El refugio de Ernesto Alterio (55 años) es el barrio al norte de Madrid que le cambió la vida: "Si me dieran un título sería el de marqués de La Latina"
El actor llegó a España en 1974, con cuatro años, cuando su familia huía de las amenazas de muerte de la Triple A. El barrio obrero que los acogió sigue siendo hoy un destino por descubrir.
Ernesto Alterio ha llegado a los 55 años en plena forma y sin vocación de repetirse. Viene de encadenar el aplauso teatral de Viejos tiempos, el texto de Harold Pinter que defendió sobre las tablas de La Abadía, con una agenda de rodajes y estrenos que pocos intérpretes de su generación pueden igualar, y lo hace con dos pasaportes en el cajón y un duelo reciente: el pasado diciembre despidió a su padre, Héctor Alterio, fallecido en la ciudad que los adoptó a todos. Esa madurez serena, sin embargo, se levanta sobre un cimiento que se colocó deprisa y con miedo.
Fue a finales de 1974. Su padre había viajado a San Sebastián para presentar La tregua cuando la Triple A, la organización terrorista de extrema derecha argentina, lo incluyó en sus listas de condenados a muerte. Volver a Buenos Aires dejó de ser una opción. Su madre, la psicoanalista Tita Bacaicoa, embarcó con un niño de cuatro años y una bebé de meses rumbo a una ciudad desconocida, con lo puesto y sin saber por cuánto tiempo. Ernesto recuerda la lluvia en el aeropuerto y, sobre todo, la angustia contenida de los adultos, según ha contado en más de una entrevista.
Aquel refugio improvisado tenía nombre y cuesta: las calles del norte de Madrid donde se tocan Tetuán y Cuatro Caminos, a un lado y otro del eje de Bravo Murillo. Allí, en una pensión de esa misma calle, la familia Alterio Bacaicoa pasó sus primeras noches españolas. En una charla con XLSemanal, el actor rescataba la imagen de aquellas escaleras empinadas que subía agarrado a su padre, que le repetía "des-pa-ci-to, pi-ru-li-to" para que no se cayera. En ese detalle mínimo cabe toda la historia: un barrio de escaleras gastadas y porteras atentas que, sin proponérselo, le dio a una familia perseguida lo que más necesitaba, que era sencillamente estar a salvo.
Un campamento que se quedó para siempre
La biografía de Tetuán empieza con una acampada. En mayo de 1860, las tropas del general O'Donnell regresaron victoriosas de la Guerra de África y plantaron sus tiendas en la Dehesa de Amaniel, a la izquierda de la entonces Carretera de Francia, mientras esperaban su entrada triunfal en la capital. La reina Isabel II y miles de madrileños se acercaron a agasajar a los soldados, y en torno a aquel campamento —bautizado popularmente con el nombre de la ciudad marroquí donde se había librado la batalla decisiva— brotaron puestos de comida, comerciantes y las primeras casas bajas. Nació así Tetuán de las Victorias, que durante décadas perteneció al municipio de Chamartín de la Rosa y no se integró en Madrid hasta 1948, para convertirse en distrito propio en 1955.
Lo que vino después lo explica mejor la economía que la épica. A caballo entre los siglos XIX y XX, los trabajadores que llegaban de todas las provincias de España en busca de jornal no podían pagar los alquileres del ensanche, y fueron levantando su vida en este arrabal de casas de una o dos alturas, tahonas, cines de sesión doble y patios interiores. La glorieta de Cuatro Caminos, donde paraban las diligencias hacia la frontera francesa y desde 1919 el primer metro de la ciudad, hizo de puerta de entrada. Tetuán creció, en definitiva, como un barrio de aluvión: gallegos, extremeños y andaluces primero; dominicanos, filipinos y paquistaníes después. Cuando los Alterio aparecieron por Bravo Murillo con acento porteño y una amenaza de muerte a la espalda, no eran una anomalía. Eran una capa más en un lugar levantado, generación tras generación, por gente que venía de fuera. Quien busque aquí el Madrid palaciego de los Austrias se ha equivocado de parada de metro, y ahí reside precisamente su encanto.
Del Chacarita a los rugidos de la Castellana
El fútbol cuenta esa mudanza vital mejor que ningún documento. En Buenos Aires, el pequeño Ernesto había sido inscrito como socio del Chacarita Juniors —presumen en la familia de que fue el más joven del club— por su tío abuelo Eduardo, "Pibona" Alterio, un portero mítico de la entidad funebrera que pasó a la historia como el primer guardameta en marcar de penalti en la liga argentina. Aquella herencia parecía sellada de por vida. Pero la casa familiar de la zona de Tetuán quedaba a un paseo del Santiago Bernabéu, ese transatlántico blanco varado al otro lado de la Castellana, y las tardes de partido el estruendo del estadio entraba por la ventana sin pedir permiso. "Crecí escuchando esos goles", confesaba hace unas semanas en Marca, donde admitía que fue ahí, gol a gol escuchado desde su cuarto, donde floreció su madridismo.
Esa doble lealtad futbolística dibuja con precisión la geografía del distrito. Tetuán vive orientado a dos escalas: hacia dentro, el bullicio menudo y comercial de Bravo Murillo, la antigua Carretera de Francia, con sus fruterías, sus locutorios, sus bares de barra de aluminio y el recuerdo de la época en que sus cines le valieron el apodo de "pequeño Hollywood"; hacia fuera, los rascacielos de la Castellana y el estadio que marca los sábados con su marea blanca. Entre ambos mundos median diez minutos andando y un siglo de historia social. Para un niño exiliado, aquel territorio intermedio fue una escuela de pertenencia: se podía ser de un club de Buenos Aires y de un equipo de Madrid, hablar con dos acentos y sentir que ninguna de las dos cosas sobraba. Nota aquí.





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