Rosalía en Madrid: el Lunes Santo que vivimos en la gloria
La cantante inicia sus ocho noches en España demoliendo el concepto del concierto de pop con una apabullante propuesta multidisciplinar, una gran exhibición vocal y una concepción artística rabiosamente contemporánea
La gran noticia del inicio del concierto de Rosalía no fue que saliera de una caja ataviada con un tutú y zapatillas de punta; tampoco que permaneciera cual estatua para interpretar con una voz exultante Sexo, violencia y llantas; ni siquiera que la veintena de miembros de la británica Heritage Orchestra tomaran posiciones en la pista en un dibujo en cruz mientras sonaba por los altavoces Angel, de Jimi Hendrix (¡chúpate esa: Hendrix en un recital de Rosalía!); ni lo simbólico de cantar estos versos en un Lunes Santo: “Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”. No: lo que dio la sensación de que Movistar Arena iba a ser el lugar más seguro y acogedor del planeta anoche se percibió en el rostro distendido de ella, visible en las pantallas laterales, con los ojos brillantes y entrecerrados y el gesto relajado que anunciaba la recuperación de sus problemas de salud que la obligaron a suspender el concierto de Milán el pasado miércoles. Vimos un semblante natural y confiado, y casi se pudieron descifrar sus pensamientos: “Estoy en forma, aquí se viene algo bueno”. Y se vino, vaya si se vino.
No podemos definir como un concierto de pop lo que se vivió anoche ante las 17.000 personas que llenaron el recinto madrileño. La cantante catalana (33 años) ofreció una escenificación poliédrica donde se engarzan disciplinas como la danza, la ópera, el flamenco, el teatro, la música sacra, el reguetón, la rumba, el tecno o el pop, y que resultó rabiosamente contemporáneo. Rosalía habitó una convicción por la teatralidad en algún lugar entre las pinturas de Goya o Degas, a las que homenajea, y la metálica, enfebrecida y nerviosa dinámica de un club de hard-tecno. Convivió en armonía y con un buen sonido la música pregrabada con una orquesta de violines, violas, contrabajo, vientos, órgano, percusiones... Ofreció mucho Rosalía y no siempre fácil para el espectador acostumbrado a los recitales masivos de pop. El público bailó y cantó, porque también existieron momentos para ello, pero se requirió abrir el foco, disfrutar de la panorámica, escuchar a la protagonista, permanecer en silencio, enterrar el dichoso móvil en el bolsillo. Saborear sin premuras, en definitiva, un recital inusual que abre vasos comunicantes entre géneros. Fue una propuesta de una artista orgullosamente exiliada de la escena musical convencional que no solo sientes que ha llegado donde debe estar, sino que una vez allí los hallazgos pueden ser ilimitados.
La indumentaria de mucha parte del público acompasó la iconografía de Lux con vestimentas en blanco, algunos encajes, túnicas, aureolas de santas y un chico juerguista que acudió directamente disfrazado de cura. En pocos conciertos de artistas españoles se puede ver a los modernos más militantes junto a padres que dejaron a los hijos al cuidado de los abuelos. Acudieron rostros populares como Pedro Almodóvar o Leiva. Lo que ha perdido Rosalía es al público infantil, que fue recurrente en su anterior gira. El miércoles repite en este mismo recinto, al igual que el 3 y el 4, luego recala en Lisboa el 8 y 9 de abril y finaliza su periplo peninsular en Barcelona los días 13, 15, 17 y 18. Nota aquí.





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