Deleitarse odiando
Cuando el miedo arrecia, la gente experimenta una patológica necesidad de encontrar culpables
Una querida amiga argentina que vive en nuestro país me llamó angustiada hace algunos días porque había escuchado alguna entrevista radiofónica y ciertos comentarios de compañeros de trabajo en los que se estigmatizaba a los argentinos por el hantavirus. Yo no he percibido nada de esto, por lo menos hasta el momento en que escribo estas líneas, pero no dudo de la existencia de un puñado de bocazas mentecatos dispuestos a culpar de todo a los argentinos o al primero que se les ponga a tiro, porque el ser humano es así de necio y de rastrero. En fin, espero que, para cuando lean esto (repetiré la cansina cantinela de que redacto el artículo 15 días antes de su publicación), la crisis del nuevo virus haya remitido, pero, si no es así, no sólo estoy segura de que aumentará la fobia antiargentina, sino que, además, los españoles también pasaremos a formar parte de la primera línea del pim, pam, pum de los descerebrados. Porque ya saben que, transidos de congoja y de esperanza, intentamos decirnos que las situaciones graves sacan lo mejor de los humanos, y bueno, vale, acepto pulpo como animal de compañía, en parte es posible que sea así, pero por otro lado también emergen las mezquindades como imparables géiseres.
Y es que, cuando el miedo arrecia y la inseguridad te levanta los pies del suelo, cuando el peligro que te acecha es tan grande y difuso que no puedes ponerle cara ni saber cómo defenderte, la gente experimenta una patológica necesidad de encontrar culpables y de entregarse al desahogo de la furia, porque, por desgracia, como dice el gran neurocientífico Robert Sapolsky, el odio consuela tanto como el amor. Sólo que para amar hace falta tener cierta grandeza de ánimo y una empatía que no todos poseen, mientras que el odio es una emoción básica y bajuna al alcance de cualquier energúmeno.
Es una respuesta irracional tan automática que se ha repetido innumerables veces. Recordemos la inquina mundial con la que los pobres chinos fueron mirados (y a veces tratados) a causa de la covid, con el agravante de que nuestro etnocentrismo de blanquitos nos hace meter en el mismo saco a todas las personas de ojos rasgados, de manera que se detestó con igual ahínco a chinos y japoneses, a coreanos y filipinos, a birmanos y vietnamitas, a tirios y troyanos. En fin. Somos lamentables. También sucedió con ese famoso sambenito de la gripe española que nos atizaron cuando la terrible pandemia de 1918, que provocó la muerte de más de 50 millones de personas (según la OMS, con la covid sólo fallecieron 15 millones, aunque la población mundial era cuatro veces más grande que 100 años antes). Como es sabido, se supone que el paciente uno fue en Estados Unidos y que la enfermedad se propagó por Europa a través del puerto francés de Brest, que fue la entrada de las tropas estadounidenses para participar en la Primera Guerra Mundial. Como nuestro país no participaba en la contienda, pudo informar libremente de la gripe, y de ahí que se creara el persistente estigma.
Citaré un último caso, y además muy triste: la demonización de las comunidades japonesas en el extranjero durante la Segunda Guerra Mundial. Sucedió sobre todo en Estados Unidos, aunque también en Canadá y en otros lugares como Brasil, Argentina o Perú, que mandó a muchos de sus ciudadanos de origen japonés a los centros de internamiento norteamericanos. La mayoría eran nativos de sus respectivos países, aunque sus padres hubieran sido inmigrantes. Fue una verdadera salvajada, porque les confiscaron sus bienes y las condiciones en los campos de concentración eran muy duras. Pero, sobre todo, porque fueron aborrecidos. Y es que estoy convencida de que en esta medida influyó, claro está, el temor a tener enemigos en la retaguardia, pero fue tan radical y virulenta por ese deleite en el odio del que hablábamos antes y porque la furia irracional alivia mucho en los momentos de angustia. Maltratar a esos pobres conciudadanos consolaba en medio del desconsuelo de la guerra. Sí, así de miserables llegamos a ser, pero esto no es excusa, porque siempre hay una opción. Siempre puedes elegir entre revolcarte como un cerdo en lo peor que eres o sacar la cabeza de la mugre. Reflexionar e intentar entender mejor el mundo es trabajoso y no produce el mismo gustito facilón que el odio visceral, pero créanme, al final compensa. Nota aquí.

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