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El sábado pasado participé, con las limitaciones que correspondían a un acto de treinta y tres participantes, uno más o uno menos; es decir, a un acto muy coral. Limitación que asumí encantado, como uno más, claro, porque, aunque mi intervención sólo hubiera contado con un minuto de escenario, hubiera querido estar igualmente, sin la menor duda. Sumándome al resto de grandes artistas, unos con mucha trayectoria, otros con bastante menos, unos habiendo conocido intensamente a Pablo, otros no tanto, pero todos queriendo estar en el entrañable recuerdo a un gigante, y teniendo todo el derecho para hacerlo.
El público casi llenaba el imponente recinto, y salió encantado con lo que había presenciado, tanto que no se movieron en las más de dos horas de un calor, a veces doloroso, aplaudiendo con estruendo muchas veces (salvo los quince minutos de descanso previstos). No se movió ni un alma hasta el final. Entre ellos, familiares de Pablo, a los que se les veía gozar y emocionarse, incluido su hermano Antonio, que encontrártelo representaba un reencuentro fugaz con Pablo.
Se produjo lo que, me parece, se buscaba, el abrazo entre los participantes y el público. Un emotivo abrazo de todos con el recuerdo del enorme tipo y magnífico artista que fue nuestro amigo Pablo. Pablo querido.
El acto se desarrolló con un orden y una sincronización espléndida, merced a contar con un regidor que lo condujo escrupulosamente.
¡Qué bello acto de reconocimiento y amor a uno de los más grandes personajes de nuestro tiempo!
Todo se lo debemos a la iniciativa, la pasión y la cabezonería de Clara Ballesteros, ¡gracias, Clara! Ella ya ha explicado la razón de ausencias notables, que no disminuyó la importancia de los que sí quisieron y pudieron estar. A quien se sumó el trabajo impecable y la acogida por parte de la Escuela.
Cierto, al parecer se cometió un error con Fernando Gonzalez Lucini, que era quien tenía el honor de abrir el acto. Por lo visto nadie le explicó que contaba con un tiempo limitado para su intervención (a mí tampoco, pero lo deduje de los compañeros que cantaban o recitaban, presentes en el cartel anunciador, de ahí que ya hubiera comunicado que me limitaría a leer dos poemas de Pablo). Pues a ese grave error se le sumó una gruesa metedura de pata cortándole de la forma en que se hizo. Clara ya ha asumido el error.
Sin entrar en la razón de si fue necesaria o no la forma de actuar de Lara López (una profesional como la copa de un pino, a pesar de ese pesar, que en el resto fue impecable), entiendo muy bien el disgusto y la indignación de Fernando. Claro que lo entiendo. Hasta comprendo que el desagradable incidente le enturbiara el gozo de lo que no sé si siguió presenciando hasta el final, incluso comprendo que haya hecho pública su rabia.
Lo que no entiendo, y me abochorna sobremanera, es que ese dolor le haya llevado a torpedear la hermosura del encuentro alrededor de la figura de Pablo, de todo el trabajo, calificándolo de caótico. ¡Qué pena me ha dado!
Para colmo, no creo que el evento tuviera que ver con una pugna por averiguar al más íntimo de Pablo o algo parecido, consideraciones que han surgido en comentarios. Seguramente difícil competir con Fernando ni con el, también grande, Luis Mendo Muñoz. ¡Gracias a ti también, querido Luis, por tu valiosa y entrañable presencia! Y, claro, a Maria Jose Hernandez, a Javier Bergia, a Javier Batanero, a Javier Ruibal Dosl, a Luis Farnox y su querida Alma, a Olga Roman, a Juana Vázquez Marín… y al resto de participantes. ¡Todo resultó magnífico tras el encontronazo del principio, y nadie debiera haberlo empañado! Quienes lo disfrutamos desde el principio hasta el final, lo sabemos, y no lo olvidaremos.
Por cierto, querido Fernando (CiberCancion De Autor), como siempre, agradecidísimo por tu crónica, visual y escrita.


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