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Entre la memoria, la oscuridad y el crimen: una tarde con Víctor Claudín en la Taberna Garibaldi
La tarde estaba para quedarse en casa, taparse un poco y, si me descuido, ponerme a asar castañas sin mayor complicación. Una de esas tardes en las que cuesta mucho sacar la pereza del cuerpo. Pero al final cogí el paraguas, me animé y bajé hasta la Taberna Garibaldi, para la presentación de los nuevos libros de Víctor Claudín . Y la verdad: sin ser la tarde del siglo, mereció la pena.
El ambiente era sencillo y cercano, como suele ocurrir allí. Gente de paso, habituales de la casa y amigos que siguen a Claudín desde hace décadas. En la mesa, junto al autor, estaban Lorenzo Lunar y Alberto Pasamontes, y entre los tres, sin ponerse estupendos ni pesados, fueron construyendo una conversación tranquila, más propia de un enésimo reencuentro entre amigos que de un acto literario formal. Se habló de recuerdos, de escritura y de esas cosas que uno solo cuenta cuando está en compañía de gente que entiende el trayecto.
Además de sus memorias , con "Vivo en la oscuridad", salió a relucir el territorio donde Claudín se mueve con una soltura especial: la novela negra. Sus historias mezclan asesinatos, managers con doble fondo, conspiraciones que rozan los pasillos del Club Bilderberg y el lado oscuro del negocio musical. Todo con ese estilo sobrio, clásico y rico en la escritura que él maneja tan bien, lleno de atmósfera y de personajes que siempre esconden algo.
El fin de fiesta corrió a cargo de Carlos Ávila y Luis Farnox (Javier Batanero finalmente no pudo asistir) que aportaron música, y ese toque desenfadado que le sienta tan bien a la Garibaldi. Y justo cuando parecía que la tarde ya había llegado a su punto final, Lorenzo Lunar se arrancó a capela con un son cubano que le salió más que digno. Lo cantó con la seguridad tranquila de quien no necesita cantar como Benny Moré, ni tocar la guitarra, ni instrumentos para llenar el espacio, si no ganas y desparpajo, y el público lo aplaudió como debía: con cariño y sorpresa agradecida.
Luego, ya en la deriva natural de la tarde, acabamos en “corro chico”, donde Luis Farnox y Jesús le hicieron el rodaje a una guitarra nueva: una admira de madera natural, recién salida de su estuche, tímida todavía pero lista para vivir —y presenciar— momentos épicos en la Garibaldi.
Volví a casa con esa sensación sencilla pero valiosa de haber tomado la decisión correcta al salir. Una tarde agradable, sin grandes gestas, pero que suma. De esas que recuerdan que la cultura, cuando se comparte entre amigos, se vuelve más liviana, más humana y, sobre todo, más cierta.
Comprad los libros de Victor Claudin, los de hoy: La novela negra llevada a la excelencia, y la memoria de un hombre que se reconoce en la trinchera del pensamiento libre.







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