“Esta es mi NBA, no la otra”: sus tiempos de gloria, sus pozos y por qué Hernán Montenegro quiere dejar atrás el apodo de “loco”
El ex basquetbolista lleva cuatro meses de tratamiento en la Fundación EIRA, donde se internó con un cuadro de depresión y alcoholismo. En un nuevo capítulo de Voces, la intimidad de un hombre que triunfaba mientras guardaba en su interior oscuridad y soledad. Su adicción a la cocaína y al alcohol, sus límites, sus consumos problemáticos, su depresión y su nueva cosmovisión: “Quiero acercarme cada día más a Hernán y alejarme del Loco”
Hernán Montenegro nació alto. O tal vez el mundo era muy chico para él, cuando era un niño precoz y gigante o cuando alcanzó la cima de sus 206 centímetros de altura. “Vos estás loco”, le repetían sus amigos en la infancia mientras él intentaba manipular sus extremidades con temeridad y sin raciocinio. “Saltaba los paredones como si tuviera un metro y medio y me pegaba unos porrazos…”, dice. La aventura lo motorizaba. Le pusieron “loco” porque era una definición que hacía justicia a su espíritu rebelde, libre, desregulado. Y el apodo se impuso, se estableció por encima de su nombre, que quedó a la sombra de aquel hombre convertido en superhéroe.
El Loco fue el que negoció con catorce años su primer contrato profesional, el que jugó en el básquet europeo cuando las reglas para contratar extranjeros eran prohibitivas, el que se convirtió en el primer argentino drafteado en la NBA -los Philadelphia 76ers lo eligieron en la tercera ronda de 1988-, el que, por curiosidad, aceptó y probó cocaína, el que recibió 99 de suspensión por doping positivo, el que cayó en la bebida, el que entró en depresión, el que quiso terminar con su vida.
Hoy, a un año de cumplir sesenta, el Loco quiere volver a ser Hernán. “Estoy apartándome de a poco de esa estigmatización de loco. Es una palabra pesada. Hoy me identifico más con Hernán”, reconoce. El 16 de agosto de 2025 ingresó a la Fundación Eira con un cuadro de depresión y alcoholismo. Lleva casi cinco meses de tratamiento. Es padre de tres hijos y abuelo de un nieto. Dice que está “reaprendiendo a vivir”. Una charla íntima con un hombre que atravesó la oscuridad y que descubrió dónde estaba cuando no pudo mirar a sus hijos a la cara. El viaje de Hernán al Loco y del Loco a Hernán.
—¿Cómo fue esa infancia en Bahía Blanca?
—Fue una infancia hermosa. Bellísima. De una linda escuela. De buenos compañeros. Una infancia en la cual gracias a mis padres tanto a mí como a mi hermana nos dieron la posibilidad de poder ser libres y al mismo tiempo disfrutar mucho, de ser parte por ejemplo de grupos scout. Una infancia bellísima, rodeada de afecto, de cariño, de valores.
—Una infancia también en dictadura.
—Y una infancia en dictadura. Y a los 9 años nosotros vivíamos en la CGT de Bahía Blanca…
—¿Por qué vivían en la CGT de Bahía Blanca?
—Porque papá era peronista y trabajaba en el puerto de Bahía Blanca en ese momento y para la Junta Nacional de Granos posterior y era sindicalista de URGARA, el gremio de recibidores de granos, y vivíamos ahí en ese entonces de forma si se quiere hasta casual. Cayó el gobierno y de la mañana a la noche nos echaron literalmente, pasamos una etapa muy complicada la familia con papá teniéndose que cuidar más de lo debido. Un cambio de vida. Nos quedamos prácticamente en la calle.
—¿Tuvo que esconderse tu papá?
—Papá tuvo que esconderse, trabajar escondido. Era una cosa muy rara. Papá trabajaba ya para Junta Nacional y hacía la quinta sección que se llama. Trabajaba en pueblitos del interior recorriendo campos. Pero era muy loco porque se escondía para poder ir a trabajar. Vivía de oculto y al mismo tiempo trabajaba para una empresa del Estado. Una cosa muy, muy de aquella época.
—¿Vos tenías miedo o no entendías lo que pasaba?
—No, yo sentí miedo. Sí, sentí miedo cuando nos cayeron. Yo tengo una imagen vívida cuando se llevaron todas nuestras cosas. Cuando digo cosas todo, todo, todo. Cargaron los camiones de aquella época, camiones militares, y esa fue una imagen que me quedó grabada para siempre. Y ahí sí sentí miedo. Miedo que me sigue no te digo hoy pero cuando lo recuerdo como ahora, se me mezclan los sentimientos.
—Hay algo que marcó ahí.
—Sí, un antes y un después. Al comienzo tuve una infancia increíble pero se cortó. Y ya mi mirada de la vida, mi mirada de las personas, la desconfianza, el descreimiento. Yo hasta ahí había crecido motu proprio y por lo que mamá y papá nos daban y las actividades que realizábamos estaban todas basadas en valores. Para mí fue un sacudón muy grande. Y la pregunta que yo me hacía siempre y les hacía a mis padres era ¿por qué? La pregunta del niño. Nota aquí.





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