jueves, junio 18, 2026

Fabián D. Cuesta

 Fabián: «Estar fuera» (2026)

Un disco de Fabián D. Cuesta, hombre de talento evidente y gusto finísimo, siempre es una noticia esperanzadora para la música en castellano, pero Estar fuera representa, además de 10 nuevos argumentos para creer a pie juntillas en su firmante, un doble motivo de satisfacción. Y de las grandes. Por un lado, representa el regreso del leonés siete años después de su anterior entrega, El rumor de los tiempos, un disco precioso que, inevitablemente, ya se nos iba difuminando en la memoria. Y, por otro, implica que su autor ha ido ahuyentando fantasmas, sacudiéndose zozobras y doblegando, al menos en unas cuantas batallas, a esos siniestros enemigos del espíritu que, desde su aparente invisibilidad, a tantos atenazan, acongojan y convierten la vida misma en un abismo cotidiano.

Por todo ello hay ahora tanto que celebrar con un álbum no ya hermoso, que lo vuelve a ser (¡como si eso fuera poco!), sino esperanzador y henchido de orgullo humilde. El trabajo de un trovador ultrasensible que regresa acaso sin grandes expectativas, y el mismo título de la colección así nos lo hace sospechar, pero sí con argumentos incontestables para quien tenga el buen criterio de dedicarle media hora larga a este cancionero menudo y adorable.

La conexión entre comunicador y oyente ya implica un guiño de complicidad añadida en el hecho de que Fabián haya optado por apartar su séptimo elepé de las plataformas, a las que apenas han llegado un par de adelantos, y animarnos a entablar contacto a través del formato físico y la descarga digital. Puede ser una manera de decirnos que, igual que nosotros añorábamos sus canciones, él también necesitaba de nuestro aliento y del abrazo: una reciprocidad insólita en tiempos de individualismos rampantes, baños de masas y burdo colegueo falsario en tantos cientos de posados con muchos más filtros que alma. Fabián Díez Cuesta prefiere, alabado sea, estrecharnos la mano y confiarnos desde muy cerca la calidez de sus susurros, el amor que destila esa garganta frágil y esperanzada.

Es un maestro Fabián en el arte de los tiempos medios y de la media voz, de las canciones que van empapándonos la memoria sin que nos percatemos de ello, en esa manera de duplicar las voces para hacerlas más cálidas y amorosas, para complementar el primor de sus guitarras acústicas, el compromiso para la ternura: esa para la que siempre debería haber tiempo. Con todo y eso, hay dos canciones aquí que elevan el pulso y el ánimo, que abrazan el pop pluscuamperfecto y deberían sonar bien alto en cualquier rincón, porque en ambos casos elevan el tiro rítmico, sonoro y estilístico. Hablamos de Estibadores en Baltimore y La noche es nuestra, estallidos de plenitud para cualquier público, ejemplos evidentes de lo que nos estamos perdiendo mientras Fabián siga siendo solo un nombre familiar para unos pocos curiosos bien informados.

Sigue produciendo ese aliado fiel que siempre será Juan Marigorta (Zabriskie), otro escribidor de trascendencia pública muy por debajo de su excelencia autoral. Y continúa escribiéndole Fabián a la esperanza y la resiliencia, a ese rearme interior que en Tarde de junio se afianza con uno de los versos más esclarecedores: “Vamos a seguir bailando mientras aún tengamos tiempo”. Son canciones de amor y canciones de lo cotidiano, incluso autoparodias como ¿Por qué tantos pájaros, Fabián?, donde el propio firmante se interroga por su pasión ornitológica a lo largo de seis deliciosos minutos de in crescendo. “Tienes que bailar si quieres que la música no pare”, nos resume este leonés artísticamente redivivo en otro título inequívoco, Tienes que bailar. Y hasta los más torpes bailaremos, Fabián, con tal de que no pare la música. El vals de Estar fuera, sin ir más lejos: tan quiquegonzalesco. Qué menos. Nota aquí.



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