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domingo, octubre 25, 2026

Manuel Vicent

 Hablar o bombardear

Todo este acervo inmenso de saliva que se ha consumido desde el inicio de los tiempos para arreglar este juguete roto no ha servido de nada.

El ser humano posee el don exclusivo de la palabra y lo usa para decir: pásame el salero, parece que va a cambiar el tiempo, pide otra de calamares, estoy cogiendo un trancazo, y después de decir un millón de veces cosas como estas, uno se muere. El tejido del pensamiento lo constituye un sinfín de frases banales. Más he aquí que Goethe en el lecho de muerte en el momento de entregar el alma, exclama: “¡Luz, más luz!”. Aunque parece ser que el agonizante pedía que abrieran la ventana, esa exclamación ha pasado por ser el punto más alto al que puede acceder la palabra a la hora de despedirse de este mundo. Algunos piensan que el mundo es un juguete que uno al despertar cada mañana se lo encuentra roto al pie de la cama y que la única forma de arreglarlo consiste en hablar, en hablar tratando de pegar los fragmentos con saliva. No ha hecho otra cosa el ser humano desde que aprendió a acomodar el pensamiento a la vibración de las cuerdas vocales. Eso y poner bombas. Nuestra cultura la forman las palabras que germinaron a pleno sol en las controversias en el ágora de Atenas, en los discursos en el foro romano, en los cuentos y fábulas que se crearon en las aceras de Asia Menor sobre alfombras mágicas, en los tratos en las ferias medievales, en las charlas en los cafés, en las lecciones de cátedra, en lo que hablaban el cura, el boticario y el notario en los paseos bajo los álamos, en las polémicas de las barberías de los pueblos, en los mítines de los políticos, en los consejos del abuelo, todo este acervo inmenso de saliva que se ha consumido desde el inicio de los tiempos para arreglar este juguete roto no ha servido de nada. Hablar o bombardear. Pero mientras llueven las bombas, los clérigos rezan y los políticos gritan, uno se pasa la vida diciendo está muy buena la ensalada, no olvides el paraguas, este año han salido muy buenos los melones, sin darte cuenta ya es Navidad y después de repetir esto un millón de veces, uno se muere y el mundo roto sigue girando. Nota aquí.



domingo, septiembre 06, 2026

El Roto

 


domingo, mayo 24, 2026

Javier Cercas

 Instrucciones para cambiar el mundo

Todo se repite en la historia, la política y la moral, a diario se modifican las formas, pero el fondo es siempre el mismo.

Los periódicos nos engañan, la actualidad miente: cada día, a todas horas, por todas partes parecen ocurrir cosas originales e inesperadas, hechos nunca vistos, acontecimientos insólitos. Tenemos la impresión de que el presente vive en ebullición y el mundo es un lugar en cambio constante, que a todas horas se reinventa a sí mismo, donde la realidad es siempre inédita. Por supuesto, es un espejismo: quien ha vivido un día los ha vivido todos. Que yo sepa, nadie lo entendió mejor que Marco Aurelio, emperador de Roma y uno de los hombres más sabios que en el mundo han sido. “El que ha visto lo presente, lo ha visto todo”, escribió a mediados del segundo siglo de nuestra era: “lo que hubo en el pasado indefinido y lo que habrá en el futuro interminable, pues todo tiene el mismo origen”.

Los antiguos imaginaban el tiempo como un círculo, en el que todo reaparece y cíclicamente se repite; nosotros, marcados por la muerte y resurrección de Cristo, que constituyen hechos irreversibles, lo entendemos como una flecha lanzada por un arco. “Vivir es ver volver”, escribió Azorín recordando a Nietzsche, quien rescató la concepción del tiempo de la Grecia antigua (Eterno Retorno, la llamó). Todo ha ocurrido ya muchas veces, pero olvidamos con facilidad, y de ahí que todo nos parezca novísimo, inaudito; además, leemos poco y mal, así que repetimos una y otra vez los mismos errores. Los periódicos nos engañan, la realidad es una tramoya: no es la primera ocasión en que Rusia invade Ucrania, la guerra de Irán ha estallado muchas veces y el mundo ha caído muchas veces en manos de un ególatra desquiciado y rodeado de una banda de aduladores, maleantes y arribistas. Es verdad que, contra lo que parece, o contra lo que puede sentir quien vive el presente sin el pasado, el mundo de hoy no es peor que el de ayer; al revés: es un hecho que hoy se libran menos guerras que nunca y que existe menos violencia, menos pobreza, menos analfabetismo o menos mortandad infantil que nunca. Pero también es verdad que los seres humanos somos más o menos como siempre hemos sido: jamás han abundado entre nosotros la bondad ni la rectitud ni el altruismo ni el coraje ni la inteligencia; en cambio, convivimos a diario con la maldad, la mentira, la cobardía, la envidia, el odio, la estupidez. Para ser consciente de ello no es preciso ser pesimista: basta con una cierta dosis de realismo. Quienes estamos biológicamente incapacitados para adquirirla sobrevivimos como podemos, inoculándonos a diario los antídotos que suministran los sabios, contravenenos idénticos porque el problema siempre ha sido idéntico e idéntica la forma de solucionarlo, o de intentar protegerse de él. Marco Aurelio urge a refugiarse en el “soberano interior” (el “dios interior”, lo llama también), un reducto íntimo, invulnerable al mal y los vaivenes de la fortuna, al que uno siempre puede retirarse y vivir libre de inquietud y de tormento, alejado del ruido hueco que nos rodea; pero, si bien se mira, ese fortín feliz, recóndito y blindado del emperador pagano no es muy distinto del Dios católico de Teresa de Ávila, al menos tal y como aparece en un poema justamente memorable que es también una oración para desamparados: “Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / solo Dios / basta”. Es muy improbable que la santa castellana leyera al estadista romano, pero su soberano exterior se asemeja al soberano interior de aquél como una gota de agua a otra.

Vivir es ver volver, todo se repite en la historia, la política y la moral, a diario se modifican las formas, pero el fondo es siempre el mismo, los seres humanos somos lo que somos y, ya que es muy difícil cambiar el mundo —­no podemos impedir las invasiones ni terminar con las guerras ni mandar al cubo de la basura a los gobernantes tarados—, al menos cambiemos nosotros, que es la única forma que tenemos de cambiar el mundo. No sé cómo dijo esto santa Teresa; Marco Aurelio lo dice así: “Es ri­dícu­lo no protegerse de la propia maldad, lo que es posible, y hacerlo de la de los demás, lo que es imposible”. Nota aquí.



lunes, enero 26, 2026

Idígoras y Pachi

 


martes, diciembre 23, 2025

El Roto

 


lunes, diciembre 01, 2025

Eneko


 

domingo, noviembre 16, 2025

Francesca Albanese

 “Gaza será un museo del genocidio”

Su papel como relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados ha cobrado relevancia a raíz de la masacre perpetrada por el ejército de Netanyahu en Gaza. Visitamos a la abogada italiana en su casa en Túnez, desde donde avanza incansable en su tarea de denuncia a pesar de las amenazas que recibe desde Israel y EE UU.

Las olas llegan picadas a la arena de Túnez, donde un viento repentino remueve la espuma y trae rumores de marejada en esta orilla sur del Mediterráneo. El paisaje es similar al que puede haber en playas de Sicilia, Alicante, Santorini o el que podría tener Gaza si no fuera por las bombas, por qué no: barquichuelas que se entrechocan con calma, casas blancas que asoman al mar, buganvillas esplendorosas en rojo, rosa o color vino y sillas que se oxidan rápidamente en los patios por la acción corrosiva del mar, única amenaza a la vista en esta zona costera de un Túnez apacible en estos tiempos. Pero Francesca Albanese no puede ni visitar ni vivir en Gaza o Cisjordania, las áreas sobre las que trabaja como relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967. Lo hace desde su casa en este barrio residencial donde vive con su familia con las únicas herramientas a su alcance: el wifi y la pantalla. Con ello está moviendo montañas.

—¿Desde cuándo no puede viajar a Cisjordania o Gaza?

—Nunca he podido pisar el terreno desde que empecé mi mandato, en 2022, porque Israel veta mi entrada, como hizo con mis predecesores. Pero yo nunca acepto un obstáculo como límite. Lo circunvalo, lo convierto en activo. Y cocino con lo que hay en el frigorífico. Con eso me apaño. Quienes me conocen lo saben muy bien.

Y los ingredientes parecen infinitos en sus manos. Francesca Albanese, nacida en Ariano Irpino (Campania italiana) hace 48 años, nos recibe en su casa de La Marsa, Túnez, donde algún balón de fútbol y las aletas de buceo de talla infantil se cuelan y conviven con informes sesudos sobre Oriente Próximo, un atlas de Palestina o biografías de Nelson Mandela. El salón está tan despejado como el aire límpido de esta mañana otoñal y una fuente de naranjas, kiwis y aguacates se ofrece a la vista. Pero el auténtico menú se cuece en su estudio, una pequeña habitación anexa en la que Teresa Rasella, su asistente especial, ya está tecleando para preparar sus próximas reuniones. Cada día, después de que sus dos hijos marchen al colegio, Albanese se conecta desde aquí para hacer un sinfín de entrevistas por Zoom. Habla con asesores, con organizaciones, con pasantes que la ayudan desde distintas universidades con las que ha llegado a acuerdos, con gobiernos y con periodistas; organiza focus groups según los temas que investiga; y teje una agenda que se va multiplicando y que la lleva a llenar auditorios y a que la paren por la calle en muchas partes del mundo.

Para bien y para mal.

En general, para aclamarla como si fuera una estrella. A veces, para insultarla en vivo o en las redes, tras haberse convertido en el rostro más visible de la resistencia ante el horror en Gaza, en el clamor por una justicia que hoy parece imposible y en la denuncia más temprana de un genocidio hoy ya reconocido por una comisión de expertos nombrada por la ONU. Ella fue de las primeras en atreverse a romper el tabú, a llamar “genocidio” a lo que sufre la Franja, lo que le ha valido una persecución inclemente y duras sanciones por parte de Estados Unidos.

Nacida a 100 kilómetros de Nápoles, tiene grabados en la memoria dos capítulos extremos que ocurrieron en su primera infancia: el primero fue el terremoto que destruyó su pueblo cuando ella tenía tres años. Fue en 1980. Y el segundo, cuando apenas tenía cinco, la matanza de Sabra y Chatila, la masacre de refugiados en Líbano que las tropas israelíes permitieron a las falanges cristianas. “Fue la primera vez que oí la palabra ‘Palestina’ y tengo un recuerdo muy vívido. En Italia y en mi familia se hablaba mucho de ello, y yo crecí en ese ambiente. Aquello fue horrendo”. Albanese rememora a su padre, abogado ya fallecido, y a su madre, una ama de casa hoy atrapada en los recovecos más hostiles de la edad, en una Italia que entonces era mucho más abierta al exterior, más concienciada y movilizada por causas que estaban ocurriendo fuera. “Mi hermano mayor tenía en su habitación pósteres de Palestina, eran tiempos de la primera Intifada, y también un compañero que era un refugiado palestino de Jordania. Esa fue mi primera conexión”, relata. Los años de Berlusconi, asegura, trajeron después un ensimismamiento que llevó a los italianos a mirarse al ombligo y a tener ojos solo para sí mismos. Pero ella había respirado otra cultura y, tras estudiar Derecho en la estela de su padre, se fue a la Universidad londinense de SOAS a especializarse en Derechos Humanos. Así empezó a profundizar en el drama que ha forjado su carrera: “Muchos pueblos han sido traicionados y olvidados y los palestinos han sido traicionados, pero no pueden ser olvidados. Ellos aún resisten, no se rinden, y ayudarlos es levantar la voz para que otras causas no sean olvidadas”. Nota aquí.



sábado, noviembre 01, 2025

Todos somos Gaza

 

domingo, octubre 26, 2025

Rosa Montero

 Sin lágrimas

Hay tanto por lo que llorar en este mundo que no me quedan suficientes lágrimas. Ojalá, esta vez sí, gane la paz.

Mientras escribo esto se acaba de firmar el plan de paz sobre Gaza en Egipto. Un rayo de esperanza, pero con qué precio. Y, sobre todo, ¿durará? Mi apellido paterno, Montero, indica un oficio, así que es probable que sea de converso. En cuanto al apellido materno, Gayo, viene de los vaqueiros de alzada asturianos, un pueblo seminómada que ha sufrido una dura discriminación durante siglos. Aún hoy se puede ver, en alguna iglesia de la zona, la centenaria raya pintada en el suelo, junto a la puerta, con la leyenda de “hasta aquí los vaqueiros”, porque no los dejaban entrar en sagrado. Despreciados y pobres, eran de origen celta, el último reducto de la Edad del Bronce que hubo en Europa, como dijo el antropólogo Julio Caro Baroja en un precioso libro sobre ellos. Pues bien, dentro de mis mitos fundacionales, de esa fabulación con la que solemos adornar nuestra identidad, desde muy niña he pensado con ardiente orgullo que desciendo de dos pueblos perseguidos, judíos y vaqueiros. Amo la herencia nórdica de brumas y montañas, y admiro profundamente la historia judía, su genialidad, su resistencia, el increíble porcentaje de Premios Nobel que acumulan.

Cuento todo esto para dejar claro que condenar SIN PALIATIVO ALGUNO el crimen contra la humanidad cometido por Netanyahu y sus matones no es antisemitismo, sino el inevitable y necesario repudio de las atrocidades de unos monstruos. Atrocidades que, por cierto, han sido denunciadas también por judíos dentro y fuera de Israel, en una cascada cada día más numerosa. Como, por ejemplo, diversos manifiestos o actos de repudio de personalidades judías chilenas, argentinas y uruguayas, países todos ellos antes muy pro Israel; o el alegato espeluznante y conmovedor hasta las lágrimas que hizo el gran director de orquesta israelí Ilan Volkov en los recientes conciertos PROM de Londres, una denuncia especialmente valiente porque Volkov vive en Israel y está siendo testigo, allí, de primera mano, de los horrores cometidos (recomiendo buscar en internet su intervención, estremece y admira). Por no hablar de los diversos intelectuales judíos que, como Ariel Feldman o Thomas Friedman, han publicado artículos diciendo que Netanyahu es el peor enemigo de Israel, porque está haciendo crecer el antisemitismo dramáticamente. Omer Bartov, historiador israelí especializado en el Holocausto, ha dicho: “Lo que ocurre en Gaza se ajusta a la definición de genocidio”.

Hay que tener claro, pues, que no es un problema de los judíos, sino de Netanyahu y sus matones. Ahora, coincidiendo con los testimonios de las torturas psíquicas y físicas sufridas por los detenidos de la flotilla (golpes, carencia de agua potable, denegación de medicamentos esenciales como insulina para diabéticos), la banda del mal ha lanzado una contraofensiva en redes y medios de comunicación hablando de nuevo de las 1.200 víctimas del terror de Hamás. Una estrategia miserable. Todos los que nos oponemos a la barbarie de Gaza nos hemos pasado más de un año condenando una y otra vez el indecible espanto que fue el ataque de Hamás y el largo suplicio de los secuestrados. Y lo hemos repetido con diligencia cada vez que queríamos denunciar la masacre palestina. Para que quede claro, para mí los de Hamás no solo son unos asesinos, sino, además, mis enemigos. Su modelo de mundo es un ataque a mi integridad como persona. Pero a estas alturas de la carnicería tener que volver a repetir la letanía de la maldad de Hamás me parece ridículo y tramposo. Porque la perversa dimensión de la tragedia de Gaza ya ha perdido relación con lo anterior. Es un crimen contra la humanidad per se, sin más añadidos. Y lo increíble es que la gente se pliegue a esas burdas maniobras de intoxicación informativa. Que, de repente, justo cuando sucede lo de la flotilla, empiecen a aparecer en los periódicos los atroces (que lo son) relatos de las víctimas de Hamás. Casos abominables, sí, pero que no justifican la bestial sangría de Gaza. Lloro por ellos, por cada una de las víctimas de Hamás, y por los casi 70.000 muertos de Gaza, y por el director de orquesta Volkov, que también lloraba, y por todos los judíos valientes que se están poniendo en riesgo al denunciar su Gobierno, y por las 150.000 víctimas mortales que lleva Sudán, que nadie menciona, y por las mujeres de Afganistán, a las que los talibanes han prohibido hablar en público y que languidecen en el olvido. Hay tanto por lo que llorar en este mundo que no me quedan suficientes lágrimas. Ojalá, esta vez sí, gane la paz. Nota aquí.



viernes, octubre 17, 2025

Sataute Solidario


 

jueves, octubre 09, 2025

Julio Rey


 

sábado, octubre 04, 2025

Lourdes Pastor

 Lourdes Pastor, cantaora: “A Miguel Hernández unos lo persiguieron por sus ideas, pero otros lo rechazaron porque olía a cabra”

Socióloga y flamenca, sus letras recogen las fatigas de madres solteras, recuerdan a Las Trece Rosas o piden a los eurodiputados, por bulerías, que paren el genocidio en Gaza

Lourdes Pastor (Puente Genil, Córdoba, 44 años) es socióloga y cantaora y no necesita que Israel destruya Gaza para que, como decía Manuel Vázquez Montalbán, le salga social la poesía. Además de elegir las letras, elige dónde decirlas y por eso canta su versión de Santa Bárbara Bendita en Dolores Ibarruri La Pasionaria, documental que Amparo Climent estrena el 3 de octubre. Otro escenario con un eco especial es el Parlamento Europeo, donde estuvo el 23 de septiembre para homenajear a Miguel Hernández. Allí, en Bruselas, cantó Andaluces de Jaén a petición de la familia del poeta, pero también un tema propio, Bulería por la paz, acompañada del guitarrista Melón Jiménez y la flautista Lara Wong.

Pregunta. ¿Cómo fue cantar “lo de Gaza es genocidio con complicidad mundial” a un parlamento que sigue sin aceptar el término?

Respuesta. Muy emocionante y acabé llorando porque pude cantar esa bulería delante de personas que tienen poder para cambiar el mundo. También porque delante de mí estuvieron la nieta y la nuera de Miguel Hernández, que pidieron a sus señorías que pongan fin a esa masacre. Hice lo que suelo hacer: intentar que el arte sirva para llegar donde no está llegando la razón, que es la que tendría que llegar.

P. Entre su repertorio está Bella Ciao, un cante dedicado a Las Trece Rosas y sé que le encanta El Cabrero, el cantaor con conciencia social vivo por excelencia. ¿Faltan en el flamenco más figuras como él?

R. No soy quien para decirle a nadie hasta dónde mojarse, pero sí me parece que el flamenco debería tener más conciencia social porque sus raíces lo son: los cantes de fragua hablan de las dificultades de la explotación laboral, también las carceleras o las mineras. Me acuerdo ahora de El Lebrijano, que se inventó un palo, las galeras, con las que denunció la opresión del pueblo gitano. Esa es la raíz. Nota aquí.




viernes, octubre 03, 2025

Julio Rey


 

lunes, septiembre 29, 2025

Ramón Serrano

 EL SUR

(El éxodo en Gaza)
La acacia se mueve voluptuosa en el vientre de la tarde
la luz va y viene
los vientos muestran su lado más oscuro
es la hora más digestiva
a medio cenit de la pelota vasca
el frontón es una sombra opaca
largo el camino a la penumbra
cuesta arriba
cuesta abajo
a lo lejos se oyen los gritos de las madres desesperadas
arrebatar los hijos
es la moneda de las sombras de la pérfida Dama
por mucho que el Poeta intente
olvidar la sangre desenterrada
llegan por los cauces de la noche
los estruendos que arrebatan la infancia
no hay acacias ni jardines
que borren el acero que mata
el éxodo es una batalla perdida
de colchonetas ensangrentadas
escuálidos los rostros de mirada extravagante
camino de un Sur que no existe
montados en el carro de los trastos idos
que fueron un día su casa
a la derecha el mar inalcanzable
al otro lado la ignominia
en nombre de un dios de papel de estraza
el Sur no existe en parte alguna
sólo fue un falso recuerdo de infancia.



jueves, septiembre 25, 2025

Rosa Montero

 Maestros de lo imposible

En el sistema educativo español debería incluirse un viaje a los campamentos saharauis: aprenderíamos muchísimo

Llevamos meses hablando (más o menos) del horror de Gaza, sin lograr gran cosa. Hablamos mucho menos de las tragedias de Sudán y Myanmar, ríos de plomo de dolor que prosiguen su lento curso entre las sombras. Pero de lo que nunca nos acordamos, aunque la responsabilidad española es esencial, es del drama saharaui. El próximo 14 de noviembre se cumplirá medio siglo de la firma del infame Acuerdo Tripartito de Madrid, mediante el cual España se marchaba del Sáhara y abandonaba a su suerte a sus pobladores, tras dividir la tierra entre Marruecos y Mauritania como quien divide un rebaño de ovejas. Muchos saharauis salieron huyendo del ejército y los bombardeos marroquíes y se establecieron en Tinduf, al sur de Argelia, en la hamada, una zona especialmente inhóspita del desierto. “Que te destierren a la hamada”, reza una antigua maldición saharaui. Y ahí llevan 50 años, atrapados en su infierno personal. He estado un par de veces en los campamentos y es un lugar brutal y desolado. La temperatura puede alcanzar los 56 grados, pero también soportan noches heladoras. No hay agua, tienen que traerla con camiones, pero a veces sufren catastróficas inundaciones (las de 2015 destruyeron el 60% de las casas). Las frecuentes tormentas de arena arrancan las recalentadas chapas que sirven de techo y se las llevan volando como cuchillas. En esos sedientos y yermos pedregales en los que apenas pueden aguantar los alacranes ya han muerto y nacido varias generaciones de saharauis. Ahora mismo malviven ahí 173.000. La mayoría dependen para subsistir de la ayuda internacional, que cada día es menor. En 2024, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU redujo un 30% la canasta de alimentos básicos de los saharauis, y las ONG denunciaron que los refugiados de Tinduf estaban al borde de una tragedia humanitaria; había una elevadísima tasa de anemia y más de la mitad de los niños menores de cinco años sufrían desnutrición. No quiero ni pensar a qué lento matadero les pueden conducir los actuales recortes de Trump.

Cuento todo esto y me indigno, y sufro, y aborrezco el olvido en el que viven, pero también me maravillo y embeleso por su resistencia, su vitalidad, su adaptabilidad, su inteligencia. En el sistema educativo español debería incluirse un viaje obligatorio a los campamentos: aprenderíamos muchísimo. Son capaces de crear vida, vida bella y buena, de la nada. Porque el entorno demoledor de los campamentos, feroz e inhumano, sigue originando sin embargo a unos seres humanos maravillosos. Como, por ejemplo, Tateh Lehbib, un saharaui de 35 años nacido en la hamada. A los 12 años tuvo que abandonar a su familia para poder estudiar en Argel; con becas de ACNUR y Erasmus cursó Ingeniería y Energías Renovables, y después hizo un máster en Eficiencia Energética en Las Palmas de Gran Canaria. Tras las inundaciones de 2015 regresó a la hamada con un proyecto de construcciones eficientes en zonas desérticas. Con fondos de ACNUR diseñó y levantó 25 viviendas en los campamentos arrasados. Están hechas con botellas de plástico rellenas de arena a modo de ladrillos, se pueden construir en una sola semana y diversas soluciones técnicas las hacen más frescas y también más seguras frente a las tormentas de arena y las inundaciones. Esas casas dieron a conocer su nombre a nivel mundial en el sector y le permitieron acometer su siguiente proyecto: SandShip, un centro en Tinduf, un laboratorio en el que “imaginar y construir soluciones sostenibles en condiciones de extrema dificultad”, combinando “los saberes nómadas saharauis con creatividad, reciclaje y compromiso social”. Verás, todo esto puede sonar a palabrería bonita y vacua. Pero es que los campamentos son de verdad extremos. Es que allí de verdad no hay nada. Y, en ese agujero de nada abrasadora y sin futuro, Tateh y los demás luchan, inventan, crean belleza y esperanza. Son maestros en lograr lo imposible. El último proyecto de SandShip consiste en que una serie de artistas multidisciplinares desarrollen piezas únicas de arte y diseño que luego serán elaboradas en los campamentos y exhibidas en foros internacionales. Lo cual servirá para visibilizar la causa saharaui y para fomentar redes artesanales sostenibles en Tinduf. Viven en el más absoluto desamparo, pero con tenacidad y creatividad cambian el mundo. Yo quiero que nuestro próximo presidente del Gobierno sea una saharaui. Nota aquí.



miércoles, septiembre 24, 2025

Julio Rey

 


martes, septiembre 23, 2025

Luiso García

 Decenas de miles de niños y niñas palestinas. Todos ellos con nombre, pero sin vidα porque Isrαel se la ha αrrebαtαdo v𝗂lmєntє.

Ojalá poder nombrarlos a todos y a todas para que nadie los recuerde como un simple número:
Aliya Abd Al-Noor Sami Al-Souri, Kinan Amin Marwan Abu-Shakian, Roz Abd Al-Aziz Mohammad Al-Ghoul, Mohammad Hamid Nidal Aloua, Salama Mohammad Marwan Abu-Atiwi, Sham Ahmed Fawzi Al-Qafidi, Luay Mahmoud Saleh Al-Ajrami, Shahd Omar Al-Qattati, Lana Yasser Nassif Hijazi, Abdullah Mohammad Abd Al-Hamid Mehana, Son/Ahmed Fouad Sikeik, Raed Ehab Raed Salmanaly, Omar Ahmed Abd Al-Nasir Shamlakh, Moaz Abd Al-Fattah Khaled Al-Zuhairi, Maria Yasser Kamal Al-Masry, Raed Khaled Raed Rajab, Malak Abd Al-Salam Ali Abu-Saif, Iyla Mohammad Salem Al-Dremli, Sela Mahmoud Jamal Abu-Dhahir, Layan Rami Anwar Faisal, Najwa Mahmoud Fathi Radwan, Mohammad Ahmed Salem Al-Qanou, Yomna Omar Riyadh Al-Rifi, Basil Mohammad Hossam Abu-Jaser, Yasmine Khalil Jawad Abu-Binat, Ayla Adi Abd Al-Jawad Abu-Ras, Noor Yousef Bassam Abu-Hasira, Juwan Ali Nasr Amer, Saba Ahmed Ali Al-Qazzaz, Fadel Maysara Mohammad Abu-Hasira, etc, etc, etc...



lunes, septiembre 22, 2025

Javier Cercas

 La poesía en Gaza

No puede extrañar que estos textos sean de una sobriedad extrema. Las víctimas auténticas jamás posan de víctimas

¿Qué se puede añadir a lo que está pasando en Gaza? ¿Qué otra cosa decir aparte de lo que se ha dicho mil veces (que aquello es un espanto inenarrable, que ya nada tiene que ver con la legítima defensa de Israel tras los salvajes atentados terroristas de Hamás, sino con el intento de aniquilación de un pueblo, que, por una inicua simetría, quienes fueron las peores víctimas han pasado a ser los peores verdugos y que, como ha escrito Etgar Keret, el principal enemigo de Israel no es ya Hamás sino Netanyahu)? ¿Qué puede hacerse aparte de protestar por la barbarie y exigir en vano a nuestros gobernantes que pongan todos los medios para acabar cuanto antes con ella? ¿Nos hemos quedado sin palabras?

No: quedan las palabras de los poetas. Acaba de publicarse en Italia una antología de poemas compuestos por autores gazatíes tras el inicio de la guerra; se titula Il loro grido è la mia voce y recoge textos de 10 poetas palestinos. Este artículo no tiene otro propósito que traducir a nuestra lengua un puñado de esos poemas. No puede extrañar que estos sean de una sobriedad extrema, de una falta absoluta de sentimentalismo, no digamos de melodramatismo: las víctimas auténticas jamás posan de víctimas. Alguno de ellos pone los pelos de punta, como éste, de Haidar al-Ghazali, que tiene 21 años y estudiaba literatura inglesa hasta que la guerra arrasó su universidad: “La niña cuyo padre ha sido asesinado / mientras llevaba un saco de harina / a la espalda / continuará saboreando / la sangre de su padre / en cada pan”. O este otro, obra de Ni’ma Hassan, que evoca la vida cotidiana de una madre en Gaza, donde la autora sigue viviendo con sus hijos: “Una madre en Gaza no duerme / Escucha la oscuridad, controla sus márgenes, filtra uno por uno los sonidos / para elegir una historia que les encaje, / para acunar a sus hijos / Y, una vez que todos se han dormido, / se yergue como un escudo frente a la muerte / Una madre en Gaza no llora / Retiene el miedo, la rabia y las plegarias en su interior, / y espera que acabe el estruendo de los aviones, / para liberar la respiración / Una madre en Gaza no es como todas las madres / Hace el pan con la sal fresca de sus ojos… / y nutre la patria con sus hijos”. Tampoco puede extrañar que los poemas más impresionantes —o los que más me han impresionado a mí— sean los escritos poco antes del asesinato de sus autores: la literatura de verdad no es solo literatura. En octubre de 1950, mientras se preparaba para ser uno de los mayores escritores de su tiempo, V. S. Naipaul recibió una carta donde su padre le decía: “¿A qué crees que se reduce la literatura? A escribir con las tripas, no con la cabeza. La mayoría escribe con la cabeza. Si el delincuente semianalfabeto escribe normalmente una larga carta a su novia, será como la mayoría de las cartas de semejantes personas. Si el delincuente escribe la carta justo antes de ser ejecutado, será literatura”. La bioquímica y poeta Heba Abu Nada escribió estas palabras 12 días antes de morir en un bombardeo: “Nuestra foto de familia: un montón de jirones, un puñado de ceniza, / cinco sudarios de distintas dimensiones envueltos uno junto al otro. / Las fotos de familia en Gaza no son como todas las demás. / Pero estaban juntos, y juntos se han marchado”. Termino con un texto, escrito en inglés por Refaat Alareer, que ha adquirido una cierta notoriedad (If I Must Die se titula); Alareer fue un profesor de literatura inglesa muerto el 6 de diciembre de 2023, en el curso de un ataque del ejército israelí: “Si debo morir, / tú debes vivir / para contar mi historia, / para vender mis cosas, / para comprar un trozo de tela / y algo de hilo / (que sea blanco, con una larga cola), / de tal manera que un niño, en algún lugar de Gaza, / mirando fijamente el cielo, / esperando a su padre que ha partido entre las llamas / —sin decir adiós a nadie, / ni siquiera a su carne, / ni siquiera a sí mismo— / vea la cometa, mi cometa hecha por ti, volar alto / y piense, por un momento, que allí hay un ángel / que trae de vuelta el amor. / Si debo morir, / que traiga esperanza, / que sea una historia.”

La vergüenza de Gaza nos sobrevivirá muchos años. Nota aquí.



viernes, septiembre 19, 2025

Luis García Montero

 Soy la daga

Después de llenar con borrones la hoja en blanco de una libreta, tacho la palabra defensa y escribo cien veces la palabra guerra.

Veo en la televisión la llamarada de una barca que salta por los aires y la bomba que cae sobre un hospital infantil. Por mis venas corre la imaginación de los niños y las enfermeras bajo los escombros. Después de llenar con borrones la hoja en blanco de una libreta, tacho la palabra defensa y escribo cien veces la palabra guerra. Luego me levanto de la mesa, busco un cuchillo en la cocina y un hacha en la caja de herramientas del trastero. Me miro en el espejo, reconozco los ojos de verdugo, abro la puerta, bajo con disciplina calculada lo escalones y llamo al timbre de la portera. Le sonrío, entro en su casa, digo que ha llegado la hora y con un golpe preciso le corto el cuello. Veo cómo la sangre y el café que se estaba tomando salen por la herida de la garganta. Para que no sufra una agonía larga, le clavo el cuchillo en el corazón y me quedo tranquilo. Al acelerar su muerte, aplazo el problema de mi vivienda.

Y le tomo gusto a la sangre. La plaza guarda una colección de mendigos. Elijo uno que se tapa la cabeza con una gorra. Los pies sucios y descalzos llaman mi atención, así que le clavo en el pecho mi cuchillo, que tiene ya el valor de una espada, y veo con gozo cómo la sangre cae gota a gota sobre sus zapatos y sus pertenencias metidas en una bolsa de plástico. Contento me dirijo al trabajo. Paso a paso, gota a gota, imagino el exterminio que voy a hacer entre los guardias de seguridad, la recepción, la secretaria y las áreas de cultura, economía y relaciones internacionales. Estoy deseando llegar con mi hacha y mi espada, que asume una labor misericordiosa, para qué negarlo.

Mientras camino no paro de localizar posibles víctimas. El escaparate de la Librería Antonio Machado me da una sorpresa. Ahí está el libro que acabo de leer, Soy la daga y soy la herida (Alfaguara, 2025), una magnífica recreación literaria de Laura Restrepo sobre el mundo que nos hace y nos deshace. Nota aquí.



jueves, septiembre 18, 2025

Fernando León de Aranoa

 Madrid, Gaza, Europa

La gente de a pie levanta la voz contra la parálisis moral de sus gobiernos y de una UE que mira hacia otro lado y agacha la cabeza.

Las democracias europeas dan hoy la espalda a Gaza del mismo modo que hace solo 90 años esas mismas democracias dieron la espalda al gobierno legítimo de la República Española, cuando la población civil de Madrid, cercada por las tropas de Franco, era bombardeada a diario por la aviación de los sublevados, generosamente apoyada por las potencias fascistas de entonces. Las razones para esta vergonzante conducta sostenida en el tiempo, se pueden encontrar en el diario de sesiones de la Sociedad de Naciones, organismo precursor de la ONU creado por el Tratado de Versalles con el objeto de sentar las bases de la paz al término de la Primera Guerra Mundial. Desde su tribuna de oradores, Julio Álvarez del Vayo, ministro de Estado, reclamaba el 25 de septiembre de 1936 ante la asamblea amparo para la República Española. Lejos de otorgárselo, Europa respondió con la formación del Comité de No Intervención, impulsado por Reino Unido y Francia, que impediría a lo largo de todo el conflicto el auxilio a la República. La política de no intervención en la guerra de España no fue sino la continuación de la “política de apaciguamiento” liderada por el gobierno británico de Chamberlain, que consistía en hacer concesiones políticas y territoriales a la Alemania nazi para evitar un conflicto armado, con los resultados ya conocidos.

Así las cosas, Madrid, primera ciudad de la historia bombardeada sistemáticamente desde el aire, obtuvo de Europa poco más que el envío de un par de comisiones de higiene y el interés de los directores de las grandes pinacotecas europeas por el tesoro artístico contenido en el Museo del Prado, que había merecido la atención (y las bombas incendiarias) de los aviadores sublevados. Ni siquiera en las horas más desesperadas de la derrota, las decenas de miles de republicanos que aguardaban su evacuación, atrapados entre la espada del fascismo y la pared de Europa, vieron aparecer en el horizonte los barcos que en su auxilio debió haber enviado esta. “Madrid, crucificada”, titulaba en su portada la revista francesa Regards en su número del 10 de diciembre de 1936 sobre una fotografía de Robert Capa que, de haber sido en color, podría haber sido tomada en las ruinas de Gaza; quizá con la diferencia de que el fotógrafo que se hubiera atrevido a hacerla hoy habría sido, con mucha probabilidad, asesinado por un dron del ejército israelí. Nota aquí.