“Se me puso la etiqueta del actor que se quitaba la camiseta, pero gracias a ella he seguido trabajando”
El actor lleva años poniéndose a prueba para escapar de clichés, pero en su última película, la superproducción de espías ‘Zeta’, se muere de ganas de abrazarlo.
La primera vez que vio el cartel de Zeta, su nueva película, a Mario Casas (A Coruña, 39 años) se le escapó una sonrisa. “Me vi ahí con un arma, con una explosión detrás, como el héroe de acción de una película americana. Me hizo muchísima gracia”. Posiblemente se acordó de todas las horas que había pasado viendo películas como aquella. “Soy de una generación que tiene idealizado el cine. Mi infancia fueron las películas, los videoclubs. Llegabas a casa y el plan del sábado por la noche era alquilar una peli. Yo con 13 o 14 años, mientras mis colegas jugaban al fútbol, cogía el autobús del centro comercial para ir al cine solo”.
En aquella época, cuenta, aún no se fijaba en lo que hoy le obsesiona, que es el trabajo de los actores. Cuando era un chaval de la periferia de Barcelona, a Mario Casas le volvía loco el cine de terror, las historias a lo grande. “Me acuerdo de Spielberg, de Parque Jurásico, de aquellas películas tan bestias, de entretenimiento, un cine muy comercial pero que también lo llevamos dentro”.
Sin embargo Zeta, dirigida por Dani de la Torre y que se estrena el 20 de marzo en Prime Video, no solo encaja en la biografía de Mario Casas por ser un artefacto de entretenimiento con un ritmo tan preciso y alambicado como el mecanismo de una bomba. También porque, desde hace años, Mario Casas se ha habituado a interpretar a hombres en busca de sí mismos. Solo en el último año y medio el actor español más popular de su generación ha encarnado a un atónito militar franquista en La cena (Manuel Gómez Pereira, 2025), a un paranoico incomprendido en Escape (Rodrigo Cortés, 2024) y a un emigrante que busca su identidad —y su sexualidad— en Muy lejos (Gerard Oms, 2025). Es decir, una comedia, una historia inclasificable y un drama realista.
Tres personajes fuertes e indecisos, hombres vulnerables que se vuelven creíbles gracias a la mirada adusta, a su gesto de concentración y a la voz inconfundible, no exenta de cierta timidez, de este actor empeñado en ponerse a prueba más allá de los clichés. Su segunda nominación al Goya, de hecho, la ha logrado con la película de Oms, una producción pequeña e independiente que ha crecido con parsimonia hasta convertirse en una de las cintas de la temporada y darle, de entrada, su segundo premio Gaudí.
Su papel en Zeta podría parecer una metáfora de su profesión: interpreta a un espía del CNI que cambia de piel, de nombre y de país en un suspiro, pero que es incapaz de huir de su propia historia. “Son personajes muy interesantes porque yo soy muy así”, reconoce. “Soy actor y de repente me pongo a dirigir. Y tengo la necesidad de ver qué sucede ahí, de tirarme al vacío. Todos estos personajes tienen algo de eso. Creo que no me conozco lo suficiente, y cuando sales de la zona de confort empiezas a pensar en quién eres realmente. Me gusta no estar cómodo en la vida. Lo sufro, porque me obsesiono fácilmente con las cosas, pero me gusta estar en los personajes”. Nota aquí.

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