domingo, junio 07, 2026

Lionel Messi

 Messi: el mejor artesano

Lo ganó todo con el Barça y tiene el récord de balones de oro. Hace cuatro años, en Qatar, se quitó la espina mundialista. En vísperas de su sexta Copa del Mundo, suma a su lista de galardones el Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2026.

Messi se va; se va y, durante años, será el espejo de cada novedad: bueno, este sí podría ser el nuevo Messi. Pero muy pronto él dejará de ser quien siempre fue. Muy pronto —unos meses, un año— los medios ya no hablarán de él todos los días, los millones ya no hablaremos de él todos los días: tendrá que sucederle algo importante —ir a la playa con sus hijos, cenar con su señora— para que lo nombremos. Será un cambio brutal: su vida fue que lo miremos y lo comentemos, que lo envidiemos y lo veneremos desde hace más de 20 años, cuando tenía 16 o 17. Va a ser raro para él vivir un poco lejos de nosotros; va a ser raro para nosotros vivir casi sin él. Raro, y nos acostumbraremos. Lo extrañaremos cuando las cosas vayan mal. Miraremos sus goles en YouTube, cada vez menos. Lo iremos olvidando.

Pero falta, todavía, para eso; mientras tanto, en estas semanas de Mundial estará más presente que nunca. Todo lo que haga será chicle mediático. Para muestra, un botón: Messi fue con su equipo de Miami, campeón de USA, a ver al presidente Trump en pleno ataque a Irán. En Argentina algunos se lo reprocharon con vehemencia; otros les gritaron que era Messi y podía hacer lo que se le cantara. La Argentina es tan caprichosa que, con su clásica capacidad de grieta, ha conseguido que el kirchnerismo reivindique a Maradona, el mileísmo a Messi. Se armaron barricadas: Maradona era el sindiós diabólico mientras que Messi era la representación del orden familiar casi cristiano, argentino de bien.

Para creerlo hay que olvidar que Lionel Messi es un producto triste de la Argentina actual. Es, en todo caso, un chico que tuvo que dejar su país a sus 12 años para seguir el tratamiento que necesitaba para crecer esos centímetros que necesitaba para crecer en el mundo del fútbol. La Argentina no pudo o no quiso dárselo y él se fue haciendo así, lejano, extranjero de toda extranjería: no vivía en su sitio pero seguía hablando como si viviera, se armó una especie de barrio rosarino en la cabeza y en ese barrio está instalado desde entonces. Es el migrante tipo de estos tiempos, el que se va y se queda.

Y es, también, el más famoso de estos tiempos. En un mundo que ataca a los migrantes, él y sus compañeros de triunfo lo son —porque se fueron. En los países ricos, otros lo son porque vinieron. Somos tontos: los patriotas más xenófobos gritan los goles de señores que sus gritos intentan deportar —el deporte masivo. Los migrantes son el núcleo de este gran negocio de punta que se llama fútbol; la concentración de la riqueza futbolística en tres o cuatro ligas es otra forma de la desigualdad mundial. La enorme mayoría de sus estrellas no juega en sus países, pero no es lo mismo un Mbappé en España o un Rodri en Inglaterra que la legión sudaca que se vende inevitablemente a clubes europeos porque los suyos no pueden pagarles las vacunas o los Lamborghini. Nota aquí.




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