Comó es el renacer de los bares históricos de Montevideo, del preferido de Benedetti al elegido por los marineros
En la capital uruguaya, emprendedores recuperan edificios del siglo XIX y XX y les suman cocina y música; cuatro paradas con historia.
Montevideo es una ciudad que mira a la costa rioplatense todo lo que puede, donde convive el presente con el pasado, y el ritmo es ameno. No se ve ese acelere caótico de otras capitales, como Buenos Aires. Entre palmeras, monumentos antiguos, callecitas, avenidas, parques inmensos, se erigen diferentes bares y cafés, que después de tener años de esplendor, pasaron décadas olvidados, relegados y hasta un poco marginados, vistos como algo turbio, peligroso.
“Durante décadas, Uruguay fue reconocido por su cultura cafetera y su red de bares tradicionales. Pero la falta de políticas públicas que los protegieran y el avance de otros formatos gastronómicos llevaron a que muchos de esos lugares quedaran estigmatizados”, dice Joaquín Casavalle, actual dueño de Paysandú, Montevideo al Sur y Santa Catalina, tres bares antiguos e históricos del Barrio Sur y Ciudad Vieja.
En los últimos diez años tanto él como otros emprendedores uruguayos apostaron a reimaginar la gastronomía local y el barrio y a revalorizar muchos de estos lugares, emplazados en edificios patrimoniales, no para destruirlos, sino para visibilizarlos y revalorizarlos.
“El problema de los bares patrimoniales de Uruguay es que van desapareciendo, tristemente”, afirma Germán Medina, gerente de Bar Arocena. Hoy se está impulsando un proyecto que busca reconocer y recuperar los cafés y bares patrimoniales de la ciudad, creados entre el siglo XIX y XX, para volver a darle vida a zonas como el Barrio Sur o Ciudad Vieja, que durante años permanecieron olvidadas y marginadas. “Nosotros no queremos que la gastronomía sea moda, sino cultura viva, por fuera de los circuitos gourmet. Creo en el bar de la esquina como lugar de encuentro y de pertenencia”, dice Casavalle.
Abierto desde 1929, en el bar Arocena se autoadjudican una valiosa insignia: “El mejor chivito de Montevideo”. Según Media, es un mote que ha puesto la gente, pero como todo el que va lo dice, aceptan el reconocimiento. Él tiene 30 años y junto con José Luis Mallón, el dueño, actualmente llevan el día a día tanto de la primera sucursal, en Carrasco, como de las nuevas, en Punta Carretas, Montevideo; en Canelones y Punta del Este. También llevan el mismo apellido que Roberto Mallón, un gallego que tomó las riendas del lugar en 1974 junto a Mallón, y se lo compraron a Don Manuel Loureiro y sus socios.
El Arocena nació como un almacén y proveeduría, punto neurálgico y obligado para cualquier habitante de Carrasco. En ese entonces el balneario tenía calles de arena y no había nada, salvo un hotel antiguo, muy pintoresco, con un casino, que hoy es el Sofitel.
En el primer Arocena pasaba de todo: la gente iba a buscar una lata de conservas, se tomaba una copa, fumaba, o tomaba whisky sin parar, durante las 24 horas que permanecía abierto. Nunca cerraba, tenía un kiosco en la puerta, un sector de quiniela y, como la mayoría de bares de Montevideo en ese entonces, solo los hombres lo frecuentaban. “Vos venías acá con tu abuelo a tomarte un whisky, o con tu padre o con tus amigos. Como funcionaba 24 horas también era el remate después del boliche, o de un casamiento. Era el único lugar donde había teléfono. Entonces venían sanitarios, electricistas, a esperar que los llamen”, dice Medina.
En 1974, los nuevos dueños siguieron la misma tradición del bar, que puede verse desplegada en las mil fotos de diferentes generaciones que pasaron por el lugar, al que fueron y van actores, músicos, políticos, deportistas de todo el mundo, y también un público cautivo que se ha hecho amigo de los mozos, y se ha juntado a festejar años nuevos, navidades, los han invitado a sus casamientos.
En La Sociedad de la Nieve (2023), en una escena se lo menciona: una publicidad que podría haber salido carísima, pero fue espontánea. “¿Sabés lo que me comería yo? Un chivito del Bar Arocena”, dice uno de los personajes, representando al plantel. Los jugadores del Old Christians Club de Uruguay lo frecuentaban, y los sobrevivientes aún siguen yendo. El director de la película, Juan Antonio Bayona, rescató este dato en charlas y relatos y lo sumó en el guión. Tiempo después fue a probar el chivito y quedó encantado. Nota aquí.








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