domingo, abril 12, 2026

David Uclés

 El corazón duplicado de Saramago

Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario. Y para que este reconocimiento se formalice, me tatúo su firma en Lisboa.

Piso Lisboa por primera vez como quien camina sobre una isla. Noto un ligero temblor, quizás un coletazo del terremoto que asoló la ciudad cien mil días atrás, o un recuerdo de lo que sucedió hace cuarenta años. No me refiero al incendio del Chiado, sino a cuando la península ibérica se separó del continente y flotó océano abajo. Me faltaban entonces cuatro años para nacer. ¿Acaso puedo saber a ciencia cierta si esto sucedió o no? Tal vez ocurrió y los testigos prefirieron olvidarlo. Todos menos Saramago, que en 1986 publicó La balsa de piedra e hizo que medio mundo imaginara la abrupta escisión. Hoy la siento bajo mis pies, aunque ya no estén ladrando todos los perros de Iberia a la vez.

Vine a Lisboa a realizar un ejercicio de resignación literaria: a renunciar a mi identidad, cual Fausto ante Mefistófeles, y asumir, sin fisuras, que soy porque leí, y que, por ende, soy como soy por haberme leído hasta los andares de don José Saramago: europeísta, demócrata, iberista y fabulista. Por él, invento territorios que se separan y lazos entre tierras hermanadas. Y por él, al escribir levanto arquitecturas y alegorías oníricas que siempre se deben a una premisa irreal: ¿qué pasaría si… se pudiera viajar al interior de las pinturas de los museos… o un volcán en Madrid recogiera toda la sangre de la guerra in-civil española… o la luz solar y artificial se fueran en Barcelona? Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario, y es la razón misma por la que vine a Lisboa, además de para presentar la traducción al portugués de La península de las casas vacías: para aceptar que no soy más que una de sus creaciones. Y, para que este reconocimiento se formalice, mañana me tatuaré su firma en el cuerpo. Me la tallará Malik, un brasileño cuya madre trabaja para la Fundación del escritor. Uno de los mejores tatuadores de Lisboa, me dicen: @numastudio_pt.

Llego el domingo de Resurrección y amanezco el lunes de Pascua en el dormitorio de la casa lisboeta de Saramago. Me encuentro con Pilar en la cocina, que lleva varias horas despierta.

—¡Feliz lunes de Pascua! —le digo risueño—. Si es que esto quiere decir algo…

—¡Querrá decir lo que nosotros queramos!

Pilar del Río ha tenido a bien acogerme estos días en su casa. Sabe que soy fetichista de los objetos de mis escritores predilectos y tuvo a bien abrirme las puertas de su hogar. Será mi cicerone en Lisboa, presentará mi novela en portugués y, pese a que no me dan miedo las agujas, me acompañará a tatuarme la firma de su marido —que espiritualmente sigue siendo su esposo, ya que la relación terminó por fallecimiento, no por ruptura.

—¿Sabes ya dónde te la tatuarás?

—Creo que en el brazo izquierdo. En un par de años me harán otro cateterismo, pero no creo que sea de nuevo por la ingle. Con suerte, me abrirán un agujero en el brazo y se llevarán así parte de la firma de José directamente hasta la aurícula herida.

Paseamos por Lisboa, tan bella que no sabría escribir una crónica sobre esta ciudad. Al llegar al edificio donde se encuentra la Fundación Saramago, de la que Pilar es presidenta, leo que fue erigido en 1523. Le cuento entusiasmado que el 523 es mi número preferido, que lo dibujé en mis pinturas, lo señalé en algunos de mis textos y lo uso de contraseña.

—¡Hasta lo llevo en los tres últimos dígitos de móvil!

—No, si… el que quiere ver casualidades, las encuentra.

En la puerta, me señala un olivo centenario. Proviene de Azinhaga, el lugar de nacimiento de José. El árbol se nutrió de sus cenizas para crecer. Acaricio las hojas del olivo con fuerza, que es como hay que acariciar a los olivos; os lo dice un jiennense. Y entramos. Por un instante, me imagino el parecido palacio de Jabalquinto de Baeza acogiendo una fundación con mi nombre, y una placa que indique que no se puede pasar con la cabeza descubierta. ¿Quizás una máquina expendedora de boinas en el recibidor? En un despacho, veo una foto donde Pilar y José salen abrazados. Nota aquí.



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