Pepe Heguy, el polista distinto: “En la cancha éramos indios y salvajes, tenías que estar loco para jugar en esa época”
Cuádruple campeón del Abierto de Palermo e integrante de una dinastía de este deporte, repasa su carrera y analiza la actualidad: las reglas ridículas, los polistas que juegan otro deporte y su orgullo como padre
Siempre fue distinto. En una cancha de polo y afuera también. Hacía goles sin tener un taqueo excelso como otros número 1, pero además era una pesadilla para los rivales a la hora de detectar puntos flacos, errores o simplemente provocarlos con astucia. Una mente brillante. Y cuando la mayoría de los jóvenes de su edad no veía la hora de dejar los estudios para viajar y ser un jugador profesional, Alberto Heguy (h.) eligió estudiar. Agronomía. Primero el estudio, el polo después. “Había tiempo”. Y era como un legado paterno, del padre veterinario y 17 veces campeón del Abierto de Palermo: Alberto Pedro Heguy, leyenda de Coronel Suárez.
Siempre, también, fue Pepe Heguy. El flaco de 65 kilos de casco celeste con un pañuelo rojo como banda. El que odiaba tener que dejar la intimidad del hogar o las caballerizas en el Club Los Indios para asistir a eventos sociales. Lo aburrían soberanamente. Es el mismo que a los 19 años, junto a su hermano 11 meses mayor, Eduardo (El Ruso), y su padre (ya con 45), entraron el domingo 4 de mayo de 1986 en la cancha 1 de Palermo a jugar la final del postergado Abierto de 1985 contra el defensor del título, La Espadaña, con Alfonso y Gonzalo Pieres y Ernesto Trotz. Jugando por Indios Chapaleufú II perdieron por uno (15-14) y sorprendieron a todos: casi son campeones en el debut en Palermo, el máximo certamen del mundo.
Alumno responsable, de esos que no estudiaban tanto pero tenían facilidad y capacidad resolutiva, Pepe, hoy con 58, fue uno de los símbolos de Chapa II, cuatro veces campeón del Argentino Abierto y uno de los equipos más tácticos que se haya visto en la Triple Corona. Combativo, tenaz, pragmático. A veces, al límite. Le tocó una época dorada, con La Espadaña, Chapa I y más tarde con Ellerstina y La Dolfina. Los tres hermanos (Pepe, el Ruso y Nachi) dejaron su impronta y cualquiera podía advertir que había potenciales coaches en ellos. Lo son. Incluso, los tres estuvieron en los palenques de Ellerstina Indios Chapaleufú en 2025, trabajando con hijos y sobrinos. Pepe, además, fue técnico de La Natividad campeón 2021.
Padre orgulloso de Antonio, Silvestre (mellizos de 22), Amalia (17), Ambar (15) y Jacinto (12), Pepe conoce de toda la vida a Paula Uranga, hija de Marcos, ex presidente de la Asociación Argentina de Polo. “Empezamos a salir cuando ella todavía iba al colegio, tenía 17. Yo era bastante más grande: le llevo 8. Yo viajaba, pero al poco tiempo nos pusimos de novios. Enseguida me di cuenta de que era la mujer para mi. Es la paz en la casa, el cable a tierra de la familia. Yo no soy de hablar mucho, la que habla es ella”. Se define como un padre no muy estricto, es de dejar hacer, aunque si algo no le gusta, lo hace saber “clarito”. Y su legado es: “Que disfruten la vida, que la pasen bien. Que traten de ser una familia lo más parecido a la nuestra que tuvimos, que es una familia espectacular”.
-Hiciste una carrera, te recibiste y después te volcaste de lleno al polo. ¿De qué te sirvió, creés, haber hecho ese recorrido?
-Como tema laburo y haberlo usado después, en nada. Pero como tema educación, disciplina, agarrar calle, cultura, mucho. Me levantaba a las siete, iba en colectivo a la facultad, me jugaba una práctica y después volvía a la facultad. El tema era no entrar a la vida fácil del polo a los 18 años. Es difícil para los chicos de hoy, porque cada tanto agarran una invitación afuera, en lugares ridículos, con plata ridícula. Algún viaje hacía, sobre todo en los meses de exámenes. Me gustaba ir en agosto a Deauville.
-Mencionás eso de las tentaciones para los chicos. ¿Cómo lo hablás con tus hijos?
-Con mis hijos probé que estudien, dándoles libertades también. Como era la regla en casa. Cuando era chico, papá decía: “El que estudia, yo le pago todo, juega al polo; el que quiera dedicarse al polo, que se dedique. Pero se pagan las cuentas, se pagan todo”. Traté de que Antonio estudiara, pero ya era polista-polista, muy fanático, tenía invitaciones. El resto sí, estudia. Silvestre Administración de Empresas.
-Sos de Boca. Pero si Ricardo Boudou te hubiese prometido un caballo para hacerse de Estudiantes, como pasó con tu hermano Eduardo, ¿hubieras cambiado de equipo?
-Y, en esa época seguro que sí, por un petiso hacíamos cualquier cosa. Pero no me llegó ninguna oferta, jaja.
-¿Qué tienen los veranos de La Pampa que son tan especiales para vos, para la familia?
-La parte divertida, igual que en nuestra época, es que estamos todos juntos, hermanos, primos, jugando al polo todo el día, andando a caballo. Tenemos los campos uno al lado del otro, se hacen programas, se arman unos picados de polo 8 contra 8. Igual, es muy meritorio las mujeres y los chicos y las chicas que a los 15, 17 años te acompañen al campo cuando podrían estar pidiendo ir a Punta del Este, a todos lados, y no. La pasan muy bien. También es la parte del año que trabajamos y hacemos los caballos nuevos.
Qué recordás de las charlas con tu abuelo, Antonio, el patriarca?
-Bastante. Vivíamos en el mismo edificio en la calle Cerrito: papá en el sexto piso y abuelo en el quinto. Todas las tardecitas bajábamos. Horacio padre, ya separado, también vivió ahí un tiempo. Nos juntábamos con los primos, Horacito, Gonzalo, Marcos, Bautista, íbamos todos. El abuelo se tomaba un whiskicito, nosotros una gaseosa, y hablábamos de caballos. Y después, en el campo, en el verano, también. Muchas charlas.
-¿Iba a los partidos y les hablaba después?
-No, era como papá y Horacio, que nunca explicaron mucho. Te puteaban, te decían “vos sacá la fusta y corré”. El abuelo veía los partidos, iba, pero no era de explicar cosas. Nota aquí.



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