Un corazón
desbocado, golpea como un trueno
retumba en el vacío de mi pecho,
duda a veces si vive o si se para
harto ya de este eco de sí mismo.
Lo escucho por las noches en la cama,
casi igual al compás de mi reloj.
Corazón que sufrió de mal de amores,
que aceleró sus pasos cuando ella
aparecía sonriendo por la calle,
sobresaltado, ardiente en el instante
del abrazo y la gloria de los cuerpos.
Mi pobre corazón. Ya no consigue
galopar en la dicha de la carne,
en la pasión de piel desconocida,
ni siquiera consigue atropellarse
al encontrar la boca que lo nombra.
Busco mi corazón que vive en todo:
en la suave caricia de unas manos,
en la calle dormida, en la ternura
de los niños que gritan y que besan,
en el vaso de vino con amigos,
en el cielo que guarda y nos arropa,
en la luz de los amores en pijama.
(Y ¿qué importa ese latido del infierno
si la vida me lleva de la mano?)

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