Mostrando las entradas con la etiqueta Fernando Neira. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fernando Neira. Mostrar todas las entradas

domingo, agosto 23, 2026

Xoel López

 Estribillos como goles por la escuadra: el fútbol español renueva sus himnos

‘Voa’, la canción que Xoel López ha grabado para el Dépor, se suma a las aportaciones de C. Tangana, Sabina o El Arrebato para corear en los estadios. La acogida de esta nueva generación de melodías es hasta ahora desigual.

“Vuela, vuela contra el viento, Dépor. Y nosotros, a tu lado”. Así, con este mensaje directo, enfático y de hermanamiento colectivo, solo que en perfecto gallego (“Voa contra o vento, Dépor, e nós ao teu carón”), el Deportivo de A Coruña se propone encarar su regreso a la División de Honor después de ocho inacabables temporadas penando por categorías inferiores. El equipo gallego ha encargado la melodía que debe hermanar a la afición y acompañar las internadas en el área contraria del delantero Aubameyang al músico probablemente más célebre de la ciudad, Xoel López, deportivista confeso. La canción añade al estilo inconfundible del coruñés una vocación de aliento a una sola voz que la emparenta con You’ll Never Walk Alone, el temazo de Gerry & The Pacemakers que en 1963 las gradas de Anfield adoptaron espontáneamente como el himno para el Liverpool. ¿Sucederá algo así en Riazor? De momento, Voa se ha recibido con división de opiniones, como todo lo que tiene que ver con los asuntos de elevado voltaje emocional. Pero su mera existencia apuntala esa tímida tendencia por parte de algunos equipos con pedigrí (Celta de Vigo, Atlético de Madrid, Real Madrid) por actualizar la música que enardece a sus seguidores en el estadio local.

López (49 años), que de joven jugó al fútbol sin llegar a despuntar en esa faceta, nunca ha ocultado su filiación deportivista, inquebrantable incluso en los momentos menos propicios de la historia de un club más acostumbrado a las largas travesías del desierto que a los fogonazos de gloria. Por eso no pudo rechazar la oferta del equipo de sus amores, pese a llegar en un momento particularmente inoportuno. “Cuando me lo propusieron”, revela, “me llegó en pleno lanzamiento y promoción del nuevo disco [Oniria popular, abril de 2026] y en la preparación de su correspondiente gira. Es decir, estaba hasta arriba y mi primera reacción fue: ‘¡Mierda, qué marrón, qué mal momento!’. Pero no podía decir que no. Me hacía una ilusión enorme”.

Aquella misma noche, Xoel se sentó frente al papel y garabateó de un tirón “el 90%” de la letra definitiva. “Hice lo que me salió en ese instante, ¡ras! El resto fueron solo retoques”, recuerda. Con 201 canciones registradas hasta entonces en la SGAE, no le faltaba oficio, pero admite que un tema de encargo implica “una responsabilidad distinta a la que asumes habitualmente”. Y abunda: “Cuando compongo mis canciones, pienso que representan un sentimiento, lo que me emociona en un momento particular. Completas un disco y asumes que sus 10 o 12 cortes no gustarán por igual, que alguno se convertirá en la canción rarita. Pero aquí no hay margen. Voa tiene que gustar. Con un himno te lo juegas todo a una carta”.

Y Voa reúne, en efecto, no pocas características propicias para conjugar la calidad musical —que nadie hasta ahora le ha discutido— con esos elementos de fervor, pasión e identidad balompédica y geográfica que se le supone a una obra de estas características. Por lo pronto, comienza con el propio estribillo, la parte más cantabile de la melodía, para que el aficionado se sume a la causa desde el primer segundo. Aporta redoble de tambores, banda de gaitas, revestimiento sinfónico y eufóricos coros infantiles, en un despliegue de efectivos muy infrecuente para una misma canción de pop. Y, lo más inesperado y sorprendente de todo, un poco después del segundo minuto introduce un interludio folclórico de 30 segundos con forma de xota tradicional y abundantes aturuxos, esos gritos agudos femeninos tan característicos de la música gallega. Nota aquí.






jueves, julio 30, 2026

Glen Hansard

 Muere el músico Glen Hansard, protagonista de ‘Once’ y ganador del Oscar, tras un accidente de moto

El cantante irlandés, líder de la banda The Frames, ha fallecido este miércoles en Dublín a los 56 años

El destino, siempre tan predispuesto a dar sorpresas desagradables, no ha querido que el mes de julio se marchara sin sacudirnos con la pérdida repentina del artista irlandés de folk-rock Glen Hansard, de 56 años, músico de influjo colosal entre los aficionados a la canción de autor, uno de los más brillantes y emotivos escritores de canciones que había conocido el siglo XXI y hombre asociado para siempre a aquel emocionantísimo Falling slowly que en 2007 se erigió en la pieza central de la película Once y unos meses más tarde se coronaría en Hollywood con el Oscar a la mejor canción de aquella temporada. Hansard sufrió en la madrugada del miércoles un grave accidente de motocicleta en Lucan, a las afueras de su Dublín natal, y los servicios de emergencias no pudieron hacer nada por su vida.

El hombre que lideró The Frames (una de las bandas irlandesas más exitosas e influyentes en el tránsito entre siglos) y compartió protagonismo con la checa Markéta Irglová, durante algún tiempo su pareja, en otro dúo de enorme calado sentimental, The Swell Season, deja un legado de nueve álbumes con estas dos formaciones y cinco elepés en solitario. Hace menos de un mes había publicado Don’t settle (Transmissions East / Transmissions West), doble elepé en directo en dos entregas independientes que recogía su paso por el Funkhaus berlinés de abril de 2025, un fin de semana que aprovechó para celebrar con esa pasión que tanto le caracterizaba su cumpleaños número 55. El álbum se convierte ahora en inesperado testamento de su escritura inconfundible, siempre entre la ternura y la visceralidad, muy impregnada por la escuela del celtic soul de su admirado Van Morrison, por la música tradicional de la isla esmeralda y por el rock enrabietado de los años noventa, una afinidad que propiciaría una conexión entrañable con el líder de Pearl Jam, Eddie Vedder, con el que compartió escenario en docenas de ocasiones.

La última visita de Glen a los escenarios españoles tuvo lugar en el verano de 2024, en Valencia, Santiago de Compostela, Vitoria, Madrid y Barcelona, con motivo de su quinto álbum solista, All that was East is West of me now, un epígrafe que ahora adquiere unas resonancias conmovedoras. Aquel título (Todo lo que era Este ahora está al Oeste de mí) era una alusión poética al tránsito por la segunda mitad de la vida, pero nadie podía imaginar que a un hombre aún al comienzo de su quinta década, recién casado con la poeta finlandesa Maire Saaritsa y con un chiquillo, Christy, que acaba de cumplir tres años, estaba escribiendo las últimas páginas de su devenir vital. Cuesta aún creerlo, más en un momento en que el dublinés atravesaba un momento particularmente dulce de reconocimiento y ajetreo artístico: en 2025 había retomado con Irglová el pulso de The Swell Season con un inesperado tercer elepé, el precioso Forward, y miles de personas le habían descubierto a finales de 2023 en el funeral de Shane McGowan, líder de The Pogues, cuando interpretó junto a Lisa O’Neill una fabulosa versión de Fairytale of New York.

La trayectoria de Hansard siempre fue así, una carrera de fondo con picos súbitos de popularidad: los números 1 al final de los años noventa con The Frame, el Oscar de Hollywood, el dúo con Vedder, el funeral de McGowan. A él, que se había dado a conocer con una participación secundaria en la película The Commitments (1991) y se había forjado como músico callejero durante cientos de horas en Grafton Street, la calle peatonal más popular de Dublín, le impresionaban muy poco los focos y los oropeles. Al contrario, seguía utilizando a menudo una vieja guitarra desvencijada con un gran agujero en la caja de resonancia, se permitía discos ásperos incluso para sus seguidores más fieles (This wild willing, 2019) y huía de las concesiones a la galería. En los dos volúmenes del disco en directo Don’t settle, de hecho, no aparecen ni su tantas veces celebrada Falling slowly ni su probablemente más desgarradora canción en solitario, la bellísima y desoladora Bird of sorrow, que incluyó en su primer elepé con nombre propio (Rhythm and repose, 2012).

El hechizo envolvente de Falling slowly no solo bendijo la película de John Carney que la incluía, Once, sino que catapultó a Hansard e Irglová, protagonistas de un largometraje con briznas autobiográficas, y acabaría propiciando cuatro años más tarde una versión del filme como musical en Broadway bendecido con ocho premios Tony. Glen fue desde entonces un nombre recurrente en los festivales españoles (el madrileño Noches del Botánico le dedicó este mismo miércoles una dolorosa despedida) y un músico muy admirado desde dentro de la profesión: trovadores españoles como Quique González o Ismael Serrano nunca disimularon su fascinación por el autor de temas como When your mind’s made up, Revelate, Didn’t he ramble o The feast of St. John.

El propio Glen también cultivó el reconocimiento a sus mayores certificando versiones prodigiosas de Van Morrison (Into the mystic), The Band (The weight) o Bruce Springsteen, del que convirtió su Drive all night en el título principal de un inesperado y hoy cotizado EP de 2013. Entre las docenas de muestras de dolor que su trágica desaparición dejó durante todo el día destaca la del ministro de Cultura irlandés, Patrick O’Donovan, con un resumen a la altura de los mejores análisis especializados: “Glen impregnó de pasión y vulnerabilidad cada nota, y su huella pervivirá durante generaciones en la música irlandesa, aunque se haya marchado demasiado pronto”. Nota aquí.





sábado, junio 27, 2026

Xoel López

 “Escribí el himno del Dépor la misma noche que me lo propusieron”

El artista gallego ha sido el protagonista del primer encuentro musical del diario en Vigo. Con 17 discos y más de 200 canciones registradas, es uno de los creadores más prolíficos de la escena actual. Ahora también ha compuesto el himno del equipo de fútbol de su ciudad

Xoel López (A Coruña, 48 años) recuerda Vigo con cariño porque fue la ciudad donde ofreció su primer concierto acústico en solitario. Fue en la Casa de Arriba, la mítica sala nocturna de Churruca. Años después, ha sido el artista invitado para inaugurar los Encuentros EL PAÍS en Galicia. Con el auditorio de la Sede Afundación abarrotado, el gallego presentó su último trabajo, Oniria Popular, de la mano del periodista musical de EL PAÍS Fernando Neira. El encuentro ha sido una de las actividades organizadas por EL PAÍS+ en Vigo. Los suscriptores también han disfrutado de una visita guiada por la exposición fotográfica Momentos, que celebra el 50 aniversario del diario —disponible hasta el 30 de junio en la calle del Príncipe—, y de un café con los periodistas de EL PAÍS Xosé Hermida y Sonia Vizoso.

Xoel López se encuentra a pleno rendimiento. Publicó su último trabajo, Oniria Popular, hace apenas mes y medio —lo presentó en los Encuentros EL PAÍS en Madrid el pasado 19 de mayo—. Combina la promoción con los primeros conciertos de la gira de festivales, con la que actuará por el país durante el verano. En este periodo prolífico, ha compuesto el nuevo himno del Real Club Deportivo de A Coruña, que celebra 120 años de historia.

“Hacer un himno es complicado”, explicó. El Celta de Vigo tiene a C. Tangana, que compuso Oliveira dos cen anos por el centenario del club. El Dépor tiene a Xoel López: “Igual que C. Tangana dejó su impronta, yo he juntado muchas de las cosas que suelo hacer en mi música”, argumentó, con partes de pop rock y otras más cercanas al folclore. “Escribí la letra la misma noche que me lo propusieron”, reveló. El resultado final verá la luz en unos meses, pero los asistentes tuvieron la suerte de conocer en primicia algunos versos.

En Madrid, donde reside, la pasión le lleva a jugar al fútbol sala y al baloncesto cada semana: “Me encanta, pero soy el típico mediocre. Se me da excelentemente normal”, reconoció. Lo suyo son las canciones. Tras 17 discos y 201 canciones registradas, el gallego confesó tener “todos los huevos en la misma cesta”. “Confío en que esto dure hasta que me retire, que espero que sea tardísimo. No tengo alternativa”, añadió.

Componer y componer

Para Xoel López, “hacer discos es una forma de vida”. Su extensa discografía permite dibujar un mapa artístico emocional y sentimental. Si Fin de un viaje infinito y Reconstrucción, con Deluxe, marcaron un antes y un después en su carrera, Atlántico establece un patrón en lo estético y lo rítmico. “Cada disco me representa en cada momento. A veces, incluso, me retrata a futuro”, observó. Su proceso de composición está casi ligado a la escritura automática: “Escribo de una manera casi inconsciente, como si la mano no pudiera parar”.

Con Oniria Popular el gallego se ha introducido en un nivel más del inconsciente. “Compuse muy rápido, se abrieron todas las puertas de la percepción. Llegué a escribir hasta tres canciones en una semana”, dijo. Persigue la belleza. Cuando lo consigue, le alcanza una sensación de plenitud: “Es comparable con ir al cine a ver una buena película o terminar una gran novela. Son momentos de felicidad que te regala la vida”, explicó.

Durante el encuentro, hubo tiempo para reflexionar sobre los modelos de masculinidad. La canción Tronco y raíz es un canto a la amistad, un “tema poco trabajado en las conversaciones masculinas”, según explicó Neira. “En mi entorno, entre hombres somos bastante cariñosos. Nos decimos ‘te quiero’ sin mucho problema”, señaló el artista. Su sensibilidad le hizo sufrir, sobre todo durante la juventud. No obstante: “Sin ella, no hubiese podido ser el músico que soy ahora”, aseguró.

Desde hace un par de semanas, Xoel López no recuerda sus sueños. En el último que puede contar, vio a Rosalía, como ya hizo Sílvia Pérez Cruz. “Dicen que en los sueños siempre eres tú. Es decir, que Rosalía no es ella misma, sino lo que representa para mí”, explicó. Lo hilvanó con su relación con la fama y la exposición: “Tengo bastante conflicto con la popularidad. Es algo que intento manejar”. Y aseguró que se encuentra en un lugar cómodo: “Firmaría seguir así, digamos, ya hasta el fin de mis días”, remachó. Nota aquí.





jueves, junio 18, 2026

Fabián D. Cuesta

 Fabián: «Estar fuera» (2026)

Un disco de Fabián D. Cuesta, hombre de talento evidente y gusto finísimo, siempre es una noticia esperanzadora para la música en castellano, pero Estar fuera representa, además de 10 nuevos argumentos para creer a pie juntillas en su firmante, un doble motivo de satisfacción. Y de las grandes. Por un lado, representa el regreso del leonés siete años después de su anterior entrega, El rumor de los tiempos, un disco precioso que, inevitablemente, ya se nos iba difuminando en la memoria. Y, por otro, implica que su autor ha ido ahuyentando fantasmas, sacudiéndose zozobras y doblegando, al menos en unas cuantas batallas, a esos siniestros enemigos del espíritu que, desde su aparente invisibilidad, a tantos atenazan, acongojan y convierten la vida misma en un abismo cotidiano.

Por todo ello hay ahora tanto que celebrar con un álbum no ya hermoso, que lo vuelve a ser (¡como si eso fuera poco!), sino esperanzador y henchido de orgullo humilde. El trabajo de un trovador ultrasensible que regresa acaso sin grandes expectativas, y el mismo título de la colección así nos lo hace sospechar, pero sí con argumentos incontestables para quien tenga el buen criterio de dedicarle media hora larga a este cancionero menudo y adorable.

La conexión entre comunicador y oyente ya implica un guiño de complicidad añadida en el hecho de que Fabián haya optado por apartar su séptimo elepé de las plataformas, a las que apenas han llegado un par de adelantos, y animarnos a entablar contacto a través del formato físico y la descarga digital. Puede ser una manera de decirnos que, igual que nosotros añorábamos sus canciones, él también necesitaba de nuestro aliento y del abrazo: una reciprocidad insólita en tiempos de individualismos rampantes, baños de masas y burdo colegueo falsario en tantos cientos de posados con muchos más filtros que alma. Fabián Díez Cuesta prefiere, alabado sea, estrecharnos la mano y confiarnos desde muy cerca la calidez de sus susurros, el amor que destila esa garganta frágil y esperanzada.

Es un maestro Fabián en el arte de los tiempos medios y de la media voz, de las canciones que van empapándonos la memoria sin que nos percatemos de ello, en esa manera de duplicar las voces para hacerlas más cálidas y amorosas, para complementar el primor de sus guitarras acústicas, el compromiso para la ternura: esa para la que siempre debería haber tiempo. Con todo y eso, hay dos canciones aquí que elevan el pulso y el ánimo, que abrazan el pop pluscuamperfecto y deberían sonar bien alto en cualquier rincón, porque en ambos casos elevan el tiro rítmico, sonoro y estilístico. Hablamos de Estibadores en Baltimore y La noche es nuestra, estallidos de plenitud para cualquier público, ejemplos evidentes de lo que nos estamos perdiendo mientras Fabián siga siendo solo un nombre familiar para unos pocos curiosos bien informados.

Sigue produciendo ese aliado fiel que siempre será Juan Marigorta (Zabriskie), otro escribidor de trascendencia pública muy por debajo de su excelencia autoral. Y continúa escribiéndole Fabián a la esperanza y la resiliencia, a ese rearme interior que en Tarde de junio se afianza con uno de los versos más esclarecedores: “Vamos a seguir bailando mientras aún tengamos tiempo”. Son canciones de amor y canciones de lo cotidiano, incluso autoparodias como ¿Por qué tantos pájaros, Fabián?, donde el propio firmante se interroga por su pasión ornitológica a lo largo de seis deliciosos minutos de in crescendo. “Tienes que bailar si quieres que la música no pare”, nos resume este leonés artísticamente redivivo en otro título inequívoco, Tienes que bailar. Y hasta los más torpes bailaremos, Fabián, con tal de que no pare la música. El vals de Estar fuera, sin ir más lejos: tan quiquegonzalesco. Qué menos. Nota aquí.



domingo, febrero 08, 2026

Nacho Vegas

 

martes, diciembre 09, 2025

Valeria Castro

 “Ni siquiera mi madre se había dado cuenta de que estaba tan mal”

Tras una baja laboral de casi dos meses por salud mental, la cantautora retorna esta noche a los escenarios y explica por vez primera sus vivencias

Valeria Castro anda con la tarde risueña. Acaba de activar las estadísticas anuales de Spotify, esas que media humanidad comparte estos días por Instagram, y la plataforma le ha atribuido una edad afectivo-melómana de 80 añazos. Y ella, una Tauro del 99 acostumbrada a que le cuelguen el sambenito de viejoven, no está dispuesta a dejarse ofender por los designios de las maquinitas ni los algoritmos. “Esto me pasa por seguir escuchando tanto a Silvana Estrada y Sílvia Pérez Cruz”, razona, resignada. Y se troncha.

En efecto, la noticia es que la autora de guerrera, cuídate, la soledad o tiene que ser más fácil (sí, es tan pudorosa que escribe todos sus títulos en minúsculas) ha recuperado el humor, la guasa y hasta la capacidad para la autoparodia. En el transcurso de la conversación, una hora larga de confesiones y algún dulcito en una cafetería amiga de Chamberí, las sonrisas doblegan con creces a las lágrimas, que alguna vez amagan pero ni siquiera encuentran motivos suficientes para brotar. Y esta claudicación de la tristeza no acontecía desde aquel fatídico 13 de octubre en que la cantautora de La Palma protagonizó una actuación poco agraciada en Operación Triunfo, con una voz agónica que no parecía la suya, y docenas de anónimos justicieros procedieron a un cruel proceso de lapidación en las redes sociales. Tres días más tarde, la artista anunciaba en un comunicado “una pequeña pausa en este camino para recuperarme física y mentalmente”.

“Afronté un duelo familiar en verano [la muerte de su abuela] y un periodo de mucho ruido mental. Nadie te enseña a manejarte en un mundo laboral tan raro y expuesto, tan capitalista y propenso al vértigo”, reflexiona ahora tras estas siete semanas de retiro (ella prefiere hablar de “baja laboral”, como bien certifican los partes médicos). “Habitamos un mundo en el que el ruido externo es tan agresivo que la terapia se vuelve tan necesaria como tu doctor de cabecera. Y mi psicóloga me explicó que mis heridas ya no se curaban solo con las pequeñas tiritas que había ido colocándome hasta entonces…”.

Castro ha recuperado el tono lúcido y afable, la locuacidad y su proverbial bonhomía, aunque no le apetece rememorar con todos los detalles aquel lunes negro televisivo, precedido por una actuación en el Gran Teatro Falla de Cádiz en la que un asistente escribió, compungido, a este periodista: “No parece ella. ¿Tienes idea de si le pasa algo?”. “El día de la tele ya sabía la realidad que habitaba en mi cabeza”, resume la artista. “Y a partir de ahí me enfrenté no tanto al llanto como al vacío. Escribimos el comunicado en casa de mis representantes y comprendí la suerte de contar con un equipo humano que no solo trabaja conmigo, sino que me ha cuidado como a un cristal”.

Aquella misma mañana, Valeria eliminó todas las redes sociales de su móvil (“ahora las he reinstalado, pero voy entrando poquito a poquito”), canceló viajes, pospuso un puñado de conciertos y emprendió un proceso de sanación que hoy llega a su culmen: el auditorio Mar de Vigo asistirá este lunes a su feliz reincorporación a la vorágine. “El día del comunicado acepté parar a regañadientes”, se sincera ahora esta tres veces candidata al Grammy Latino, autora de la canción central de El 47 y reciente Premio Ondas. “Desde ese mismo jueves no he dejado todo el rato de visualizar mentalmente mi regreso. En el camino he comprendido que me he subido a muchos escenarios desde una autoexigencia extrema, y eso no puede ser. Tenía muchos vicios psicológicos acumulados. De los otros no, porque soy muy sanita, pero terminé incurriendo en una dinámica casi empresarial, en esa ambición artística de querer estar en todas partes. Después de haberme limitado el tiempo de mi vida, ahora salgo más humana de todo esto”.

Pensó que con el descanso, la pausa y la desconexión se pondría a escribir canciones y más canciones, pero qué va. Al principio bastante tenía con sobrellevar la desazón. Luego llegó lo más complicado: reencontrarse con su personalísima e inconfundible ejecución vocal, tan frágil, hermosa y volcada en el trémolo. “Me ha costado mucho escucharme y pensar que mi música tiene valor. Y he cantado mucho, muchísimo en casa. ¡Supongo que los vecinos estarán hartos!”. Más risas. Nota aquí.





domingo, noviembre 30, 2025

Quique González


 

martes, septiembre 30, 2025

Pablo Guerrero

 Muere Pablo Guerrero a los 78 años, inolvidable voz de ‘A cántaros’

El extremeño, una de las figuras más entrañables y carismáticas de la canción de autor, combinó poesía y música con profundidad y emoción

El cantautor extremeño Pablo Guerrero, acaso el más depurado exponente de la comunión entre música y poesía, ha fallecido la tarde de este martes a los 78 años en el hospital Rúber de Madrid, después de una larga batalla contra el cáncer de pulmón. Con Guerrero se marcha una de las figuras más entrañables y carismáticas de las seis últimas décadas: eternamente recordado por el himno A cántaros (1972) y su disco en directo en la sala Olympia de París, de 1975, deja en realidad un legado mucho más amplio, complejo y fascinante que comprende docena y media de álbumes y una extensa obra poética que siempre se vio oscurecida por su carisma como cantante de voz profunda, serena y conmovedora.

Guerrero, natural del pequeño municipio pacense de Esparragosa de Lares y vecino desde hace 45 años del barrio madrileño de ―no podía ser de otra manera― Ciudad de los Poetas, fue toda su vida un hombre ultrasensible y dotado de una visión lúcida y avanzada de un mundo que siempre le chirriaba, y más desde que a principios de 2021 enviudó de su inseparable Charo. Combatió las tinieblas de la depresión con éxito desigual y encontró su sitio en el mundo gracias a una extraordinaria capacidad para captar la belleza cotidiana y natural en palabras y frases musicales. Fue un ejemplo de masculinidad evolucionada cuando nadie comprendía ningún modelo varonil alejado de la hombría; un paradigma de hombre vulnerable capaz de reconvertir sus congojas en un material de belleza deslumbrante.

Esa voz profunda y límpida se convirtió en paradigma de la mejor canción de autor en los estertores del franquismo, aunque su lenguaje era tan poético que la censura nunca se enteró bien de los mensajes que deslizaba. Por eso aquel himno frente a la intolerancia que fue A cántaros (“Tiene que llover, tiene que llover, tiene que llover a cántaros”) se convirtió, casi a su pesar, en un emblema antifranquista. El éxito fue tan inapelable como para llegar a incomodar a su autor, pesaroso de que la relevancia de aquella página eclipsara otras muchas que él consideraba igual de inspiradas y reseñables. Le llevó tiempo reconciliarse con su criatura más célebre: hubo de ser en el sepelio de un amigo, cuando los allegados le pidieron que la cantase y él al fin comprendió que aquella obra trascendía al autor y sus circunstancias. Nota aquí.





miércoles, julio 23, 2025

Café Central

 Cierra el Café Central, meca del jazz en Madrid

Los propietarios del negocio de la plaza del Ángel se ven abocados a poner fin a 43 años de historia y 35 trabajadores perderán su empleo el próximo 12 de octubre

La música en el Café Central está afrontando sus últimos compases. No hay manera de encontrarle remedio al final abrupto para unas citas melómanas que, salvo en lo peor de la pandemia, acontecían todas las noches del año desde hace más de cuatro décadas. El escenario más paradigmático del jazz en Madrid y en buena parte de Europa habrá de guardar el más doloroso de los silencios una vez finalice la actuación del próximo domingo 12 de octubre. A partir de ese instante, el rincón por el que han desfilado casi todos los grandes artistas, nacionales e internacionales, que la música más libre e improvisada ha dado en las tres o cuatro últimas generaciones, pasará a ser un mero recuerdo.

Salvo milagro, no hay vuelta atrás. Las familias propietarias del inmueble del número 10 de la plaza del Ángel (distrito Centro) se han negado en redondo a renovar el contrato de alquiler con los socios del Central, que ya han asumido la imposibilidad material de continuar con el negocio de hostelería y música en directo una vez finalicen estas 11 últimas y agónicas semanas de vida. La mala noticia se hará pública mediante un comunicado la próxima semana, pero entre el martes y el miércoles se le ha ido trasladando a los 35 trabajadores y trabajadoras en nómina; camareros, cocineros, programadores y encargados que se ven abocados a una pérdida inminente de empleo.

“Ni siquiera sabemos qué quieren hacer con el local”, expresaba este mediodía el programador del Café, el asturiano Javier González, con voz desolada. “Sus abogados solo nos han transmitido que no hay negociación posible. Desde el Central disponíamos de derecho de tanteo y podríamos optar a igualar una eventual oferta, si se nos comunicase, pero sencillamente quieren rescindir el contrato, sin más explicaciones”.

La decisión supone poner fin de un plumazo a una historia de pasión musiquera que arrancó un ya lejano 12 de agosto de 1982 y ha ido sumando, noche tras noche, más de 14.500 actuaciones y un total de 1,3 millones de espectadores. Y todo ello a golpe de tenacidad y gracias a la búsqueda de un lugar singular y con encanto: en cada concierto del Central apenas hay sitio para 70 espectadores y el escenario, relegado a un esquinazo, es de una estrechez angustiosa, puesto que el piano y la batería apenas dejan espacio para el resto de intérpretes. Pero todos los popes del género han dejado su impronta en esos exiguos metros cuadrados. “El Central es pura autenticidad”, exclamaba Joshua Edelman, pianista estadounidense afincado en Bilbao que ha ofrecido más de 700 conciertos en este recinto. “Esa esquina te hace sentir en el meollo mismo de la vida. Puedes tocar en lugares más despejados, pero el ruido de los cubiertos y los vasos se convierte ahí en parte de la propia música”. Nota aquí.



jueves, julio 03, 2025

Miguel Bosé

 Bosé contra Bosé: “Esta noche no queremos malos rollos”

La gira ‘Importante’ rehabilita ante 12.000 personas en Madrid al artista, tan cabal que vuelve a parecerse al que fue y ya habíamos dado por perdido.

No se lo van a creer ustedes, pero lo que sigue es un artículo sobre Miguel Bosé que versa en su mayor parte en torno al famoso cantante y compositor de ese mismo nombre que ha firmado una docena (larga) de canciones míticas en la historia del pop español, algunas buenísimas. Este martes regresaba a los escenarios madrileños con una actuación en el Movistar Arena que resultó curativa y en algunos aspectos modélica. Pueden dar fe de ello (y lo de la fe contaba mucho en este caso) los 12.000 seguidores que llenaron el pabellón, felices y expectantes ante el retorno de un ídolo que volvió a parecerse al que se echó a perder en alguna mala curva del camino durante la década pasada. Cuando habla, aún se le escapó alguna tos y la voz parecía sufrir; pero, aleluya, en el fragor de la batalla melódica todo regresa al sitio que durante tanto tiempo fue el suyo.

No debería resultar nada excepcional que nos refiriésemos en las páginas culturales a un señor tan ilustre y cualificado, pero uno de los motivos por los que nuestro personaje pasó de ofrecer espectáculos a dar la nota es que se dejó atrapar por otro tipo que se le parecía mucho, decía llamarse igual y participaba, imaginamos, en los mismos grupos de WhatsApp, pero hablaba raro y, sobre todo, defendía un discurso delirante que nunca habríamos imaginado en labios del Bosé primigenio. Porque cuesta mucho esfuerzo creer (al principio) y aceptar (en último término) que aquel tipo imaginativo, sagaz, documentado, inquieto, de creatividad voraz y vida novelesca había ido alimentando, en lo más profundo de su alma teóricamente bandida, a un cuñao de dimensiones premium.

Pero sorpresas te da la vida, como dicen últimamente en la calle Ferraz, y en esa encarnizada batalla de Bosé contra Bosé, del Bosé genio y figura versus el descarriado y mentecato, esta vez le tocaba comparecer al primero, ese que recordábamos cabal y, sobre todo, absolutamente reivindicable. El que se compromete hasta los tuétanos con el espectáculo y aplica lo de la puntada y el hilo, dispuesto a que cualquier gesto y movimiento cobren cuerpo y todo el sentido. Nota aquí.



jueves, junio 19, 2025

Ana Belén

 

martes, junio 17, 2025

Ana Belén


 

martes, junio 10, 2025

El Kanka

 


lunes, junio 02, 2025

Guada

 Guada: “Algo familiar” (2025)

De los grandes artistas pueden esperarse giros de guion y pasos sorpresivos. Un buenísimo ejemplo lo encontramos ahora con el caso de Guadalupe Álvarez Luchía, de cuyas bondades creativas estábamos más que avisados pero que ha decidido pegar un volantazo con este Algo familiar para adentrarse en un cancionero enorme. Menos folclórico de lo que nos tenía acostumbrados, pero excepcional por dentro y por fuera, en letra y melodía, henchido de poesía y de referencias musicales que en ocasiones apuntan más al norte que al sur, pero que terminan por engrandecer la figura de una mujer a la que se le acabarán abriendo, a poco que aún queden resquicios de justicia en esto del arte y el espectáculo, todas las puertas.

Actriz y cantante bonaerense de larga trayectoria para sus aún escuetos 41 años, a Guada la empezamos a descubrir cuando desembarcó en Madrid, se hizo referente escénico de la mano de Pablo Messiez y, sobre todo, fundó junto a Javier Calequi (¡nada menos!) el Dúo La Loba, un tándem algo efímero pero que dejó dos discos excelentes para quienes acertaron a descubrirlos a tiempo. Todo aquello resultaba emotivo y enriquecedor, igual que la recuperación de su discurso solista con Terraza (2021) y, sobre todo, Guacha, en 2023. Pero ahora asistimos al salto de la excelencia a la enormidad, porque las nueve composiciones originales de Algo familiar solo pueden ser consecuencia de un (ojalá que duradero) estado de gracia.

Guada encuentra inspiración en lo cotidiano y lo íntimo, le canta a la progenitora (Madre, sucesora del Padre de hace dos años) una retahíla de especias y dedica a su pareja, el cantautor malagueño El Kanka, una desnuda y sentidísima Amor esdrújulo (“Tiene un corazón de dimensiones cósmicas”) con la que no queda más remedio que enamorarse de los dos. Habla de cómo sería su casa ideal y de qué modo la decoraría en la contagiosa Las intenciones y delimita con Donde nací su vínculo ambivalente con Madrid (“Esta ciudad te abraza y te condena de golpe”) para dejar dicho que el descanso eterno lo prefiere en el suelo bonaerense que le vio venir al mundo (“Que el último aliento me encuentre en mi hogar”). Todo es de una cercanía conmovedora, bella, serena y a flor de piel. Y todo con esa voz natural, dulce y a la par doliente, de un lirismo quebradizo como el tronco que se transforma en rescoldo.

Escoltada por una banda española de altísimos vuelos, bajo las guitarras y producción del siempre docto Toni Brunet, los teclados del ilustre César Pop y la batería sedosa de Karlos Arancegui, a los que se suma el violín mestizo de Manu Clavijo (otro argentino matritense), Álvarez Luchía rebaja esta vez de manera evidente sus vínculos con la música más terruñera y fija la mirada mucho más cerca de la Costa Oeste. No hay apenas conexión con zambas, chacareras y demás ritmos que entroncan con su esencia más folclórica, pero sí una mirada permanente al sacerdocio de Joni Mitchell (a la que incluso ya ha honrado con algunos conciertos monográficos) y la sensación de que Todo te parece normal podría compartir créditos con el mismísimo Jackson Browne. Nota aquí.



lunes, mayo 19, 2025

Joaquín Sabina

 Joaquín Sabina, un melancólico pudoroso en la hora del adiós

El poeta de la voz de lija apuesta por la emoción comedida para despedirse de su parroquia madrileña en el estreno capitalino de su última gira.

A las citas de muy alto voltaje emocional hay que presentarse ya bien llorado de casa, puesto que en estas ocasiones verdaderamente señaladas ni el mismísimo Putin tendría posibilidad de fundirnos los plomos. Pero con Sabina es imposible agotar todas las lágrimas de antemano, así que alguna terminará por aflorar a lo largo de las dos horas de ese testamento escénico en que se ha convertido su Hola y adiós, la gira con la que, salvo tentación postrera en dirección contraria, ha decidido el de Úbeda apearse de las tablas.

Conste que también en los adioses hay categorías, porque no todos los amores son igual de intensos. Y este lunes, el primero de sus ocho conciertos en el madrileño Movistar Arena era ocasión cantada –sin ánimo siquiera de jueguecitos de palabras– para que el graderío se emplease a fondo con los abrazos que cortan la respiración, los estribillos desgañitados y los lacrimales que chorrean a destajo. 12.000 almas amanecerán este martes en Madrid con principio de afonía, por si alguno se anima a ejercer de sagaz detective entre los compañeros de la oficina.

Hay algunas convenciones que debemos asumir de antemano en las citas con el otrora Conde Crápula, hoy un hombre comedido y sentimental hasta los tuétanos, dispuesto a confesarle desde la primera canción a su parroquia matritense la deuda infinita que tiene contraída con la Villa y Corte. “Esta es la ciudad a la que le debo absolutamente todo lo que soy, incluidas mis canciones”, proclamó tras abrir boca con Yo me bajo en Atocha, de lejos la más excepcional de sus odas capitalinas y la única novedad respecto a los conciertos previos, en los que arrancaba con esas Lágrimas de mármol relegadas esta vez a la segunda posición. Para entonces debemos ir acomodando ya el oído a ese timbre áspero que le han legado los muchos trienios de cotización, esa confluencia de lija, alquitrán y absenta que desafía cualquier convención auditiva y apela a una magnanimidad por lo demás inexcusable. Pero aunque no haya Lizipaína suficiente en las boticas para paliar semejante carraspera, a don Joaquín se le quiere tanto que la poesía siempre sale victoriosa frente a las limitaciones mundanas. Y Sabina nos ha ayudado tantas veces a comprender la vida, o cuando menos a digerirla, que seguiremos experimentando bajo su tutela cuantos escalofríos sean precisos.

¿Cómo escoger repertorio cuando se afrontan los últimos cánticos tras casi medio siglo de oficio? Sabina le habrá dado sin duda muchas vueltas a ese dilema, pero la resolución de tan endiablado sudoku resulta un tanto decepcionante: no hay ninguna elección inesperada entre los 21 títulos designados para que caiga el telón, y ese empeño por amarrar el resultado, ese cerocerismo tan poco colchonero, no es lo que esperaríamos de una institución musical con sus buenas doscientas y pico canciones para sacar de la chistera, o del bombín. Está feo comparar, porque mencionaremos a renglón seguido a otros dos autores de currículo superlativo, pero tanto Serrat como Perales se lo curraron más a la hora de rebuscar melodías en sus últimas comparecencias frente a los focos. Y luego está esa cosa tan extraña –casi incomprensible– de entregar una canción inédita para conmemorar esta gira postrera, la dignísima Un último vals, y endosárnosla en forma de videoclip antes de que comience el concierto propiamente dicho. ¿De verdad? De verdad. Nota aquí.











sábado, mayo 17, 2025

Natalia Lafourcade


 

miércoles, febrero 12, 2025

Amaral


 

martes, febrero 04, 2025

Morgan


 

lunes, enero 27, 2025

Muerdo

 Muerdo, cantautor: “La derecha encarna todo lo que no es Dios”

El músico, homosexual, religioso y de izquierdas, no se esconde y, en su música va de frente. Lo comprobarán quienes se acerquen al Circo Price de Madrid el próximo día 31 para su concierto.

En Pascual Cantero, ese moreno locuaz de 36 años (Molina de Segura, Murcia) que firma sus canciones como Muerdo, confluyen la sangre murciana, el corazón latinoamericano y un alma no ya solo cosmopolita, sino abiertamente heterodoxa. Se ha acostumbrado a que le conozcan y tarareen mucho más al otro lado del océano que en suelo ibérico, pero no por ello va a renunciar a ser profeta en estas otras tierras. Su reciente sexto álbum, Sinvergüenza, le muestra completamente desnudo en portada, pero aún más nítido es el autorretrato en unas letras que reflejan a un hombre vulnerable, pero también valiente, de pasado conflictivo y futuro alentador, voluptuoso en lo carnal y profundo en lo que atañe al espíritu. Homosexual, religioso y de izquierdas: Pascual no se esconde y en su música, como en las respuestas, va de frente. Lo comprobarán quienes se acerquen al Circo Price de Madrid el próximo viernes, día 31 de enero.

Pregunta. ¿Se considera un artista difícil de catalogar?

Respuesta. Estamos cada vez más acostumbrados a encasillar a las personas y las músicas a partir de la mínima expresión, a colocarlas en un compartimento. Pero lo heterogéneo y plural es más difícil colocarlo bajo un paraguas o un epíteto.

P. ¿Se acuerda de Las noticias de Gurb, la novela de Eduardo Mendoza?

R. ¡La del extraterrestre que se mete en el cuerpo de Marta Sánchez! Si Gurb tuviese que enviar un informe a su planeta de quién soy yo, le sugeriría: “Un ser humano en búsqueda de la verdad y la belleza”.

P. ¿Y progresa adecuadamente en ese objetivo?

R. Estoy en ello. La búsqueda funciona como motor y me pone en movimiento, y eso me parece más que suficiente. Porque hay gente que no encuentra motivos para levantarse de la cama cada mañana, y la enfermedad mental o la depresión son de las cosas a las que más miedo tengo.

P. ¿Qué le ha pasado en su última gira latinoamericana que se pueda contar?

R. Saqué cinco días libres en Perú para conocer Cuzco, Machu Picchu y el Valle Sagrado con un chamán que nos hizo un “ritual de florecimiento” que nos recargó de conocimiento. Era complejo de explicar y de entender, pero yo, flipando, le decía: límpiame, que me va a venir bien. Nota aquí.





miércoles, diciembre 11, 2024

Paul McCartney

 Fernando nos cuenta por Facebook.

Nunca volveremos a estar tan cerca de Dios
Madrid, 10 de diciembre de 2024. Un octogenario llamado #PaulMcCartney se desgañita y nos enloquece durante dos horas y media
No hay mejor espectáculo posible en este momento. Ni autor más importante en el último siglo. Un miligramo de Macca vale más que toda la lista viral de Spotify.