Razón y corazón
Era una máquina de pensar. Estabas a su lado y casi te parecía escuchar el tictaqueo de su cerebro incandescente.
No me ha dado tiempo a despedirme de ella. Y ahora sé que no puede tener tiempo suficiente para escribirle la nota de recuerdo que merece. Porque Sol Gallego-Díaz era enorme. Era, probablemente, una de las personas más grandes que he tenido el lujo de tratar en mi vida. Nos conocimos cuando ambas teníamos apenas 20 años, en las postrimerías del franquismo, mientras ella trabajaba en la agencia Pyresa y nuestra común amiga Malén Aznárez (también muerta: otro agujero de dolor) y yo colaborábamos en el Arriba, dos pisos más abajo en el mismo edificio. Por entonces sí que existía el tiempo, dilatado, turbulento, promisorio. Recuerdo a Sol con el pelo recogido en dos larguísimas trenzas de guerrera comanche. ¡Y esa cabeza deslumbrante! Habíamos nacido en el mismo año, pero ella siempre fue más inteligente, más madura, más sabia, más serena, no sólo que yo, sino que todo el mundo que yo conociera. Abría la boca Sol, incluso siendo tan joven, incluso con la informal liviandad de sus trenzas y su suave voz, y todos callaban y escuchaban. Una proeza increíble en aquellos tiempos en los que no se prestaba la menor atención a las mujeres.
Y era una cuidadora. Cuidaba con luminosa generosidad de su familia, de sus amigos, de los conocidos y los desconocidos, de la sociedad, del país, del mundo. A Sol le cabía la humanidad en la cabeza y ardía de ansias de convertir la realidad en algo más justo y más amable. Pero el suyo era un fuego sin excesos, sin gritos, sin imposiciones aparentes, aunque podía ser tremendamente cabezota cuando creía estar en lo cierto. Quería hacer el bien, quería hacer las cosas bien. Creo que Sol era una de esas almas viejas que, desde la niñez, vienen entregadas a una tarea. Y la suya, me parece, era vivir una vida digna; para lograr eso había que instruirse, y reflexionar mucho, y colaborar en un esfuerzo común para que la sociedad evolucionara dentro de la ética, dentro de ese conjunto de principios libertarios, sociales y humanistas que eran tan importantes para ella.
Era una máquina de pensar. Estabas a su lado y casi te parecía escuchar el tictaqueo de su cerebro incandescente. Llegó a ocupar puestos de gran importancia y visibilidad, pero siempre lo hizo, de alguna manera, contradiciendo su impulso natural, que era el de mantenerse en segundo plano. Y así, me consta que años antes de convertirse en la primera directora de EL PAÍS ya le habían ofrecido el puesto y lo había rechazado. Pero al final aceptó, porque nunca huía de su responsabilidad. Ni de sus afectos. Ay, Sol, Sol; siempre creíste que lo mejor de ti era tu formidable capacidad racional. Pero en realidad era mucho más grande tu corazón. Nota aquí.

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