Víctimas, héroes y verdugos
Si Pelicot es una heroína —y yo creo que lo es—, es precisamente por su rebeldía contra su condición de víctima.
Gisèle Pelicot es una víctima: fue violada por al menos 72 hombres captados en internet por su marido, que la drogaba hasta dejarla inconsciente y grababa las violaciones; en una entrevista, sin embargo, Pelicot declaró: “No quiero la etiqueta de víctima”. Christine Villemin es una víctima: el 16 de octubre de 1984 su hijo Grégory fue asesinado con cuatro años y, como Pelicot, se convirtió en una celebridad; en una entrevista, sin embargo, declaró: “Se diría que la gente envidia la desgracia que nos sucede”. ¿Es posible envidiar a una víctima? ¿Por qué una víctima no quiere que se la considere una víctima?
En 2014 publiqué un libro donde contaba la historia asombrosa de Enric Marco, “el mayor impostor de la historia”, como lo llamó Mario Vargas Llosa: un hombre que durante años se hizo pasar por superviviente de un campo nazi y llegó a presidir la asociación española de antiguos deportados en los campos nazis sin haber permanecido encerrado un solo día en un campo nazi; una de las preguntas que me llevó a escribir aquel libro, titulado El impostor, era más o menos esta: ¿cómo es posible que nadie haya denunciado las mentiras de este hombre, que ha hablado en todos los foros y ha sido entrevistado por todo el mundo? ¿Cómo es posible que todos le creyeran? No hay solo una respuesta a esa pregunta, pero una de ellas es que Marco se presentaba como una víctima —una víctima del nazismo, del franquismo, de todo— y nadie tuvo el coraje de poner en cuestión a una víctima, porque las víctimas son los héroes de nuestro tiempo. En aquel mismo año 2014, Daniele Giglioli retomó esta idea. “La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, escribió en Crítica de la víctima. “Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”. Esta es la explicación de que, para asombro de la señora Villemin, hubiera gente que parecía envidiar su desgracia. “Todo el mundo quiere ser una víctima”, escribió Tzvetan Todorov, “pero nadie quiere haberlo sido”; en otras palabras: todo el mundo quiere disfrutar de las ventajas que otorga la condición de víctima, pero nadie quiere padecer los inconvenientes. Sobra decir que las víctimas —del nazismo, del franquismo, de la violencia sexual, de lo que sea— merecen todo el apoyo, la solidaridad, la atención y el respeto; pero las víctimas no son héroes, o no por fuerza. El héroe es activo: realiza voluntariamente un acto excepcional que lo convierte en una encarnación de la excelencia moral o ética, y lo vuelve acreedor de nuestra admiración y nuestra gratitud; la víctima es pasiva: involuntariamente es objeto de una violencia que la convierte en la encarnación de nuestro desvalimiento y la vuelve acreedora de nuestro respeto, nuestro afecto y nuestros cuidados. Por supuesto, hay víctimas, como la propia Pelicot, que se comportan con una dignidad que linda con el heroísmo, o que ingresa directamente en él; pero, si Pelicot es una heroína —y yo creo que lo es—, no lo es por su condición de víctima, sino precisamente por su rebeldía contra su condición de víctima, por el coraje de su lucha para que se haga justicia y ninguna mujer vuelva a padecer lo que ella padeció. Por lo demás, la perversión de convertir a las víctimas en héroes explica otra perversión, y es la facilidad con que, en nuestro tiempo, las víctimas se convierten en verdugos; basta pensar en el uso que sucesivos gobiernos israelíes han hecho de los seis millones de judíos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial: han convertido a esas víctimas en una justificación o una excusa para transformarse en verdugos de miles y miles de palestinos.
Sí: hay que respaldar sin reservas a las víctimas; pero hay que desconfiar de quienes se presentan como víctimas: a menudo, no lo son (las víctimas están demasiado ocupadas intentando dejar de ser víctimas para presentarse como víctimas); a menudo, solo van de víctimas. Y quienes van de víctimas tienen más facilidad que nadie para convertirse en verdugos. Nota aquí.

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