Alguna tarde, muchas tardes
se me acerca y me abraza, con la última
luz que rompe el cristal de la ventana,
me viene tu recuerdo, leve tacto,
relámpago fugaz de la memoria.
Entonces te imagino cuando eras
la sangre de mi vida, la caricia
más dulce, el vasito de vino que bebía
hasta mi corazón desde tus labios.
Te imagino en las noches, en tu risa
que vivía en hoteles sin maletas,
que rompía semáforos y abría
el corazón de hombres y de arcángeles.
El mundo amanecía entre tus piernas.
Eras azul como el mar de los veranos,
deslumbrante relámpago de dicha,
la palabra primera de los dioses.
Amada, tan lejana, te recuerdo
lo mismo que un latido, como un eco
recorriendo mi sangre, golpeando
muy suave cada yema de mis dedos.
Por eso, cada tarde, cuando llega
la fiebre y se agazapan en las sombras
los miedos de la infancia, me encomiendo
a tu nombre…
Y espero, amor. Te espero.
(No importa que la vida me deshaga
si revivo contigo en la nostalgia)

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