Ni Una Menos como nunca
Todavía no logramos salir de una encerrona: cada vez que se describe a las violencias contra las mujeres como fruto de desigualdades estructurales, la respuesta masculina cierra filas, se limita a una autodefensa.
Acercarse a los feminismos es ahora, como ayer, puro instinto de supervivencia. Poner distancia (como cuando se dice “los derechos están bien, pero ¿por qué ese capricho de dejar de ser femeninas?”) es reducir la transformación de la cultura entera que los feminismos proponen a sólo dejar de depilarse las axilas.
Cuando un femicidio por azar (porque hay uno cada día) se transforma en duelo nacional, se vuelve a poner a la vista que en el fondo la discusión es por el derecho a estar vivas, en una primera instancia, y después también, ¡ambiciosas!, por el derecho a vivir una vida medianamente vivible.
En estos años a estas cosas las repetimos tantas veces... Las suficientes para que suene a consigna o clisé. Pero no lo repetimos lo suficiente como para que dejemos de contar muertas a un ritmo que es el de una masacre.
Por más que los poderosos aseguren que le han puesto fin al patriarcado con un golpe de cuerdas, o que el femicidio es una sobreactuación de centroizquierda, todavía sigue siendo necesario correr el riesgo de ser un disco rayado aguafiestas y decir que el lugar de mayor peligro para nosotras es nuestra casa en caso de compartirla con un varón. El 56% de los asesinatos de mujeres en el mundo son cometidos por nuestras parejas o alguien del entorno familiar, mientras que sólo el 11% de los asesinatos de varones suceden en el ámbito privado.
Agostina Vega tenía 14 años cuando desapareció, hace poco más de una semana. Igual que Chiara Páez, asesinada en 2015. El asesinato de Chiara encendió la chispa para la organización del primer Ni Una Menos, movimiento que trascendió fronteras y fue replicado en todo el mundo. Entre ese debut y hoy llevamos 3424 muertes, según La Casa del Encuentro. De esos asesinatos, 3073 fueron femicidios y femicidios vinculados (cuando un hombre mata a alguien para causarle sufrimiento a una mujer).
Claudio Barrelier, el hasta ahora único acusado por el femicidio de Agostina, está detenido. El hombre de 33 años había sido denunciado el año pasado por privación ilegítima de la libertad por una mujer que salió de su casa desnuda y pidiendo ayuda. En mayo de 2025 estuvo detenido 20 días. El fiscal Iván Rodríguez lo dejó libre, fianza de por medio.
¿Era exclusiva responsabilidad de la madre de Agostina identificar a un posible femicida (como se lee y escucha por ahí)? Barrelier era un varón perfectamente integrado a espacios sindicales, laborales, deportivos, partidarios. Un empleado del Estado, públicamente legitimado, con antecedentes por violencia. ¿Nadie conocía ese prontuario?
¿Qué comunidades de varones interceden cuando un integrante ejerce esta clase de violencias? No podría nombrar ni una. Y eso sucede en todas las clases sociales y en los espacios políticos de todos los colores: los pactos de silencio masculinos son increíblemente transversales.
Todavía no encontramos las estrategias para hablar de este tema y salir de la encerrona que se suele producir en ese diálogo: cada vez que se describe a estas violencias como fruto de desigualdades estructurales, la respuesta masculina cierra filas, se limita a una autodefensa. El análisis del funcionamiento de un sistema se reduce a la ofensa personal (“No todos los hombres: porque yo nunca”). Nota aquí.

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