidad. No ofreció esta vez el argentino material para el haterismo de las redes sociales. Hoy, solo se podrán ver vídeos en la cosa digital de un buen espectáculo ejecutado por una sensacional banda del rock liderada por un comedido Calamaro, concentrado en ofrecer una noche de solo composiciones, de esas que integran uno de los mejores repertorios del rock en español.

Ocurrió en el festival madrileño Río Babel, un encuentro musical ya consolidado en el calendario veraniego y que cumple su octava edición, esta vez en la Caja Mágica. 16.000 personas, muchos argentinos con camisetas de Maradona (más numerosas que las de Messi), vieron a un Calamaro sin fisuras, serio, concentrado, alejado del personaje excéntrico y maledicente de otras noches. Realizó un concierto de hora y cuarto sin tregua, dejando un “gracias, Madrid” aquí y allá y poca cosa más. Y se centró en la interpretación, unas veces rasgando la guitarra (con una pegatina de un toro de Osborne) y otras presionando las teclas de su órgano. Y expandiendo una voz en sensacional forma que llegó a su punto álgido en la interpretación de Crímenes perfectos, la penúltima del lote, con ese tono resquebrajado hacia el final de las estrofas, porque “ella no va a volver y la pena me empieza a crecer, adentro” y “la moneda cayó por el lado de la soledad, y el dolor”. La sintió de verdad el argentino.

La gira se denomina Agenda 1999 y celebra los 25 años de aquel egomaníaco despliegue creativo que fue Honestidad brutal, un disco de 37 canciones donde el músico penaba el fin de una relación y saludaba su regreso a la vida cañón, como diría Alcalá Norte. Sonaron varias piezas de aquel trabajo, que si en 1999 resultaba una anomalía (era triple), en estos tiempos de fugacidad ni les cuento. Pero háganse un favor e inviertan dos horas y 20 minutos en escuchar el álbum. Así, del tirón. Porque apenas sobra una nota. Nota aquí.




martes, julio 13, 2021

Bersuit Vergarabat & Andrés Calamaro

 


martes, junio 22, 2021

Andrés Calamaro & León Gieco

 


lunes, abril 19, 2021

Himno A La Alegría