Eliades Ochoa, el último gran trovador:
“La gente ya no tiene alegría en Cuba”
Aprendió a tocar el tres, guitarra tradicional cubana, cuando veía a su padre en el campo. En los noventa fue el miembro más joven de Buena Vista Social Club. A punto de cumplir 80 años, repasa su vida.
Al otro lado de las puertas acristaladas, la figura de Eliades Ochoa (Loma de la Avispa, Santiago de Cuba, 79 años) se distingue sobre las demás: un hombre fornido y carismático, vestido todo de negro, con botas y un gran sombrero estilo cowboy a juego, que, de pie, parece atento a cualquier mínimo movimiento. Desprende el aire de un viejo vaquero en mitad de una cantina, con la salvedad importante de que lo que debería ser un tugurio del Lejano Oeste es, en realidad, The Social Hub, uno de los hoteles y espacios más modernos del centro de Madrid, a unos pocos metros de Plaza de España. No hay jinetes ni camareros que masquen tabaco sino turistas de todas las nacionalidades y una amplia oferta de menús de desayuno y brunch. La música que se escucha de fondo no sale de una pianola sino de un hilo musical que facilita el ambiente tranquilo del lujoso local. Y, aún así, el aura de Ochoa es tan fuerte que, bajo los generosos rayos de sol de esta mañana de marzo que se cuelan por el ventanal, remite a una estampa vaquera. “Un gusto”, dice y estrecha la mano con firmeza. “Estoy aquí para cumplir con el cometido”, añade mientras coge su guitarra, que descansa dentro de su funda encima de la mesa como si fuera una escopeta que cargar al hombro.
El cometido de este cantante y compositor cubano es la música y, más concretamente, la música de raíz de Cuba, una de las cunas sonoras más fascinantes del mundo que ha influido a generaciones de artistas del rock, el jazz, el flamenco o el folk. Un cometido con el que lleva toda la vida desde que empezó a tocar la guitarra casi antes que a hablar al ver a su padre “tocar el tres”, instrumento tradicional muy popular en las zonas rurales orientales de la isla y convertido en un símbolo de Cuba. “Cada noche, mi papá venía de trabajar la tierra y me sentaba delante de él para verlo rasgar”, recuerda. Dueño de un estilo personalísimo y autodidacta, Eliades Ochoa es el último gran trovador de la música cubana, una inspiración nacional desde que muy joven en los setenta lideró el Cuarteto Patria y un auténtico referente internacional desde que fue uno de los fundadores y miembro más joven de Buena Vista Social Club, la increíble agrupación musical que, junto a Compay Segundo e Ibrahim Ferrer, entre otros, llevó en los noventa a la música cubana a conquistar el mundo. Una conquista de la que todavía se da buena cuenta cuando C. Tangana recurrió a él para aderezar de esos ritmos, mezclados con rumba, su exitoso disco El Madrileño en la canción ‘Muriendo de envidia’. En junio, cumplirá 80 años y le pillará embarcado en una gira internacional por la que tocará en Barcelona este domingo 29 de marzo, en Madrid el 7 de junio y en verano en festivales como PortAmerica, en Pontevedra. En Cuba, su peso artístico como músico vivo solo es comparable al de Omara Portuondo, que, como él, recibió el premio por toda su carrera del festival la Mar de Músicas, uno de los más prestigiosos en España a los músicos del folclore internacional. Con una sonrisa picarona, asegura: “La gente me quiere y eso me da salud”.
Sentado en un salón vacío, fuera del trajín turístico del The Social Hub, este vaquero casi octogenario, de tez morena, ojos cándidos y perilla de pista de aterrizaje con canas muy blancas, destila aire venerable cuando habla pausado y en frases cortas, como si rasgase un tres cubano antes de una actuación que sabe que le saldrá de maravilla. Cuentan que, tras conocerlo en persona, el actor Benicio del Toro lo llamó “el Johnny Cash de Cuba”. Reflexivo y con la mirada fija en su interlocutor, este hombre de negro guajiro echa la vista atrás para repasar toda una existencia dedicada a la música y rememorar incluso aquellos lejanos días en el poblado de La Loma de la Avispa cuando era el hijo de Aristónico Ochoa y Jacobina Bustamente, un campesino y una ama de casa que se dedicaban a tocar y a cantar cada noche después de las labores labriegas. “Fue mi mamá la que le dijo a mi papá que yo le estaba imitando”, recuerda. “Le dijo: ‘Tú tocas por la noche y el niño a la mañana siguiente hace lo que tú y lo hace muy bien”. El poblado estaba en zona guajira, es decir, en tierra rural y mestiza entre la herencia española e indígena, característica de hombres con sombrero de yarey y machete al cinto, donde el tres y el laúd siempre se tocaron para cantar sobre los sinsabores y las alegrías de la vida campestre. Ubicada entre montañas, La Loma de la Avispa estaba en un territorio lleno de platanales, poco fértil, llamado Naranjos de China, razón por la que los padres no prosperaban y decidieron mudarse a Santiago de Cuba en 1957. “En Santiago me fui desarrollando… ya toda una vida”, señala con media sonrisa. Nota aquí.

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