jueves, junio 04, 2026

Rodolfo Serrano

  Los espejos

“Pasé la velada solo y triste, sentado en un sillón cerca del fuego. Estaba adormecido y llamaron a la puerta con grandes aldabadas, que en el silencio de las altas horas parecieron sepulcrales y medrosas. Me incorporé sobresaltado, y abrí la ventana”.
Ramón del Valle-Inclán. Sonata de otoño
Valle-Inclán visita a su amigo el Marqués de Bradomín
Como usted, Bradomín, yo siempre quise
ser el último amor. Pocos comprenden
esa sutil belleza que aparece
en los amantes viejos, cuando saben
que el futuro es fugaz como la dicha.
Entonces el amor se hace derrota,
como esas tristes causas —siempre nobles—
que fueron condenadas al olvido.
Pero, usted bien lo sabe, en el fracaso
queda el tenue perfume de la gloria.
Los viejos caballeros guardan siempre
pasiones y nostalgias, el recuerdo
de un nombre que invocar en el combate
o el dorado fulgor de un cuerpo joven
en la orgía de noches de victoria.
Ya ve usted, Bradomín, yo nunca tuve
las vidas que soñaba, sin embargo,
las dejé por escrito y usted mismo
las llevó por la historia y la leyenda.
Fue un placer conocerlas en su nombre.
(Le acompaño a la puerta, amigo Valle.
No tengo servidumbre. Vivo solo.
Viene a veces del Palacio de Brandeso
la añoranza de Concha y de su muerte.
Concha. Pobre Concha, mi amor último).

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