domingo, marzo 22, 2026

Gabriel Plaul

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Anoche tuve un sueño.
En la pared de la habitación del hospital, casi frente a mis ojos, hay un reloj enorme. Me despierto de madrugada, lo miro: tres. Vuelvo a dormirme. Más tarde despierto otra vez: cuatro.
Entre el cansancio y el sueño volví a quedarme dormido.
Soñé que estaba en Buenos Aires con un amigo, tomando un café al costado del Puente Pueyrredón, del lado de Barracas. En la mesa había un reloj grande.
De repente mi amigo dijo:
—Mirá el cielo… ¿qué es eso?
Una nave lanzó dos proyectiles que caen del lado del riachuelo. En el instante de la explosión, el reloj estalló en mil pedazos.
Me desperté agitado. Miré el reloj de la pared, marcaba las seis.
Pensé en la guerra. En las decenas de guerras que hay en el mundo. En los millones gastados en misiles, en bombas, en poder.
¿Por qué no gastar todo eso en aprender a vivir en paz?
Esta noche elegí dormirme pensando en esta imagen y deseando que algún día esa paz llegue para quedarse y que estos HDP dejen, de una vez por todas, de jugar a la guerra.



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