martes, marzo 24, 2026

Claudia Piñeiro

El capital del miedo

Veo mis piernas, no me veo de cuerpo entero, sólo mis piernas con las medias Ciudadela azules estiradas hasta las rodillas, los zapatos con cordones, el borde del guardapolvo. Y no mucho más. Veo mis piernas desde arriba, como si fuera un plano tomado con una cámara que yo misma llevara colgada del cuello. Avanzando hacia el Instituto San José de Burzaco, el día que se reanudaron las clases después del golpe militar del 76.

Camino por la calle Alsina, pensando qué dirán mis amigas cuando las encuentre. Y en función a qué dirán mis amigas, qué diré yo. Porque unos días atrás, mi abuela, que me despertaba todas las mañanas para ir al colegio, golpeó a mi ventana para avisarme que se habían suspendido las clases: “Los militares echaron a Isabelita”. Mi padre, que se acababa de despertar, se quedó hablando con ella; eso me llamó la atención porque él era de pocas palabras, y, además, no se llevaba bien con mi abuela, aunque los dos trataran de disimularlo. Nunca los había visto conversar tanto a esa hora de la mañana. Mi padre encendió la radio; eso también era extraño porque la que la escuchaba todos los días era mi mamá. Mi papá tenía muy en claro que la peor opción para el país era un golpe de Estado. Su enojo crecía a medida que se enteraba de las noticias. Y los días siguientes hasta que se retomaron las clases me contagió su angustia y su bronca.

Yo intuía que, en algunas casas de mis amigas, no estarían tan enojados como en la mía. En el recreo, los días previos, ellas hablaban de que faltaba papel higiénico o de que ponían bombas en los jardines de infantes con el mismo grado de preocupación. “Mentira”, decía mi papá, y aunque yo le creía, no se lo decía a nadie. Un poco por el temor adolescente a ser rechazada, pero mucho más por un miedo real. Mi tío estudiaba ingeniería y ya nos había avisado que habían “chupado” a alguno de sus compañeros y que todos los que figuraban en su libreta de teléfonos, militantes o no, debían tener cuidado.

No recuerdo que alguna de mis amigas se manifestara preocupada por lo que estaba pasando. Pero hoy me pregunto si varias de ellas no habrán callado por el mismo temor que me callaba a mí. Algunas de las monjas, que eran nuestras profesoras, pensaban lo mismo que mis padres, pero eso también lo supe mucho después. El miedo es el capital con el que cuentan las dictaduras. En aquel momento, sabíamos que para sobrevivir debíamos callar. Y que, quizás, ni con eso alcanzaba. Hoy sabemos que para que no nos vuelvan a pasar atrocidades como las que se cometieron en la dictadura, debemos mantener la memoria viva. Sólo la memoria colectiva nos previene de la repetición de los horrores de la historia. Hay que apostar a eso, incluso aunque vivamos tiempos en los que pareciera que no es suficiente. Nota aquí.



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