sábado, agosto 01, 2026

Piti Fernández

 


Juanlu Mora

 


Las Migas

 

Marta Marco Alario

 


Día de la Pachamama

 Día de la Pachamama: qué es, cómo se celebra y por qué el 1 de agosto es sagrado para los pueblos andinos

Cada año, comunidades quechuas y aimaras de Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Ecuador y Colombia realizan ofrendas, corpachadas y rituales de agradecimiento a la Madre Tierra. Un repaso por el origen, el significado y las prácticas de una de las celebraciones más antiguas de América del Sur.

Cada año, el 1 de agosto, comunidades quechuas y aimaras de los Andes conmemoran el Día de la Pachamama —también llamado Pachamama Raymi— con rituales de agradecimiento a la Madre Tierra que se extienden durante todo el mes. La celebración abarca Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Ecuador y el sur de Colombia.

El término “Pachamama” proviene de la lengua quechua: “pacha” puede significar tierra, mundo, universo, tiempo o espacio, y “mama” es madre. Para los pueblos andinos, la Pachamama no es una representación simbólica de la naturaleza sino una entidad presente en la vida cotidiana, vinculada a los ciclos agrícolas y climáticos. Se le atribuye la capacidad de otorgar vitalidad, salud y bienestar a quienes habitan el territorio, resguardar los cultivos y asegurar buenos rendimientos durante el año.

Origen y raíces de la celebración

Las raíces de esta festividad se remontan a las antiguas civilizaciones agrícolas de los Andes, anteriores a la llegada de los conquistadores europeos. Aunque no existen registros exactos de su origen, la fecha coincide con un momento crucial del calendario agrícola andino: el inicio del ciclo de siembra, cuando el suelo se prepara tras el descanso invernal y antes de la temporada de lluvias. Culturas como la incaica, la quechua y la aimara nutrieron durante siglos la relación entre los pueblos y la tierra. Nota aquí.









Tute

 


viernes, julio 31, 2026

Iñaki Gabilondo

 

Benjamín Prado

 Entrevista a Benjamín Prado

El escritor español acaba de publicar Qué estoy haciendo aquí, un libro de memorias donde el asombro y la risa van de la mano.

Algunos lo conocieron por haber escrito con Joaquín Sabina las canciones de Vinagre y rosas, pero la obra de Benjamín Prado es vasta y abarca la poesía, la novela y el ensayo. “Qué estoy haciendo aquí”, es un recorrido por algunos encuentros providenciales con algunas de las mayores plumas del siglo veinte, recreadas con una prosa que huye de toda pompa o tentación autocelebratoria, atravesada por el humor, y que se lee con el gozo de una novela de aventuras.

– Imagino que en España aún no se habrán apagado los ecos de los festejos por la Copa del Mundo.

–El fútbol es una picadura rápida. Se va deprisa.

–¿Cuán futbolero sos?

–Soy bastante futbolero. Tengo dos equipos: siempre fui del Atleti de Bilbao - tenía mi ídolo juvenil que era el portero Iribar con quien a veces, cuando voy a Bilbao, como y es una maravilla- y después me hice socio del Real Madrid, por Luis García Montero, básicamente para fastidiar a los amigos que son casi todos del Atleti.

–En este mundial, ¿hubo algún jugador que hiciera poesía en la cancha?

–Yo creo que hay un jugador maravilloso en la selección española que se llama Rodri, que seguramente es lo más parecido a Tony Kroos que hay en este idioma, Es un metrónomo, un distribuidor, jugador que hace mejores a todos los demás. Son los jugadores que me gustan. Parece un delineante más que un futbolista. Me gusta mucho.

–Últimamente se te ha dado por convocar fantasmas. Primero en versos con “La edad de los fantasmas”, luego en prosa con "¿Qué hago yo aquí?". ¿A qué se debe esa tentación por la ouija?

– Me temo que son los fantasmas los que lo convocan a uno. Con los años y con los muertos que se van sumando en las agendas de teléfono. Hay mucha más gente a la que echar de menos que gente a la que disfrutar. Mucho más pasado que futuro, sin duda. Creo que hay palabras más bonitas que otras en el diccionario. La palabra "cuidar" es muy bonita, por ejemplo. Y la palabra "gratitud", también. Y yo le estoy muy agradecido a mi vida, a la suerte que he tenido de encontrarme por el camino con personas extraordinarias, con personas que además de ser interesantes, de enseñarte cosas, te divertías.

–¿Cuál es tu muerto de cabecera, el que más asiduamente invocas para orientarte en la vida?

–Bueno, depende si me preguntas por muertos de sangre o no. Seguramente a mi madre es a quien yo traería un ratito más para volver a charlar con ella. De entre la gente del mundo de la cultura, seguramente Ángel González, que es la persona a la que más he cuidado probablemente; un tipo que tenía una cualidad rarísima en esta vida: escuchar con todo el cuerpo, no sólo con las orejas.

–¿Cuál es la primera persona que te abrió una puerta allí donde no sabías que había?

–Sin duda, Rafael Alberti. Cuando tenía diecisiete años entré un día en un bar, donde me mandó mi padre a comprar un helado para el postre, y ahí estaba sentado Rafael Alberti. Me cambió completamente la vida. Yo tenía diecisiete años, estaba empezando a leer; tenía un profesor del Instituto que me había dicho: "Tú tienes que ser poeta". No sé por qué. Y con Rafael pasé 15 años maravillosos. Era estar con un tipo que cuando decía: "Las manzanas le gustaban mucho a Pablo", tu tenías que preguntarle: ¿Neruda o Picasso? Porque ese era el nivel. Era como estar con un personaje recortado de un manual de literatura y disfrutar con su regreso a España, la vuelta de un país que había perdido 38 años por el exilio tras el golpe del estado del "funeralísimo" - como le llamaba siempre-. Además, luego era una persona cercana, divertida, humana.

–¿Cómo fue tu cena con Julio Cortázar?

–Una cena que demostró, primero, la suerte que conllevaba ser el escudero de Alberti. Porque claro, un día cenabas con García Márquez, otro día veías a Joseph Brodsky, otro venía por aquí Carlos Fuentes, en fin. Ese día, era una cena en la que recuerdo estaba Rafael, Matilde Urrutia -la viuda de Pablo Neruda- la actriz Nuria Espert, el actor Paco Rabal. Y apareció Cortázar, que acababa de publicar su libro "Nicaragua tan violentamente dulce". Cortázar, rápidamente, con una amabilidad exquisita, se fijó en mí y empezó a preguntarme cosas, con esa voz tan profunda, pronunciando mal la erre porque tenía un problema de frenillo:” ¿vos también escribís? Aquí, al lado del gran cronopio, ¿cómo es eso?”. Y me dio un consejo maravilloso: "Vos apilá nomás". Nota aquí.



Los Pérez García

 


Leiva

 

José Saramago

 ‘Ensayo sobre la ceguera’: tres décadas del “libro más incómodo de José Saramago”

La obra más vendida del Nobel portugués, que escribió en Lanzarote tras exiliarse de Portugal, inauguró su ciclo de escritura alegórica.

“José Saramago empezó varias veces a escribir Ensayo sobre la ceguera, porque no se sentía confortable. Sabía lo que quería decir, quería hablar de un mundo donde estamos ciegos, ciegos que viendo no vemos. Pero no acababa de encontrar el tono. Fue su libro incómodo, el que más le costó”. Lo halló, halló el tono. Y lloró cuando lo estaba terminando. Al acabarlo, en 1995, José Saramago dijo, simplemente: “Acabé”. Se lo dijo a Pilar del Río, su mujer. Era la noche, y él respiró.

“Era su libro de rebeldía”, dice Pilar del Río (escritora, periodista, presidenta de la Fundación José Saramago), sentada en el mismo lugar en que su marido, muerto en Lanzarote en 2010, reposaba cuando recalaba a Madrid desde cualquiera de sus viajes largos, o de Lisboa y de Lanzarote. Se exilió de Lisboa para vivir en la isla con su mujer. El gobierno de derechas de su país le negó en 1993 la presentación a un premio internacional de su libro El Evangelio según Jesucristo. Se instalaron en la isla de César Manrique, que murió en un accidente cuando el escritor y el pintor se iban a conocer.

En aquella casa de Tías, donde vivieron desde entonces, escribió el que luego sería premio Nobel el libro más arriesgado de su vida. “Le dedicó mucho tiempo al Evangelio… Aquello le aturdió, le dejó vacío, de tal forma que solo se podía seguir con un libro de rebeldía, de discrepancia, como Ensayo sobre la ceguera…”, recuerda Del Río.

“No acababa de encontrar el tono. ¿Serán todos ciegos, serán ciegos de varias generaciones? Hubo un momento en el que lo tuvo todo claro. Esas personas se irían cegando… Cuando una mujer finge que se queda ciega para acompañar al marido que ya lo está, a él se le iluminó la novela. ‘Yo voy contigo’, le dijo”. Y aquella mujer fue la que acompañó a todos los ciegos, hasta que acaba el libro. Ella le descubrió a José la novela que él estaba esperando”, recuerda Del Río. Se han cumplido ya tres décadas desde que salió a la calle.

Saramago escribía tres folios al día. “Me los pasaba cuando los imprimía. No me decía qué iba a escribir a continuación, porque ignoraba él mismo lo que ocurría con su imaginación y con su escritura”. Él había escrito ya El Evangelio… Se estaba reponiendo del maltrato recibido por las autoridades entonces conservadoras de su país. “Entró en un bar de Lisboa, me estaba esperando, estaba solo, y de pronto sintió esta pregunta: ‘¿Y si fuéramos todos ciegos? Lo marcaba aún el runrún del Evangelio… Se dijo: `Es que hemos llegado a Marte y no sabemos llegar a nuestros semejantes’. Ahí empezó a crecer este libro que es de un gran humanismo”. Nota aquí.






Alex Ubago

 


La M.O.D.A

 

José María Pérez González

 Peridis, investido doctor ‘honoris causa’ en Santander: “Nada mejor que la cultura para dar una buena noticia”

El dibujante, humorista y viñetista de EL PAÍS es reconocido por su “extraordinaria labor de defensa del patrimonio artístico y cultural”

El dibujante, humorista y viñetista de EL PAÍS José María Pérez González, conocido como Peridis, ha sido investido este lunes como doctor honoris causa en Humanidades de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), en donde ha afirmado que “no hay nada mejor que la cultura para dar una buena noticia”.

En un acto solemne en el Palacio de La Magdalena de Santander, el escritor ha sido reconocido por su “extraordinaria labor” de defensa del patrimonio artístico y cultural. La profesora Mar Marcos Sánchez, catedrática de Historia Antigua y vicerrectora de Coordinación y Comunicación de la Universidad de Cantabria y que ha sido la madrina de Peridis, ha pronunciado la laudatio, en la que ha destacado que el escritor recibe este honoris causa porque es un creador “que no aburre nunca”, y una persona capaz de crear cosas duraderas “con originalidad, trascendencia y una mirada positiva de la vida”.

“Pese a que su faceta más popular es la de dibujante, por dar vida a sus animalillos políticos, con más de 30.000 viñetas, es una persona que aúna divulgación cultural, literatura y humor”, ha apuntado Marcos. La gran mayoría de esas viñetas las ha realizado en este periódico: Peridis se unió a EL PAÍS cuando este diario nació, el 4 de mayo de 1976. Nunca ha dejado de pintar lo que le dice su pasión por interrogar cada día —con sus dibujos— lo que ocurre en el mundo que ve.

Durante su intervención, Peridis ha subrayado que en la vida su sostén ha sido su familia, y ha hablado de cómo fue su llegada a Madrid saliendo de Aguilar de Campoo y sus recuerdos durante la restauración del monasterio de Santa María la Real. El dibujante y también arquitecto ha apuntado que la restauración del monasterio fue posible gracias al trabajo colectivo, puesto que los jóvenes de Aguilar de Campoo fueron quienes empezaron a levantar las piedras.

El humorista ha subrayado que entre los estudiantes de Erasmus de Europa “hay tortas” para ir a Aguilar “porque lo llaman Hogwarts”. “Cuando llegan allí les fascina que es más antiguo que el castillo imaginario de Harry Potter. Eso tiene una profundidad muy grande, nosotros hemos hecho la magia”, ha indicado. Por último, el viñetista gráfico de EL PAÍS ha recordado unas palabras de Miguel de Unamuno, y es que “hasta una ruina puede ser una esperanza”.

El rector de la UIMP, Ángel Pelayo, ha afirmado que lo sucedido este lunes se trata de “un reconocimiento a una trayectoria universal y humana”, porque Peridis “ha mejorado la sociedad”. “Pocas personas representan mejor los valores de esta universidad que Peridis”, ha concluido. Nota aquí.



Dani Flaco

 


Rolo Sartorio

 

Eduardo Sacheri

 “El deporte es una sublimación de la guerra”

duardo Sacheri (1967) se presenta con puntualidad sajona para la entrevista con LA NACION, en el barrio de San Telmo. Viene de Castelar, la ciudad en la que nació y en la que todavía vive, la ciudad de la infancia, del fútbol en la calle y los amigos del barrio; el lugar en el que viven su madre y sus hermanos; la ciudad en la que escribe ficciones, ensayos y guiones que maravillan al público y la crítica, y lo colocan en el podio de los narradores más leídos.

No se considera escritor por vocación, sino “por accidente”, por lo tanto, nunca imaginó este presente de reconocimiento, premios y libros traducidos a veinte idiomas. “En el fondo, yo escribo para mí. Entonces, no deja de maravillarme y al mismo tiempo de extrañarme que cosas que hago para mí puedan interesarles a otros”, dice Sacheri, como si ese hechizo pudiera romperse de un momento a otro. Probablemente, tampoco imaginó que tres de sus novelas, Papeles en el viento, La noche de la usina y La pregunta de sus ojos, iban a ser llevadas al cine y que una de ellas –El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella y en la que Sacheri participó como guionista–, se iba a alzar con el premio Oscar a la mejor película extranjera en 2010.

Hace poco presentó Demasiado lejos, una de sus dos novelas sobre la Guerra de Malvinas, en la Feria del Libro de Madrid. La reivindicación de Malvinas, el partido de Argentina contra Inglaterra de 1986 con Maradona –“una reparación simbólica en una Argentina que también se estaba reparando”- y este último partido, con Messi, atravesarán inevitablemente esta conversación. “No lo viví como el partido del 86, con ese nivel de ansiedad y hasta, te diría, de angustia, pero tampoco lo viví como cualquiera de los otros partidos del Mundial (…). Me parece bien que la sociedad argentina recuerde a sus veteranos de guerra y a sus caídos y a sus familias. Y también me parece bien que tengamos una aproximación un poco más ‘reparada’. Hacer un duelo también es eso. Un duelo más o menos sano es que las cosas que te duelen te vayan doliendo de un modo diferente y que seas capaz de dejar atrás lo peor o lo más trágico del dolor. Entonces, en ese sentido, me parece que la vivencia de este partido fue muy fuerte, pero no exactamente a la del 86”.

Ahora, en la Argentina, acaba de publicar Los días de la Constitución 1852-1880 (Alfaguara), el tercer libro de una saga de divulgación histórica que comenzó con Los días de la Revolución. 1806-1820, Los días de la violencia. 1820-1852 y culminará con un cuarto texto, Los días del progreso 1880-1916. Estos ensayos pueden leerse, de algún modo, como una extensión o un complemento de las clases de historia que el escritor ya no dará, después de toda una vida dedicada a la docencia.

“Yo estoy de salida de la docencia, no solo por mi edad, sino porque siento que la filosofía del sistema educativo en la provincia de Buenos Aires va en una dirección en la que yo no creo. Un sistema educativo obsesionado por la retención ha perdido de vista todos los otros objetivos”, explica Sacheri, profesor de Historia con treinta años de docencia universitaria y secundaria. Le gustan el aula y el contacto personal con los alumnos, pero considera que se ha cumplido un ciclo y siente que no encaja.

Incondicional hincha de Independiente y apasionado por el fútbol –un amor que atraviesa radicalmente su vida y su obra– Sacheri compartió con su padre, que murió cuando él tenía 10 años, la devoción por el Rojo.

“Los goles de Maradona en el 86 fueron una reparación simbólica en una Argentina que también se estaba reparando”

Las infinitas formas del duelo y la conversación en ausencia con los seres amados que hemos perdido tendrán un espacio en la conversación. “El de mi papá fue mi duelo fundante, pero todos estamos habitados por un montón de duelos, pérdidas y despedidas que no solo tienen que ver con la muerte de nuestros seres queridos. A veces perdés gente a la que quisiste, pero no porque se muere, sino porque te peleás, porque te distanciás. Hay muchos duelos: sueños que uno tuvo y no los tiene más, y uno los extraña, pero ya no los sueña. O deseos que tuviste y ya no deseás. Eso también es un duelo”, reflexiona Sacheri.

Pocos días después de la final del Mundial de Fútbol en la que la Argentina se quedó con el segundo puesto, Sacheri comparte su estado de ánimo, atravesado por sensaciones contradictorias: la inevitable tristeza por la derrota final y, al mismo tiempo, la admiración conmovida y la gratitud eterna a la figura de Messi. “Me parece que no solo ha sido un artista como futbolista, sino que ha sido extremadamente humilde en su manera de trabajar. Siempre mostró no solo una belleza técnica descomunal para jugar, sino una unión emocional con sus compañeros, que también me pareció siempre muy destacable. Y lo que hizo en los últimos años con la Selección argentina fue ponerle un broche de oro a una carrera legendaria (…) Me genera asombro, respeto y gratitud”, dice Sacheri, en días en los que se ha montado y magnificado una campaña de odio a la Argentina, a su seleccionado y al propio Messi. “Han convertido a la Argentina en un villano, en un monstruo”.

–Hace poco presentaste en España Demasiado lejos, una de tus dos novelas sobre la Guerra de Malvinas. ¿Qué preguntas tienen los españoles sobre este tema?

–En general, fuera de la Argentina, antes de explicar la Guerra de Malvinas, hay que explicar Malvinas: Malvinas en tanto deseo, causa, reivindicación, sentimiento colectivo. Después uno inscribe la guerra, lo que pasó con la sociedad argentina durante la guerra y esa cosa incómoda de entusiasmo, apoyo, oxígeno y compromiso que le dio la sociedad a la dictadura en el momento casi final. En Hispanoamérica, siendo todos herederos del mismo imperio, con la misma lengua y la misma religión, el nacionalismo tiene más que ver con lo territorial, que es casi el único anclaje profundo de lo nacional. La cuestión territorial sí ha sido motivo de diligencia. Las guerras sudamericanas posindependentistas son territoriales: la Guerra del Pacífico, la Guerra del Chaco, la Guerra del Paraguay. Entonces, primero hay que explicar eso y después hablar de lo que es una guerra en sí misma, la sociedad vinculándose con una guerra, o los soldados viviendo una guerra. Eso les pasó a todos. Los españoles pueden asociarlo a la guerra civil y los colombianos, al tema de la guerrilla, pero todos vivieron guerras. Cada país tiene la suya.

–En las novelas, a diferencia de los libros de historia, el autor puede darse permisos para jugar. ¿Qué temas personales se ponen en juego en las ficciones?

–Vos usás una palabra que me parece clave que es “juego”. Y agregaría otra que asocio al juego que es “libertad”: la libertad del juego. Y agregaría otra dimensión más que es “lo subjetivo”, lo humano en tanto experiencia individual, los sentimientos y las emociones, a diferencia del enfoque de la Historia que, en principio, tiene mucho más que ver con lo colectivo, con lo estructural, con lo general, con las regularidades, no con la excepción. La novela permite contar las excepciones. En el fondo, las personas somos excepciones. Creo que la novela es el lugar para pensar en las excepciones que somos. Sin embargo, me gusta que el telón de fondo de las personas sea la historia real porque ni vos ni yo somos ajenos a la historia colectiva. Nuestras vidas tienen una parte que está completamente condicionada e influida por la historia colectiva, pero también tienen una parte íntima, personal y vincular. Nota aquí.





Fito Mansilla

 


Edgar Oceransky & Inma Serrano

 

Manolo Solo

 Muere a los 62 años Manolo Solo, popular actor ganador de un Goya

El intérprete participó en películas como ‘Tarde para la ira’, ‘El buen patrón’ o ‘B, la película’, y muy recientemente en la serie ‘Anatomía de un instante’

El actor Manolo Solo, de nombre real Manuel Jesús Fernández Serrano, ha muerto este jueves a los 62 años víctima de un cáncer, ha informado la Academia de Cine. Nacido en Algeciras (Cádiz), Solo, uno de los rostros más populares del cine español —hubo años en los que trabajó en 15 producciones diferentes—, participó en numerosas obras de teatro y películas y ganó el Goya a mejor actor de reparto en 2017 por Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, aunque Solo aparecía únicamente siete minutos.

Personaje muy querido, de esos intérpretes que parecen estar por todas partes, su fallecimiento ha causado sorpresa y conmoción tanto en el mundillo actoral como entre los espectadores, que han llenado de mensajes las redes sociales. “Durante sus más de 30 años de carrera, Manolo demostró ser uno de los mejores de su generación, un grandísimo profesional y un gran compañero. Manolo no dejó de trabajar hasta sus últimos días”, han afirmado desde su agencia de representación. Otros mensajes de pésame han venido de los actores Santiago Segura, Miguel Ángel Muñoz, Juan Diego Botto o Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía. Desde la entidad Artistas Intérpretes, Entidad de Gestión de Derechos de Propiedad Intelectual (Aisge) han destacado su “talento estratosférico” y “sagacidad fuera de lo común”.

Su muerte ha dejado especialmente conmocionado a su círculo más cercano en Sevilla, donde se crio y vivió durante tres décadas, hasta que se trasladó a Madrid, informa Marta Maldonado. “Sobre todo era mi amigo”, es lo que ha querido destacar en declaraciones a EL PAÍS el cineasta Alberto Rodríguez, profundamente afectado por la noticia, que lo dirigió en la reciente miniserie Anatomía de un instante o la película La isla mínima, donde también coincidió con Rafa Cobos como guionista, que resume así el sentir de la profesión ante esta abrupta despedida: “Es un momento muy difícil, estamos hechos polvo”.

Lo mismo apunta el director Santi Amodeo, con quien también trabajó en varios proyectos: “Con Manolo se va parte de mi biografía. Estuvimos tocando juntos durante años en [el grupo musical] Los Relicarios, allá por los noventa. Estuvo en mi primera película en solitario, Astronautas, y en la última, El cielo de los animales. Aquí le llegó el cáncer. Y me pidió esperarle. Yo, optimista por naturaleza, le esperé. Le operaron y se curó. Hizo un papelón. Todavía me conmueve verlo. Hace poco descubrimos que no, que no se curó. Una gran pérdida, de las que duelen”.

Aunque destacó como actor de reparto, Solo también hizo papeles protagónicos, muy notablemente en Cerrar los ojos, de Víctor Erice, en el que interpretaba, frente a José Coronado, a un director sin películas. El filme tuvo gran repercusión internacional al ser la esperada vuelta a la dirección de un cineasta de culto como Erice. Recientemente, Solo había participado en la miniserie Anatomía de un instante, basada en la obra del escritor Javier Cercas sobre el golpe de Estado del 23F de 1981, en la que interpretaba al general Gutiérrez Mellado. Otro de sus últimos trabajos fue en Una quinta portuguesa, de Avelina Prat, donde encarnó a un triste profesor universitario de Geografía, perdido en los laberintos de la erudición y abandonado por su pareja. En el último festival de Cannes tuvo buena acogida Aquí, de Tiago Guedes, basada en la obra de J. M. Coetzee, donde Solo realizó un trabajo muy celebrado. La película aún no ha llegado a las salas de cine.

Curiosamente, Solo no quería hacer el papel que le dio su Goya en Tarde para la ira —el Triana—, un toxicómano marginal y fácil de caricaturizar, según contó en una entrevista con este periódico. Y eso que Arévalo, el director, se lo había ofrecido ocho años antes. “Era un personaje con el que te podías lucir o te ibas a partir la cara, y yo estaba seguro de que me la partía”, dijo Solo. Finalmente, le llevó a subirse al escenario de los Goya para levantar el trofeo, dar un discurso... y bloquearse. “Me sobrepasó completamente. Hubo un momento en que me dirigía a Raúl sin verlo, como si el escenario hubiese girado o algo. No sabía ya ni dónde estaba sentado para ubicarme bien, era tremendo”, recordaba.

Además de su Goya en 2017, estuvo nominado en otras ocasiones: por su trabajo en B, la película, de David Ilundain, donde interpretaba al juez Ruz, que instruyó el caso Bárcenas, por su papel en El buen patrón, de Fernando León de Aranoa, como mano derecha del empresario déspota que encarnaba Javier Bardem. Nota aquí.



César de Centi

 


Glen Hansard

 

Carlos Núñez

 Adiós querido Glen! Hace muy poquito tiempo hablábamos de las cosas que valen la pena en la vida, incluso de construir nuevos sueños juntos. Siempre continuarás con nosotros en el barco celta.



María José Hernández

 


Franco Baresi

 Muere Franco Baresi, histórico capitán del Milan y leyenda del fútbol italiano

El mítico jugador, uno de los mejores defensas de la historia, ganó multitud de títulos en el club ‘rossonero’, así como el Mundial de España 82 con la Azzurra

Franco Baresi, leyenda del Milan y de la selección italiana, uno de los mejores defensas de la historia del fútbol mundial, ha muerto este viernes a los 66 años, según ha informado su club, por una enfermedad pulmonar. “La historia del Milan está en lágrimas por el fallecimiento de Franco Baresi. Su ejemplo y su profundidad serán, para siempre, al igual que la camiseta con el número 6, parte integrante y fundamental del ADN y del recorrido de todo el club”, anunció el club rossonero. Y añadió: “Las condolencias que el AC Milan expresa a toda la familia de Franco Baresi son las mismas que cada aficionado rossonero se hace a sí mismo en un momento tan difícil como este”.

Cualquier aficionado con algunos años recuerda su estampa poderosa, su rostro antiguo de gladiador, con la camiseta por fuera, su autoridad robando balones con una prodigiosa capacidad de anticipación y de lectura del juego, su omnipresencia en el área como líbero, término que en la imaginación infantil siempre tenía connotaciones épicas. Ya era un clásico siendo joven. Fue un pilar del histórico Milan de Sacchi y de Capello de los ochenta y noventa —línea de defensa mítica con Tassotti, Costacurta y Maldini—, y de la selección azzurra, hasta colgar las botas nada menos que en 1997, con 37 años. Era aparentemente indestructible, de hierro, y aún se recuerda que 25 días después de operarse del menisco jugó la final de Pasadena del Mundial del 1994 contra Brasil. Neutralizó nada menos que a Romario y Bebeto, pero luego falló el primer tiro en la tanda de penaltis y acabó entre lágrimas, otro episodio de la leyenda.

Baresi (Travagliato, 1960), de familia humilde de campesinos de la llanura padana de la comarca de Brescia, tuvo una infancia dura, pero feliz, y su lucha por salir adelante marcó luego su carácter tenaz e incansable como futbolista. Huérfano de madre a los 13 años y de padre a los 17, pegaba patadas al balón en el campo de fútbol de su parroquia y llamaba la atención, aunque era bajito (luego llegó a 1,76) y en las pruebas de los grandes clubes lo acababan desdeñando. Le llamaban el Piscinin, el pequeñín, en dialecto milanés. También era Franchino, dicho con todo el cariño del mundo, porque para los aficionados del Milan era como de la familia, era el capitano, el mito.

Baresi es uno de esos casos de simbiosis destinadas a ser eternas que a veces produce el fútbol entre un jugador y un equipo, como Totti y la Roma. Al final ha estado en el Milan medio siglo, como jugador y luego con cargos directivos. Fue la única camiseta que vistió en su vida, esa y la de la nazionale. En Italia no hay tantas cosas que se puedan dar por seguras o transmitan confianza, pero Baresi era una de ellas, con él atrás no pasaba nadie, y por eso se convirtió en una institución, mucho más que algunas de las oficiales. Este viernes en Italia se vive un luto nacional. Nota aquí.


El Roto

 


jueves, julio 30, 2026

Glen Hansard

 


Luis Fercán

 No sé muy bien qué escribir porque baila alrededor una sensación extraña muy difícil de explicar.

Ayer se fue una parte importante de la música, un pilar y, para mí, el mejor y uno de los últimos trovadores.
Siempre salí de sus conciertos creyendo más en la música, y sin saber muy bien por qué, sabiendo que había visto algo importante, importante de verdad.
Me enseñó a entender las canciones como las entiendo, a vivirlas como las vivo, a base de intentar entenderlas y vivirlas como lo hacía él.
La música es para algunos una necesidad y un lugar al que agarrarse, y la suya será siempre el otro extremo de mi cuerda, un lugar al que volver.
Por eso mi homenaje no será sólo cantar tus canciones, Glen, por suerte podré cantar las mías y verte un poco en cada una de ellas.
Ojalá te sea leve.
Aquí nos quedamos unos cuantos siguiendo tu inevitable legado.



Mikel Erentxun

 


Bono & Glen Hansard

 

Depedro

 En los buenos viejos tiempos, con la familia Calexico, tenemos el placer de hacer música juntos con grandes personas. Glenn, te vamos a extrañar. En esta foto también está el gigante Curtis Fowlkes, nunca sabemos cuán preciosos son los momentos que estamos viviendo. RIP





Benjamín Prado

 


Glen Hansard

 

Joan Camps

 Me han robado las palabras. Este mediodía se ha roto algo en mi pecho al conocer la muerte del cantautor Glen Hansard. A los 56 años. Por un maldito accidente de moto.

Hoy la vida me parece demasiado injusta y cruel.
Uno de los más grandes. Maestro de maestros. Como muchos y muchas lo descubrí con el precioso film "Once", una película imprescindible que he visionado muchísimas veces, con una BSO inigualable. Desde entonces ya se quedó ahí como una parte de mi vida.
Viví dos conciertos suyos en directo. Uno fue hace ya muchos años, del otro hace apenas dos años justos. Los dos están entre los mejores momentos musicales que he disfrutado. Sus conciertos eran algo increíble, auténticos regalos en todos los sentidos. Ahora son recuerdos irrepetibles.
Veo a muchos amigos y amigas y referentes de la poesía y la canción de autor desolados. No es para menos. Se nos va un artista que era pura inspiración. Se va demasiado joven y de golpe. Hoy la vida me parece demasiado injusta y cruel.
Gracias por tanto, Glen. No te vamos a olvidar jamás



Revolver

 


Glen Hansard & Marketa Irglova

 

Glen Hansard

 Muere el músico Glen Hansard, protagonista de ‘Once’ y ganador del Oscar, tras un accidente de moto

El cantante irlandés, líder de la banda The Frames, ha fallecido este miércoles en Dublín a los 56 años

El destino, siempre tan predispuesto a dar sorpresas desagradables, no ha querido que el mes de julio se marchara sin sacudirnos con la pérdida repentina del artista irlandés de folk-rock Glen Hansard, de 56 años, músico de influjo colosal entre los aficionados a la canción de autor, uno de los más brillantes y emotivos escritores de canciones que había conocido el siglo XXI y hombre asociado para siempre a aquel emocionantísimo Falling slowly que en 2007 se erigió en la pieza central de la película Once y unos meses más tarde se coronaría en Hollywood con el Oscar a la mejor canción de aquella temporada. Hansard sufrió en la madrugada del miércoles un grave accidente de motocicleta en Lucan, a las afueras de su Dublín natal, y los servicios de emergencias no pudieron hacer nada por su vida.

El hombre que lideró The Frames (una de las bandas irlandesas más exitosas e influyentes en el tránsito entre siglos) y compartió protagonismo con la checa Markéta Irglová, durante algún tiempo su pareja, en otro dúo de enorme calado sentimental, The Swell Season, deja un legado de nueve álbumes con estas dos formaciones y cinco elepés en solitario. Hace menos de un mes había publicado Don’t settle (Transmissions East / Transmissions West), doble elepé en directo en dos entregas independientes que recogía su paso por el Funkhaus berlinés de abril de 2025, un fin de semana que aprovechó para celebrar con esa pasión que tanto le caracterizaba su cumpleaños número 55. El álbum se convierte ahora en inesperado testamento de su escritura inconfundible, siempre entre la ternura y la visceralidad, muy impregnada por la escuela del celtic soul de su admirado Van Morrison, por la música tradicional de la isla esmeralda y por el rock enrabietado de los años noventa, una afinidad que propiciaría una conexión entrañable con el líder de Pearl Jam, Eddie Vedder, con el que compartió escenario en docenas de ocasiones.

La última visita de Glen a los escenarios españoles tuvo lugar en el verano de 2024, en Valencia, Santiago de Compostela, Vitoria, Madrid y Barcelona, con motivo de su quinto álbum solista, All that was East is West of me now, un epígrafe que ahora adquiere unas resonancias conmovedoras. Aquel título (Todo lo que era Este ahora está al Oeste de mí) era una alusión poética al tránsito por la segunda mitad de la vida, pero nadie podía imaginar que a un hombre aún al comienzo de su quinta década, recién casado con la poeta finlandesa Maire Saaritsa y con un chiquillo, Christy, que acaba de cumplir tres años, estaba escribiendo las últimas páginas de su devenir vital. Cuesta aún creerlo, más en un momento en que el dublinés atravesaba un momento particularmente dulce de reconocimiento y ajetreo artístico: en 2025 había retomado con Irglová el pulso de The Swell Season con un inesperado tercer elepé, el precioso Forward, y miles de personas le habían descubierto a finales de 2023 en el funeral de Shane McGowan, líder de The Pogues, cuando interpretó junto a Lisa O’Neill una fabulosa versión de Fairytale of New York.

La trayectoria de Hansard siempre fue así, una carrera de fondo con picos súbitos de popularidad: los números 1 al final de los años noventa con The Frame, el Oscar de Hollywood, el dúo con Vedder, el funeral de McGowan. A él, que se había dado a conocer con una participación secundaria en la película The Commitments (1991) y se había forjado como músico callejero durante cientos de horas en Grafton Street, la calle peatonal más popular de Dublín, le impresionaban muy poco los focos y los oropeles. Al contrario, seguía utilizando a menudo una vieja guitarra desvencijada con un gran agujero en la caja de resonancia, se permitía discos ásperos incluso para sus seguidores más fieles (This wild willing, 2019) y huía de las concesiones a la galería. En los dos volúmenes del disco en directo Don’t settle, de hecho, no aparecen ni su tantas veces celebrada Falling slowly ni su probablemente más desgarradora canción en solitario, la bellísima y desoladora Bird of sorrow, que incluyó en su primer elepé con nombre propio (Rhythm and repose, 2012).

El hechizo envolvente de Falling slowly no solo bendijo la película de John Carney que la incluía, Once, sino que catapultó a Hansard e Irglová, protagonistas de un largometraje con briznas autobiográficas, y acabaría propiciando cuatro años más tarde una versión del filme como musical en Broadway bendecido con ocho premios Tony. Glen fue desde entonces un nombre recurrente en los festivales españoles (el madrileño Noches del Botánico le dedicó este mismo miércoles una dolorosa despedida) y un músico muy admirado desde dentro de la profesión: trovadores españoles como Quique González o Ismael Serrano nunca disimularon su fascinación por el autor de temas como When your mind’s made up, Revelate, Didn’t he ramble o The feast of St. John.

El propio Glen también cultivó el reconocimiento a sus mayores certificando versiones prodigiosas de Van Morrison (Into the mystic), The Band (The weight) o Bruce Springsteen, del que convirtió su Drive all night en el título principal de un inesperado y hoy cotizado EP de 2013. Entre las docenas de muestras de dolor que su trágica desaparición dejó durante todo el día destaca la del ministro de Cultura irlandés, Patrick O’Donovan, con un resumen a la altura de los mejores análisis especializados: “Glen impregnó de pasión y vulnerabilidad cada nota, y su huella pervivirá durante generaciones en la música irlandesa, aunque se haya marchado demasiado pronto”. Nota aquí.





Morgan

 


Carlos Sadness & Jósean Log

 

Andrés Suárez

 Tenías 56 años. Tenías un hijo. Estabas casado. Acababas de grabar Don´t Settle, uno de los mejores discos grabados en directo de la historia. Estabas cantando y tocando mejor que nunca. Me enseñaste lo que es este oficio. Me enseñaste la dinámica. Me enseñaste a salir a la puerta después del concierto a darle la mano a cada persona del Vicar Street.

No querías firmarme la guitarra, me preguntaste tres veces si estaba seguro. Estoy seguro, Glen.
Me preguntabas si “había sonado bien” cuando terminaba el concierto. Estabas obsesionado con el sonido, con la perfección. Fuiste el artista más grande y más humilde al que le di un abrazo.
Quiero que vuelvas a ruborizarte cuando te diga en mi mal inglés que “eres el cantautor más grande de todos los tiempos, más que Bob Dylan”. Quiero decirte lo agradecidos que están mis padres por lo que hiciste por mí en Dublín y en Ferrol.
Ojalá alguno de los tuyos consiga superarlo algún día. Yo estaré aquí con mi vieja Takamine, honrándote. Te lo prometo.
Cambiaste la historia de la música. Tenías 56 años, eras el cantautor más grande de todos los tiempos y un accidente de moto se lo llevó todo.
Quiero que vuelvas a gritar. Quiero matar a la muerte con mis manos. No quiero volver a mirar las estrellas. Quiero que vivas.
Quiero que vivas.