Memphis La Blusera, una historia que merecía ser contada
“Todo el mundo la recuerda, pero cuando preguntás sobre bandas y canciones, difícilmente te la mencionen”, señala el autor, que hizo un concienzudo trabajo de investigación y entrevistas.
Guillermo Blanco Alvarado metió la pluma allí dónde -dice él y dicen más- hacía falta: la larga, sorprendente y sinuosa historia de Memphis la Blusera. El periodista se puso el overol. Investigó fuerte. Consiguió 50 buenas fotos. Reseñó cada uno de los 14 discos –en vivo y en estudio- que la banda publicó entre 1983 y 2014. Le pidió al periodista Humphrey Inzillo que le escribiera el prólogo. Biografió a cada uno de los 30 músicos que fueron parte. Habló con más de cien personas aledañas o de la entraña misma de la porteñísima banda originada en Floresta, a instancias del saxofonista Emilio Villanueva, durante el lejano y frío 1977. Y a todo lo envolvió con un título sugerente: Lo único importante, La fantástica historia de Memphis La Blusera.
“La idea de escribir sobre Memphis me surgió a partir de la muerte de Adrián Otero, al ver que no había nada escrito sobre él o sobre la banda. Yo había entrevistado a él y a otros integrantes y con esas notas comencé”, cuenta Blanco Alvarado. Las charlas aquellas que nombra el autor fueron para No tan distintos, programa radial dedicado al jazz y al blues que condujo entre 2006 y 2022.
Sin embargo, entre la idea y su materialización a través de la editorial El Bien del Sauce pasó una década. Entre medio, Blanco Alvarado publicó Mataron a González, su primera novela y Tigre 2004/2019, una gesta de 15 Años, libro futbolero que concibió junto a Enrique Jorgensen, y recién tras esta experiencia se animó con la de Memphis, banda a la que iba a ver durante las últimas dos décadas del milenio pasado. “Los habré visto siete u ocho veces en distintos lugares, como también vi a los Ratones, a los Redondos, a Soda, a Charly, al “Flaco” Spinetta, a Pappo, y por supuesto a David Lebón que fue y es mi artista preferido”, recrea el periodista. “Con esto quiero dejar claro que no era un fan de la banda, aunque me gustaba porque además siempre me gustó mucho el blues. Pero a partir de que empecé a escribir sobre ellos, a conocerlos y a volver a escuchar los discos, revaloricé mis sensaciones sobre Memphis, sobre la originalidad de ese sonido y sobre la poesía de Otero”.
-¿Por qué creés que no se ha escrito sobre Memphis, en un momento en que se editan muchísimos libros de rock?
-Siempre digo que Memphis es una banda que envejeció mal. Todo el mundo la recuerda, todos conocen sus canciones más emblemáticas, pero cuando preguntás a alguien sobre bandas y canciones en general, difícilmente te la mencionen, y cuando vas a los rankings de rock nacional, casi no aparece. Es una banda que a partir de la muerte de Otero quedó guardada en un rinconcito muy pequeño del cerebro, no como sucedió con otros fallecimientos, como los de Luca Prodan o Miguel Abuelo. Es por eso que, quizás, nadie lo haya hecho antes… simplemente porque a nadie se le había ocurrido.
Fue otro miembro nodal de Memphis el que avispó a Blanco Alvarado de tal carencia: el “Ruso” Daniel Beiserman, bajista y compositor de la agrupación. “Fui varias veces a su casa. Esas entrevistas fueron muy interesantes para el libro, como también otras. La de Fabián Prado, por ejemplo, que se fue de mala manera de la banda. O la de Analía, la pareja de Otero al momento de su muerte, que iba con él en el auto cuando ocurrió el accidente, y no había hablado con nadie del tema desde ese momento”, revela.
-Yendo al interior de la banda, hay en el libro un merecido reconocimiento a Emilio Villanueva, cuya labor fue muchas veces tapada por el protagonismo de Otero. ¿Lo sabías y solo faltaba refrendarlo?
-Sabía de su importancia en el grupo. Emilio era la cara más visible de Memphis después de Otero, por su barba, por tocar el saxo que además es el sonido que identifica a la banda. Pero desconocía la importancia que tuvo en los comienzos, eligiendo el nombre y poniendo su casa como sala de ensayo, entre muchos aportes. Pero, claro, Otero y Beiserman eran los Lennon-McCartney de Memphis. Nota aquí.


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