miércoles, agosto 19, 2026

Alma Yagan

Aislada del mundo: la única mujer capitana del Beagle tiene el restaurante más austral del país

El remoto Alma Yagan es visitado por chefs de renombre y por turistas curiosos que buscan vivir la experiencia completa que ofrece la dueña de casa: pescar su propia comida y disfrutarla en un pequeño refugio junto al mar fueguino.

Ushuaia― Llegar hasta Puerto Almanza, ubicado a 70 kilómetros al este de la ciudad más austral de nuestro país, se vuelve por momentos imposible. Durante el invierno, hay días en que el camino de tierra se cubre de nieve y —lo que es peor— se congela. Es el único pueblo trasandino de la Argentina y tiene alrededor de 100 habitantes.

Aún más lejos, en Punta Paraná, tiene su casa y su restaurante Diana Méndez, la única capitana de barco del Canal Beagle. Con apenas una mesa para seis elegidos y una vista íntima al fin del mundo, Alma Yagan es considerado el local gastronómico más remoto del país.

“No existe la soledad, jamás me siento sola”, dice Méndez, rodeada de un espeso bosque húmedo, con nieve y hielo, a orillas del mar. Construyó su casa en 2020 con material reciclado: madera, chapas, piedras, vidrios y artes de pesca. No tiene ningún servicio argentino; el agua la obtiene de un manantial; la calefacción es por leña; la electricidad la provee un generador y la internet llega del pueblo chileno Puerto Williams, ubicado enfrente, en la isla Navarino. Entre su casa y este poblado hay apenas seis kilómetros, la extensión del gélido Canal Beagle.

“A veces se acercan a saludarnos”, dice Méndez. En Puerto Almanza no hay Migraciones; por lo tanto, es ilegal que los vecinos insulares chilenos desembarquen. “Pero tenemos muy buena relación”, advierte Méndez. En la soledad extrema, la humanidad busca la unión, por lo menos por radio o por WhatsApp.

Su restaurante fue bautizado Alma Yagan porque, mientras lo construía, se encontró con piedras usadas por los yaganes, los antiguos habitantes de esta costa, un pueblo de navegantes australes que se trasladaba por el mar en embarcaciones donde siempre había una fogata encendida.

Si llegar a Puerto Almanza en invierno es una tarea solo posible conociendo bien el camino y las artes del manejo con cubiertas con clavos o cadenas en un escenario congelado, ir hasta Punta Paraná puede ser considerado una aventura extrema, pero también una inolvidable.

Dejando atrás el pueblo, se cruza un puente endeble con estructura de hierro y tirantes de madera que parecen quejarse a medida que el auto avanza. Por debajo pasa el río Almanza, agua de deshielo cristalina que desemboca en el Canal Beagle. El camino está congelado. A un costado se ven los viejos cañones que apuntan a Puerto Williams, resabios del conflicto limítrofe que estuvo a punto de llevar a la guerra a ambos países en 1978.

El camino se va elevando. Las ramas de las lengas, inclinadas por el viento antártico, suplican deshacerse del peso de la nieve y el hielo. La Tierra del Fuego se muestra al desnudo. Cuando la esperanza parece terminar, un cartel al costado del camino avisa la presencia de Alma Yagan. Pero para llegar aún falta bajar una ladera de 100 metros por un sendero que se intuye por pequeñas señales que Diana deja en la huella: frases en los troncos y platos blancos que contrastan sobre la oscura tierra fueguina.

Al final del camino, se oyen las pesadas olas del mar donde ningún hombre podría sobrevivir más de 5 minutos si tuviera la desgracia de caerse, y donde, en el siglo XIX, navegó Charles Darwin. Allí, recostada a orillas del mar, florece en perfecta intimidad la casita de Diana.

“Mi cocina es muy simple, casi no intervengo el producto, pesco de manera artesanal desde hace muchos años”, dice Méndez. Tiene su propio muelle y una lancha que se mueve pendularmente sobre el agua. Los bosques subacuáticos de algas hacen que el mar se vuelva denso y verduzco. “Esta tierra tiene mucho poder, también sabiduría”, sostiene.

El viento moldea los árboles y el mar, pero en el interior de la casa todo es calidez. El ambiente es pequeño y la cocina está a la distancia de un brazo de la mesa principal, que es la única y tiene vista directa al canal. Los comensales salen primero a navegar para buscar la centolla, las cholgas y los mejillones. El menú lo pueden completar el róbalo, salmón salvaje y las sardinas. “Si vemos un cardumen, tenemos que llegar antes que las ballenas”, dice Diana. Son un manjar para ellas.

Diana nació en Corrientes. “Quería un lugar donde pudiera abrir la ventana y ver nieve”, cuenta. Así fue que en 1995, con 23 años, salió de Curuzú Cuatiá con una mochila y llegó en mayo a Río Grande. La recibió una nevada histórica que congeló la ruta 3 y el aeropuerto, dejando aislados los poblados isleños. La temperatura bajó a -25 grados bajo cero. Recién en diciembre se habilitó la ruta y conoció Ushuaia. “Supe que ese era el lugar”, dice.

“Le dije al capitán que no iba a irme, que iba a quedarme a aprender”, recuerda. Comenzó a navegar como marinera comercial en 2007. Pasó todas las pruebas y, sobre todo, venció muchos prejuicios. El mundo naval es un mundo masculino. La tradición del mar asegura que las mujeres traen mala suerte. Méndez se formó y, finalmente, en 2010, obtuvo el rango de capitana de la marina mercante, siendo la primera mujer en conseguirlo en las peligrosas aguas del Beagle. Nota aquí.








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