sábado, enero 10, 2026

Germán Delibes

 El Delibes más íntimo, a través de la mirada de su nieto Germán

Uno de los 18 nietos del escritor vallisoletano cuenta en un libro la vida con su abuelo: “Fue el eje sobre el que giró toda nuestra familia”

Este libro, El abuelo Delibes (Destino), de Germán Delibes, el segundo de los 18 nietos del escritor vallisoletano, se lee como si uno hubiera entrado en las casas, en el inolvidable retiro familiar de Sedano, en el entorno familiar de Valladolid, e incluso en el alma dolorida, pero tantas veces alegre, del autor de Señora de rojo sobre fondo gris, en el que Delibes vuelca el inolvidable amor de su vida, su mujer, Ángeles. Para contar esa vida en la casa y en el campo, Germán (Valladolid, 1973) habló con sus padres, con sus hermanos, con sus primos (entre ellos, Elisa Silió, compañera en EL PAÍS, el periódico que pudo haber dirigido su abuelo), y el resultado de la pesquisa es ahora un recuento que parece escrito para ser leído en una de las estancias tranquilas de Sedano. Él es maestro de primaria en Castilla y León. Como el abuelo, como todos en esa casa, es un apasionado de los deportes.

Pregunta. ¿Cómo veía de niño los estados de ánimo del abuelo?

Respuesta. Cambiaban según las circunstancias. No era el mismo en una jornada de caza con su cuadrilla que en la víspera del premio Cervantes, ni era igual en una entrevista en televisión que jugando un partido de tenis en Sedano. Cerca de la familia y en el campo se encontraba mejor. De niño lo veía como un abuelo normal, aunque algo más ocupado que otros. Con el paso de los años, y siendo el segundo de los 18 nietos, se convierte en una relación más estrecha al compartir con él, tanto yo como muchos de mis primos, algunas de sus aficiones.

P. ¿Qué alivió con más intensidad su soledad?

R. En uno de sus libros, Las perdices del domingo, el abuelo contesta directamente esa pregunta: “Es obvio que en mi convalecencia física y moral, que presumo larga y difícil, el campo, el aire puro, han de jugar un papel fundamental”. Recojo la cita en un pasaje de El abuelo Delibes y quiero pensar que el ejercicio físico y las endorfinas liberadas con su práctica le generaron cierto bienestar momentáneo. Pero el mayor consuelo tras la muerte de su mujer lo encontró en su familia. Siempre estuvo arropado por los suyos en los momentos difíciles, pero también en los de mayor éxito. No era muy amigo de solemnidades, y cuando se hizo pública la propuesta de la Universidad del Sarre de nombrarle doctor honoris causa, lo primero que se le pasó por la cabeza fue la pereza que le daba acudir a recibir tal distinción. Los hijos le animaban, le recordaban cómo en EL PAÍS se había escrito que se trataba del primer doctorado de este tipo concedido a un escritor español en Alemania tras, nada menos, que el de Ortega y Gasset. Él lo solucionó rápido: iría, siempre que le acompañaran a Saarbrücken sus siete hijos con sus cónyuges: y allí se presentaron los 15 para general jolgorio del claustro universitario Saarlander.

P. Su madre, Pepi, trabaja con los libros que iba escribiendo Delibes y advirtió a los demás de que el abuelo estaba escribiendo uno sobre Ángeles. ¿Cómo fue para ustedes esa publicación? ¿Cómo la vivió él?

R. Los hijos leyeron el original de Señora de rojo sobre fondo gris antes de publicarse porque el abuelo, al ser un libro tan íntimo y con tantos pormenores familiares, deseaba su aprobación, que fue prácticamente unánime. A los nietos no nos pidió opinión, consciente de que apenas la conocimos. En la obra únicamente aparecemos los dos nietos mayores, Elisa y yo, pero para nosotros el libro acabaría siendo un regalo, pues nos permitió conocer de primera mano a nuestra abuela. Sobre cómo lo vivió Delibes habría que habérselo preguntado a él, pero quiero pensar que como un alivio, porque deseaba hacer un homenaje a la que había sido su gran compañera. Lo consiguió 17 años después de su muerte. Cuando salió a la calle la novela, nadie pasó por alto que Delibes contaba una historia personal, cosa que a él le produjo desconcierto y le llevó a tomar una decisión un tanto ingenua: descolgar de la pared de su despacho el retrato de Ángeles del pintor García Benito, la abuela vestida de rojo sobre fondo gris, y retirarlo una temporada de circulación. Nota aquí.



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