“Moria es una mujer de una absoluta honestidad”
Refractaria, luminosa y queer, la miniserie sobre una de las máximas celebridades del entretenimiento local abona su mitología mezclando tiempos, relatos y actrices. “Me toca una Moria que se quita una piel, una y otra sin miedo, con mucha conciencia y sin dejar de ser ella nunca”, explica Roth.
Una transmoriación: al fin y al cabo, de eso se trata Moria (estrena el viernes 14 por Netflix), la particular biopic seriada sobre esa mujer antes llamada Ana María Casanova. “¿Cómo se cuenta una vida? Mi vida. Yo no soy una persona común. Y mi historia tampoco”, dice la propia homenajeada con su voz en off, al comienzo del primero de sus ocho episodios, mientras se la ve bailando en su cumpleaños número 80. Un detalle no menor: dicho festejo en realidad sucederá el próximo domingo, y esa apertura es consecuente con los juegos temporales que propone la entrega pergeñada por Javier Van de Couter (Tesis sobre una domesticación), en la que tres actrices encarnan distintos pasajes de la vida de la vedette, presentadora de tevé, “el Obelisco con tetas”, tal como se ha definido esta figura única de la industria del entretenimiento argentino.
Como si Mae West, John Waters y David Bowie se refractaran en el Obelisco porteño, Moria prescinde de la lógica de las entregas de su tipo para sumergirse en un ego trip -lógicamente- desmesurado. Es decir, en varios pasajes de la propuesta, Moria Casán aparece en pantalla como titiritera de su propia representación. De las escalinatas de la Facultad de Derecho a comandar la revista porteña, de la Monumental Moria a “la One”, con una recorrida de sus amoríos, en su perfil de madre y reina absoluta de la cultura queer. Amén del repaso de sus grandes éxitos, la miniserie florece como un cuerpo vivo entre lo hiperrealista y la metaficción con las composiciones de Sofía Gala Castiglione (finales de los ‘60 hasta los primeros ’80), Griselda Siciliani en su rol más mediático, y Cecilia Roth con un personaje que mira su pasado y se atreve al futuro. “Lo que me apetecía era atravesar lo que pasa con la otra Moria; es decir, todo aquello que no vemos de Moria”, dice Roth entrevistada por Página/12.
Moria, entonces, juega con lo lúdico, con la deconstrucción de varias épocas, y más que nada, con la fragmentación explícita. Es cierto que ninguna de las miniseries locales de su tipo (Coppola, el representante; El amor después del amor; Menem; Cris Miró (Ella); Monzón; Maradona: sueño bendito) fueron por los caminos de la formalidad, pero Moria asume el riesgo con una jactancia sin precedentes. Para Roth, esta metempsicosis audiovisual implicó “tragarse” a Moria. “Ella me comió a mí también, me chupó en el mejor sentido, ¿no?”, dice la actriz cuyos dos episodios transitan el vínculo con su hija y su estadía tras las rejas en Paraguay. “No eran situaciones mediáticas ni públicas; está la Moria que sabemos, que conocemos, y las otras Morias que atraviesan momentos difíciles, de la cárcel, de la situación que vive Sofía. ¿Cómo se la encara? ¿Qué es lo que le pasa? Y además Moria tiene esta particularidad tan de ella de sus momentos de fuga entre el pensamiento y el habla. Moria es una mujer de una absoluta honestidad. Yo no la veo ni conozco a Moria mintiendo; no habla como el resto de nosotros, los que no somos marcianos”, explica Roth.
-¿Cómo fue entrar en esa Moria que no ven las cámaras?
-Siento que Moria se me abrió en un momento, ¿no? Y empecé a entender que Moria también tenía miedo, que Moria también era vulnerable y trataba de ocultarlo. Lo oculta con frases que tienen algo sardónico. Y para el actor eso es muy lindo. Es muy lindo actuar esos momentos en los cuales los personajes que parecen muy fuertes empiezan a perder esa fortaleza y se ve un poco esa pérdida. Tenía derecho a hacerlo, en el sentido de que a Moria no le gusta estar ahí pero es su lugar, también. Moria tiene mucha tela e historias de vida muy importantes, muy fuertes. Dice que tuvo un orgasmo durante una sesión de electroshock. Y yo le creo. No hay ninguna mentira ahí. Yo quería encontrar esa Moria, encontrarla desde ese lugar que tiene Moria, que nunca baja la cabeza. Lleva consigo esa postura de bailarina, que mira desde arriba, y además es muy alta. Hay que encontrar la sutura y lo que se sutura. No era tan fácil.
-En ese desafío múltiple, ¿cómo hiciste para encontrar su voz y presencia sin caer en la imitación?
-Es una mujer icónica, muy conocida; sin dudas fue uno de los desafíos más grandes que tuve como actriz. Tiene armado un escudo de amor con ella misma. Y eso es fascinante, porque yo lo buscaba y no lo encontraba. No tengo esa capacidad de memoria de estar con esa certeza sobre las cosas, con las mías inclusive. Yo, que concuerdo con ella en el noventa por ciento de las cosas que dice, no las diría igual. Fue muy generosa con nosotras tres a la hora de componerla.
-¿Tuviste algún tipo de contacto o charla con Moria para hacer su personificación? ¿Hubo algún código que compartieron entre todas las “Morias”?
-Para nada. No vi trabajar a Griselda, no vi trabajar a Sofía ni a Moria. El director sí tenía el hilo que nos unía a todas y, de hecho, sucede: ese hilo está, pero lo tenía él. Y siento que nos lo mandaba él. Somos como tres películas distintas y, sin embargo, no: todas somos Moria.
-No es la primera vez que interpretás a un personaje de este tipo. En la serie Furia y en la película Una noche con Sabrina Love encaraste a actrices que fueron bombas sexuales. ¿Fue tan distinto en esta ocasión?
-En Una noche con Sabrina Love y Furia los personajes eran absolutamente diferentes, lo único que las unía era esa cosa de mostrarse desnudas. Moria tiene esa frase sobre haber pasado de las escalinatas de la Facultad de Derecho al Teatro Nacional el mismo día. Y hay que ser capaz de hacer eso. Eso es lo que me resulta fascinante en ella. A mí me costó Sabrina Love, me costó lo que hice en Furia; no tengo esa manera de mostrarme así. No me desnudé explícitamente con Moria, pero sí me desnudé de alma un poco. Un poco no: todo lo que pude, porque sentía que ella estaba totalmente desnuda en ese momento de su vida, totalmente desnuda frente a su hija, teniéndole miedo a su hija incluso. Habiendo roto con ella y después recuperándola. Me toca una Moria que se quita una piel, una y otra sin miedo, con mucha conciencia y sin dejar de ser ella nunca. Porque tiene esa permanente comunicación con su yo del futuro, ¿no? Con esa cosa cuántica, además, de que es todo en paralelo. Nota aquí.

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