jueves, agosto 06, 2026

Éric Cantona

 “Le tenía que haber dado más fuerte”: 

Éric Cantona, el futbolista que convirtió una patada a un racista en un evento social

El futbolista reconvertido en actor sigue en activo en la pantalla con un documental sobre su vida, una comedia como protagonista y la serie ‘El viajero’, que acaba de estrenar en Cosmo.

Se retiró del fútbol a los 31 años, así que, más que un futbolista que se dedica a la actuación, podríamos decir que Éric Cantona (Marsella, 60 años) es un actor que un día fue futbolista. Tras más de tres décadas de carrera actoral a sus espaldas no deja de sumar títulos: presentó tres trabajos en el último festival de Cannes —un documental sobre su figura (Cantona), una película (Las mañanas maravillosas) y un cortometraje (The Sentinel)— y acaba de estrenarse en Cosmo El viajero, una serie protagonizada por él. Dijo adiós a los estadios a una edad en la que un futbolista todavía está en plena forma, pero este francés nada convencional lo tuvo claro a pesar de las ofertas millonarias para continuar en activo. “Cuando me retiré, sentí que ya no podía mejorar más. Y al mismo tiempo perdí la pasión. La pasión viene con la motivación de mejorar. Si pierdes la pasión, pierdes la motivación”, sentenció.

Dejó tras de sí una carrera que incluye cuatro títulos de la Premier League con el Manchester United y una liga francesa con el Marsella. Pero su mayor legado futbolístico es su actitud, su figura inimitable, siempre con la espalda recta, alerta, con el pecho hinchado y los cuellos de la camiseta levantados, una aportación que The New York Times incluyó entre los treinta elementos más icónicos de la Premier League. “¿Cuál es la definición de arrogancia?”, se preguntaban. “¿Cómo se definiría la arrogancia en términos de objetos? ¿Un sombrero de copa? ¿Un abrigo de piel y una corona? Creemos que es un cuello levantado. Concretamente, el cuello levantado de Eric Cantona”.

Él no le da tanta importancia. “Me puse la camiseta. Hacía frío. El cuello se mantuvo levantado, así que lo dejé así. Ganamos, así que se convirtió en una costumbre jugar con el cuello levantado”. Siempre fue más que un futbolista un personaje. Un tipo que adora a Rimbaud y el fauvismo, un hombre solitario que prefiere una vida tranquila en el campo a los lujos que rodean a la mayoría de las estrellas del balón. “El dinero no ha cambiado mi vida”, declaró en la cima de su estrellato en Manchester, “y nunca la cambiará. Quizás les parezca extraño que piense que la felicidad no proviene de poder comprar el coche que uno desea o de tener dinero en una cuenta bancaria. No lo creo. Todo es cuestión de educación”.

Hablando de coches: tuvo un Rolls-Royce Corniche que donó en 2013 en beneficio de las personas sin hogar y tras ser tuneado por el grafitero JonONe alcanzó un precio de 113.000 euros. Son detalles que sorprenderán a quienes solo lo conozcan por un gesto que marcó su carrera hace tres décadas. Su legendaria patada voladora a un hincha del Crystal Palace en 1995 después de que le gritase: “¡Vete a tu país, hijo de puta francés!”. En ese momento Cantona se dirigía al túnel de vestuario tras haber sido expulsado y al escucharlo saltó sobre el espectador y le propinó una patada de kung-fu. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. A pesar de las consecuencias –una suspensión de ocho meses, un cargo penal de agresión y 120 horas de servicio comunitario que cumplió entrenando a niños en las instalaciones del Manchester United–, nunca se arrepintió. “Le tenía que haber pateado más fuerte. Lo merecía. Lo hice y no lo lamento”, asegura en el documental sobre su figura presentado en mayo en el certamen francés.

Es el incidente más llamativo, pero no el único de una carrera trufada de expulsiones, incidentes verbales y peleas tanto con jugadores rivales como con sus propios entrenadores o con la prensa. Incluso contra el Comité Disciplinario Francés. Tras lanzar un balón al árbitro durante un partido de la liga fue suspendido durante un mes. Su respuesta fue llamar idiotas a todos los miembros del comité.

Aquella patada causó una controversia monumental en Inglaterra. Hubo quien pidió su deportación e incluso que se le prohibiese jugar al fútbol de por vida. Para quien no hubo debate fue para la afición del Manchester. Su vuelta al equipo fue un acontecimiento. En su retorno marcó de penalti y dio un pase de gol. Sus seguidores se volvieron locos; eran los mismos que no lo habían abandonado tras la suspensión y él, que en ese momento valoraba dejar el fútbol inglés, lo apreció. “Me gustó cuando estaba en el juzgado y los aficionados me apoyaban. Viajaron desde Manchester, a mitad de semana, hasta Croydon. Pude sentir ese apoyo y me ayudó mucho. El club también me apoyó. Así que me quedé”, reconoció. Adoraban al “Rey Éric”; no era el mejor jugador de la Premier, tenía un buen disparo, claridad de pase e iba bien de cabeza, pero no era un virtuoso. Lo que ofrecía era otra cosa: electrificaba a la afición, su energía hacía mejores a sus compañeros; cuando estaba en el campo, pasaban cosas. Era, como escribió en EL PAÍS Julio César Iglesias, “un tipo avinagrado capaz de maldecir como un demonio y de jugar como un ángel”. Nota aquí.









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